Perder el habla – Fernando Rodríguez

Perder el habla - Fernando Rodríguez
Cortesía: Pixabay

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

Digamos la guerra fría, aunque el cuento es más largo, larguísimo. El mapa político del mundo era más o menos funcional y comprensible, sobre todo porque había una línea muy gruesa que separaba los contrincantes: izquierda y derecha, socialismo y capitalismo. Lo que quedaba en el medio de las posiciones extremas, se podía mover hacia un lado u otro, centro izquierda o derecha, según le dieran mayor o menor prioridad al poderío del Estado y su carácter de protector social. Claro, en cada una de las partes había segmentaciones y enfrentamientos, pero al menos se daban dentro de los límites de dos grandes continentes, armados nuclearmente, no se puede olvidar. También es verdad que al menos otro gran meridiano había que tomar en cuenta, democracia y despotismo, que se enredaba con el anterior y que podía dar lugar a dificultosos entreverados. Pero bueno, la claridad y distinción de Descartes pareciera no funcionar nunca en el mundo humano.

La guerra fría terminó, al menos esa que aludimos, cuando el imperio soviético se cayó sin que nadie lo esperara, ni sus más acérrimos enemigos. Hoy suena como una muy inteligente y alocada la pretensión aquella de Fukuyama, que auguraba que la humanidad cesaba, en principio y solo en principio, sus conflictos y advenía a un modelo único y definitivo de sociedad, economía de mercado y democracia liberal. Cosa de dejar pasar algún tiempo y zanjarse algunos conflictos de hecho para que todo se consumara, el fin de la historia. Poco glamoroso, sin trompetas y arcángeles, pero cese de las contradicciones y la violencia. Como se sabe, el brillante profeta luego corrigió bastante radicalmente su premonición. No solo no todo no se unificó, sino que se multiplicó el gran galimatías a que parece condenada nuestra especie -mezcla poco feliz de espíritu y materia- sino que hasta las palabras mismas se vaciaron de sentido y nos puso a vivir en la actual Babel poco promisoria.

Ahora Trump pasa de amenazar apocalípticamente a Kim Jong-un, destruir a Corea y al poco rato dice que es un gran tipo; y hace de la mentira un deporte cotidiano. La España de Sánchez va a ser comunista según muchos y es una socialdemocracia tímida. Bolsonaro es un demócrata fascista, sin muchas contradicciones. Maduro quiere pasar de revolucionario a neoliberal mafioso, como los rusos. ¿Qué podemos predicar de China y, en general, de ese estrambótico matrimonio de dos sistemas?, ¿en qué consiste el populismo que es predicable de gobiernos corruptos “izquierdistas” latinoamericanos y de los ultraderechistas españoles de VOX o los húngaros de Orbán? Y siga usted el crucigrama del absurdo o del realismo mágico.

No deje de reparar en la dificultad de ponerle un mote a nuestros gobernantes que pueden ser populismo, comunismo, militarismo latinoamericano secular, dictadura delincuencial de nuevo cuño, mezcla de varias cosas…? Incluso a nuestra oposición, al menos se le podría preguntar, que ha sido básicamente derechista, y trumpista, o aprisionada por el frentismo político que ha postergado toda definición ideológica e inusuales componendas fácticas hasta alcanzar la restitución constitucional y las libertades cívicas?

Comenzamos a comprender, aquí y por ahí, que las viejas etiquetas no sirven para mucho. Y que aun la de democracia, usada por tirios y troyanos, así sea con diversos y hasta contradictorios contenidos, entendida en su sentido más simple, el derecho de todos a participar en las decisiones colectivas, no parece tener mucho mercado. A lo mejor por la conciencia nebulosa de que lo que pasa en nuestras vidas verdaderas no solo lo determinan las constituciones, sino que pasan en ese otro ámbito que algunos llaman social, la repartición con igualdad, al menos relativa y suficiente, de los bienes terrenales del hombre. La pura esgrima política es un asunto básicamente de políticos o de los que hagan sus veces. La verdadera tiene que ver con la milenaria lucha por cosas primarias, es decir, el derecho a una vida digna e igualitaria. Allí, en la terrenalidad, debe volverse a escribir el léxico político de una nueva era en que han fracasado todas las banderas políticas; en este siglo que nació auspicioso por el cese de las amenazas nucleares y ya en su adolescencia amenaza con perder todo control de sus maravillas tecnológicas y su analfabetismo sociopolítico. Hasta los virus parecen anuncios tenebrosos del futuro.

 

 

 

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