Opciones y Números – Ismael Pérez Vigil

Opciones y Números - Ismael Pérez Vigil

Publicado en: Blog personal

Por: Ismael Pérez Vigil

En medio de la indiferencia popular, o general, con relación a la política, el país avanza en un proceso de negociación −aun no claramente definido− y hacía unas elecciones locales y regionales a finales de noviembre, totalmente definidas.

La oposición mayoritaria aún no ha decidido oficialmente si participará o no en el proceso de noviembre; sin embargo, la discusión acerca de votar o abstenerse ya no tiene mucho sentido; todo está dicho, no hay nuevos argumentos y la discusión −sobre todo en redes sociales y en uno que otro artículo de opinión− ha degenerado mayormente en ironías, calificativos, insultos y ofensas.

¿Queremos vivir en democracia?

Quizás habría que remontar esa discusión muy “arriba”, llegar a la esfera de los principios y comenzar a cuestionarse cosas, como por ejemplo: ¿Todo el mundo quiere vivir en libertad y democracia?, no parece. Algunos están conformes con lo que tenemos y con vivir dependiendo del gobierno, de sus dádivas o de lo que éste les quiera suministrar. Entre los más privilegiados de ese grupo les gusta la “libertad”, pero para ellos, no les importan los demás; disfrutar de sus riquezas derivadas del apoyo al régimen es lo único que les interesa.

A otros pareciera que les es indiferente o no se han puesto a reflexionar mucho acerca del tema y acerca del daño que hace a sus vidas los que sostienen a los primeros y nos sojuzgan a todos. Un tercer grupo, al que volveremos después, está muy ocupado en la sobrevivencia básica en estos momentos y su excusa  − ¿válida? −  es que eso no le permite ocuparse de la política.

El problema es que a los que sí queremos vivir en libertad, escoger el gobierno que nos guste, vivir bajo el único imperio aceptable, que es el de las leyes justas, bajo un sistema económico que no discrimine, que ofrezca a todos las mismas oportunidades y premie el esfuerzo, no lograrnos ponernos de acuerdo en cuál es la forma para conseguirlo, lo que facilita la tarea de los que nos niegan la libertad.

Negociación y elecciones, ¿para qué?

Sin embargo, la política, como la vida, se abre camino. Obviemos el tema de la negociación, cuya discusión no está exenta de calificativos e insultos, pues es donde parece haber un consenso mayor, por parte del liderazgo político. Sin embargo, nuestra fuerza allí es limitada, pues dependemos excesivamente de la presión internacional, basada en las sanciones aplicadas por varios países, que no controlamos de manera directa. Nuestro reto es cómo hacemos para incrementar la presión interna que nos fortalezca y ayude en futuras negociaciones.

Concentrémonos, por tanto y nuevamente, en el tema electoral: Votar o abstenerse; que, reducido a su último término, es lo mismo, una mera táctica política. No voy a argumentar más en contra de la abstención, ni voy a calificar de ninguna manera a los que se abstienen, me basta con decir que si la abstención no va acompañada de movilización política, en nada se diferencia de la abstención por indiferencia política, que como una endemia se ha instalado en el 35% desde 1998.

La negociación, aparte de sus objetivos y lo que con ella se pueda lograr, desde un punto de vista práctico e inmediato es básicamente un buen “ejercicio” que permite desarrollar las destrezas de la élite política; pero, nos sigue faltando el componente del desarrollo político popular: ¿Cómo movilizar al resto del país? Y aquí es donde notamos una grave carencia, pues esta tarea que es de todos los venezolanos, su coordinación y articulación le corresponde a los partidos políticos −y en su defecto, o con su concurso a la sociedad civil organizada− y nos encontramos con partidos políticos diezmados, poco consistentes, con escasa penetración, sin líderes, pues buena parte de ellos están en el exilio, o no gozan de credibilidad interna y general; con poca formación ideológica y política de sus militantes y dirigentes, sin recursos, sin credibilidad entre la población.

Barreras a la vía electoral.

Esa tarea, urgente, ineludible, además del problema mencionado de la crisis de los partidos, se enfrenta a otros cuatro problemas, probablemente entre muchos otros, que se podrían resumir de esta manera:

– El primero, es que la población venezolana no escapa al fenómeno que vemos en muchas partes del mundo, ese sentimiento de que el sistema democrático parece no haber respondido cabalmente a las necesidades de gran parte de la población y por eso  buscan afanosamente un líder mesiánico, de carácter populista, que ofrezca una especie de “poción mágica” para resolver el problema del mal funcionamiento de la democracia. Usualmente, se equivoca cuando cree encontrarlo y las consecuencias son graves.

– El segundo problema, en el caso particular de Venezuela, es el de una población sometida durante más de 40 años al bombardeo de una campaña de descrédito a la democracia, que también lo fue en particular en contra de políticos y partidos, a los que se acusa, con bastante razón, de procesos de corrupción e ineficacia en resolver los problemas del país; campaña aprovechada por Hugo Chávez Frías en 1998 para hacerse con el poder y luego de instalado en él, utilizar éste de manera sistemática para acabar con los partidos y desacreditar a la democracia y el valor del voto como factor para la toma de decisiones.

