Primera entrevista con un edecán de Páez – Elías Pino Iturrieta

Primera entrevista con un edecán de Páez - Elías Pino Iturrieta
Cortesía: La Gran Aldea

En la historia es recordado como un prócer de la Independencia de Venezuela, pero en la memoria colectiva criolla con solo decir José Antonio Páez, muchos repetirán: “El Centauro de Los Llanos”. La figura del edecán, ayudante de campo de un oficial militar, es quien mejor puede relatar parte de esa historia menuda del general Páez.

Publicado en: La Gran Aldea

Por: Elías Pino Iturrieta

-Como la gente se ha estado acordando del aniversario de la muerte del general José Antonio Páez, usted puede ayudarme a recordar su ascenso en el campo de la política. Usted lo conoció mucho y está en capacidad de ofrecer datos importantes sobre su crecimiento como líder popular. Hábleme, primero, de su formación escolar.

-Sabía escribir y sacar cuentas, y tocaba una guitarrita a veces. Era de los pocos que se manejaba entre nosotros con las letras y los números, pero hasta allí. Estuvo en una escuela del pueblo de Guama, y de allí salió a ganarse la vida porque su familia no era rica.

-¿Por qué abandona a su familia para trabajar como peón en el campo?

-Lo trataron de robar en un camino y mató al asaltante. Entonces se asustó mucho y cogió el monte para escapar de las autoridades. Fue así como apareció en la hacienda del señor Manuel Antonio Pulido y comenzó a trabajar como peón. Hacía los oficios normales de los peones, pero ayudaba al patrón en el manejo de sus cuentas y, al poco tiempo, se puso a negociar ganado, muy poca cosa, unas contadas reses, con el consentimiento del dueño. Por eso se hizo baquiano en la zona de Barinas, hizo un dinerito y la gente comenzó a conocerlo. Lo acompañé en varios de sus viajes.

-¿Es cierto que peleó a favor de la causa del rey de España?

-Ya estaban empezando los problemas de la independencia y un oficial del Rey que era muy conocido y temido, don Antonio Tíscar, lo metió en su tropa para que le trajinara unos caballos y lo ascendió a sargento en 1813. Le obedeció porque no le quedó más remedio, pero cuando don Manuel Antonio le dijo que era mejor apoyar a la República se alejó de Tíscar y se cambió de bando. Yo lo acompañé en silencio.

-Si venía de la nada, o casi de la nada, ¿cómo se hizo famoso?

-Con un puñado de lanceros derrotó al comandante Manuel Marcelino en el sitio llamado Las Matas Guerrereñas, por los lados de Suripá, y entonces comenzó a llamar la atención. Después no lo paró nadie.

-En que una primera escaramuza en el sitio de Las Matas Guerrereñas hizo que el joven Páez se diera a conocer. ¿Recuerda usted otras de esas peripecias que ayudaron a darle celebridad?

-Al rato cayó preso en Barinas y le pidió al carcelero que le pusiera los grillos más pesados, porque estaba orgulloso de que lo metieran en un cepo de los españoles. Esa historia corrió y la gente del pueblo quería conocerlo y felicitarlo por su arrogancia. Después vino el episodio de su escape, y entonces se convirtió en un dirigente cada vez más procurado.

-Cuénteme de esa salida de la cárcel.

-Se corrió la voz de que llegaban fuerzas republicanas y la tropa realista salió a la carrera. “El catire”, que así le decíamos, aprovechó la confusión para darle unos planazos a dos carceleros que quedaban y ordenó que le quitaran las cadenas a los presos que permanecían en las jaulas. Todos quedaron en libertad y se acogieron a la autoridad del hombre que los dejaba libres, mientras la gente se maravillaba por el episodio. Muchos lo aplaudieron cuando salió en carrera hacia la región de Pore.

-En Pore se hizo más famoso, ¿no es así?

-Sí, así fue. Un oficial de los nuestros con mucha tropa bajo su mando, Francisco Olmedilla, ordenó que pasaran a cuchilla a unos prisioneros españoles, muchos de ellos llaneros, y “El catire” se opuso. Cuando cayó la quinta cabeza de los condenados gritó para que pararan la matanza y la tropa guardó silencio. MI jefe aprovechó para enfrentarse a Olmedilla hablándole  de caridad cristiana, sin que nadie le replicara. Se paró entonces la matanza, ante una voz que en adelante sería cada vez más acatada. Más abono para la justicia, pero también más candela para la fama del jefe. Después nadie le pudo disputar la autoridad.

-Después del enfrentamiento con Olmedilla, el joven Páez llegó a la cúspide de la celebridad lugareña. Deme detalles, si los recuerda.

-Cómo no los voy a recordar, si yo hacía guardia en la puerta de su casa para que los llaneros que lo procuraban se formaran en orden. Situación muy curiosa, porque ni ropa decente tenía para presentarse ante la gente. En ese sentido fue muy famosa la escena que protagonizó con el general Ricaurte.

-¿Cómo fue esa escena?

Paéz se le presentó porque lo ordenaban sus deberes, era su oficial superior. Llegó descalzo y con unos calzones de bayeta verde roídos hasta la mitad de la pierna. ‘Lo felicito por su bravura’, -le dijo Ricaurte-, ‘pero, ¿cómo es posible que se me presente usted en ese traje de mendigo?’. ‘El vencedor de Chire no está obligado a más de lo que puede, no tiene otros medios para cubrir su cuerpo’, -respondió mi jefe ante numerosos testigos-, y Ricaurte no tuvo más remedio que cambiar la conversación. De allí salió Páez a ganar el encuentro de La Mata de la Miel, después del cual no tuvo más rivales republicanos en el Llano. Y todo por un caballo, se dijo entonces.

-Cuénteme lo del caballo.

-Al comenzar el combate, a Páez le mataron un caballo que quería mucho. Juntó rápido a su vanguardia y les dijo: “Me han matado mi buen caballo, y si ustedes no están resueltos ahora mismo a vengar su muerte, yo me lanzaré solo a perecer entre las filas enemigas”. El jefe recogió textualmente estas palabras en su Autobiografía, y también copió la respuesta de su vanguardia: “Sí, la vengaremos”.

-¿Tenía usted ideas republicanas y estaba dispuesto a dar la vida por ellas?

-Lo que me interesaba era seguir a mi jefe, hubiera dado mi vida por estar a su lado. No era yo hombre de ideas, y pienso que la mayoría de mis compañeros tampoco. Vivíamos en un aislamiento que no nos permitía saber nada del mundo y, para completar, no sabíamos leer ni escribir. Podíamos ganar monturas, armas, municiones, insignias y unas monedas en la guerra, y eso nos atraía mucho. Pero hablo de una primera estación de las campañas, porque después llegó mucha gente preparadaabogados curas que venían a buscar la protección del gran jefe de los llanos, y hablaban muy bonito y decían cosas muy grandes sobre la República. Fuimos cambiando poco a poco, por lo tanto.

-¿No pasó lo mismo con el general Páez?

-Era distinto a nosotros, más inteligente y audaz, más rápido de entendimiento, pero tampoco nadaba bien en el río de las ideas y las doctrinas. Pero se las aprendió, y comenzó a escribir cartas muy serias sobre la independencia y a participar con soltura en las conversaciones con los forasteros que traían libros en su equipaje y tenían chalecos, corbatines, sotanas y zapatillas.

-Estamos ante la cercanía de un gran cambio en la trayectoria del general, merece una pausa y sobre el que volveremos la semana entrante. ¿De acuerdo?

-De acuerdo. Todavía hay mucha tela para cortar.

 

 

 

 

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