Primera persona del plural del pretérito imperfecto – Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

A pesar de sentir fascinación por la historia, me niego a vivir suspirando por el pasado, me rehúso a habitar en ese territorio de recuerdos desvencijados  y fotos descoloridas que revolotean como rebullones en la memoria, me desvío de ese languidecer en ese espacio que hoy a la distancia luce como perfecto, sin lastimaduras, pero que abundaba – lo sabemos – en variopintos desperfectos. Me opongo a pasarme los días hablando y escribiendo en la primera persona del plural del pretérito imperfecto. Lo siento. El pasado pasó, el hoy es apenas un segundo, efímero; solo me interesa el porvenir.

En el mundo hay miles de personas construyendo soluciones, en todas las áreas. Es cierto, los seres humanos nos equivocamos. Cometemos insólitas torpezas. Ponemos en posiciones de poder a personas incompetentes. Le damos posibilidades de comando vagabundos y sinvergüenzas. Y a consecuencia de ello, millones de personas sufren dolores indecibles. Pero hay también cientos o miles de personas luchando, inventando, produciendo. Siendo maravillosamente creativos en todo lo que a saber y quehacer se refiere. Es cierto que lo bueno tiene bastante menos espacio en los medios que lo malo. Una buena noticia tiene menos difusión que lo que pinta de horror.

Por supuesto que hay que denunciar todos los horrores que ocurren. Y hay que negarse a ver los delitos, violaciones, estafas y un largo etcétera de barbaridades como parte de un paisaje permanente al que acostumbrarse. Pero también hay que abrirle camino a las muchas cosas buenas que ocurren. Darles difusión.

Llego a los 65, viva, que ya es mucho. Flaca como un palo, que al decir de mis médicos es conveniente. Loca cual cabra, útil para eso de andar por caminos peligrosos. Habiendo reído más que llorado. Con más ganas que canas. Queriendo mucho y esperando que me quieran mucho. Y mirando el mar, que todos los días me enseña algo. 65. Ha valido la pena. Yo nací en 1956. Pero nací de nuevo aquel 27 de noviembre de 1992 cuando una bala me pasó rozando el pelo. No tengo la menor duda que Dios evitó mi muerte para algún buen propósito. Seguramente en esta lucha por mi país me he equivocado cientos de veces. No tengo problema en reconocerlo. Pero quedará para mis memorias que luché, que no me rendí, que caí y me levanté.

Escribo mi guión de vida. En la primera persona del plural del futuro imperfecto.

 

 

 

 

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