– En tercer lugar, ese ambiente de indiferencia general por el tema político −sobre todo electoral− se agravó en una población que además ahora está sometida a una crisis humanitaria severa, debido a la destrucción de la economía tras veinte años de oprobioso régimen, “gracias” al llamado socialismo del siglo XXI; ahora, sufriendo el país una pandemia, mal atendida, como era de esperarse de este gobierno, la preocupación básica −al menos la de la gran mayoría de la población− es el diario sustento, la inseguridad personal, la falta de empleo, la carencia de servicios básicos y elementales, para enumerar solo los males principales.

Así, hoy ambas opciones, votar o abstenerse, luce que son igualmente malas, pues nos llevan a perder y nos retroceden en materia política frente a la mayoría opositora del país, a la que no se le ofrece una alternativa de cambio, que le dé esperanza y le sirva para enfrentar las duras condiciones de vida a las que está sometida la mayoría del pueblo venezolano, opositores y no opositores.

Pero tenemos un cuarto problema, que no es menos grave y es el que se refiere a ¿cuál es la magnitud, el tamaño de esa población, mayormente decepcionada, a la que debemos conquistar para que se sume a la tarea de restituir la democracia?

Los números de la estrategia.

Solemos decir, basados en encuestas y encuestadores, que nos aseguran que, aunque el 50% de los venezolanos no quiere participar en elecciones, el 80% o más, está en contra del gobierno. No voy a cuestionar la validez de esos números, pero siendo esto así, parece fácil afirmar, que dada la magnitud del descontento, de la desaprobación, la tarea podría ser fácil, pues hay “espacio” suficiente para que crezca alguna opción para enfrentar este régimen de oprobio. Pero llegado a este punto, me temo que no soy tan optimista con las cifras. Veamos.

Si hacemos grandes y redondos números, solo a efectos de facilitar los cálculos, de la población general del país de unos 32 millones de habitantes −que algunos aseguran que es mayor− tenemos unos 21 millones en el registro electoral (RE). ¿Por qué tomar el RE?, se preguntarán algunos. La respuesta es simple, porque en algún momento la salida final conducirá a un proceso electoral, presidencial, para el que tenemos que estar preparados y organizada la población y los grupos que llevarán la gente a votar y luego defenderán el voto. Pero, además, usar las cifras del RE es poner un referente que permita hacer cálculos; dicho lo anterior, debemos considerar que posiblemente ese número −al igual que el de la población− subestima el RE en 1.5 o 2 millones de personas; se calcula que casi un 10% de personas no están registradas, sin contar los que no están cedulados ni registrados en ninguna parte.

Examinemos esos 21 millones, siempre en cifras gruesas; de ellos un 35% es un peso muerto, que desde 1998 no ha participado en ningún proceso electoral; ni siquiera podemos decir que se abstiene conscientemente; simplemente para ese grupo lo político, lo electoral, no existe; no es que no le afecte, que lo hace y mucho, simplemente no está en su “radar” de acción y vida.

Además, ahora tenemos más de 6 millones de venezolanos que se fueron del país, de los cuales por lo menos dos millones y medio votan −eso es el 18% de los que quedan en el RE, después de sacar los que se abstienen− y que por ahora no lo podrán hacer por estar en el exterior, y que nos tendremos que ocupar, presionar, para que en el RE sea actualizada su situación y podamos contar con su participación en elecciones presidenciales y nacionales. Aunque pudiéramos asumirlo así, no todos esos son votantes opositores, pero descontándolos del RE, nos va quedando en el país un 57% de potenciales electores o votantes, del cual el régimen cuenta −entre propios, “alacranes” y añadidos−, por lo menos con un 20%, de acuerdo con las cifras de los últimos procesos electorales. Por lo tanto, la oposición mayoritaria solo cuenta con un 36%; es decir, un poco más de 7.5 millones de votantes, si le sumamos los opositores “disidentes” o demócratas que por confusión o por reacción política contra la oposición oficial, votaron por los alacranes en el último proceso.

Conclusión.

Poco más de 7 millones de electores es el “capital social” o más propiamente, el “capital electoral” con el que eventualmente podríamos contar después de 21 años de resistencia y oposición, si hacemos bien nuestro trabajo. Para algunos esta cifra puede ser decepcionante, si están pensando en ese mítico 80% de las encuestas, pero creo que, políticamente hablando, partir de un número más conservador es lo más sano, para plantearse la reconstrucción de la oposición. Para convertir ese potencial en mecanismo de presión interna que mejore nuestra posición negociadora y no dependamos tanto de la presión internacional, que no controlamos de manera directa.

La pregunta ahora es, ¿cuál es la vía más apropiada?, para que este capital crezca; para entusiasmar a los que están en el exterior a que actualicen su registro, suponiendo que se logra instrumentar una forma de hacerlo; para convencer que regresen a nuestras filas los que se dejaron llevar −por engaño o frustración− por “los alacranes”; para que se acerquen a la vía democrática los que una vez creyeron y hoy están decepcionados del chavismo. Estas son nuestras opciones, nuestras tareas, y los números conservadores, con que contamos.

 

 

 

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