¿Será 2016 el último año del gobierno? – Luis Pedro España

Por: Luis Pedro España

Finalmente, y en sana paz, se instaló la nueva Asamblea Nacional. Atrás quedaron las amenazas y llamados al insensato alboroto.

No sabemos muy bien si fue a causa de la natural disposición de la FAN de impedir la alteración del orden público (definitivamente a ellos les corresponde restablecerlo posteriormente y nunca se sabe a que costo), a la poca capacidad de movilización de los colectivos (que cada vez parecen más iconos artísticos de la revolución, que verdaderos movimientos de choque) o, lo que seguramente ocurrió, a una mezcla de las dos anteriores.

Lo cierto es que ya desde hace tiempo, eso del pueblo en la calle en defensa de la revolución, ha quedado reducido ha tarifados panfletarios que difícilmente se parecen a un pueblo que defiende una causa que valga la pena ser defendida.

Visto lo ocurrido y después de tanto recurrente fanfarroneo, al menos el que paga la cuenta de las movilizaciones oficiales debería informarles que este cuento, con todo y rodilla en tierra, como que se acabo.

Pero porque estemos asistiendo al final de los días de este ciclo en la historia patria, ello no quiere decir ni que el cambio será pronto, ni que será el deseado. Para que ambas cosas ocurran hay que construir la transición y de eso tratarán los próximos meses. Dentro del gobierno, en la Asamblea, pero especialmente en la vida diaria de los venezolanos.

La cesación del Gobierno

Así calificó el nuevo presidente de la Asamblea Nacional a una de las tareas por hacer del nuevo parlamento. Fijó una fecha, un plazo de seis meses, para presentarle al país el método constitucional, pacífico y electoral para que el gobierno cese en sus funciones.

No vamos a dilucidar sobre cual debe ser, o no, ese método que se le presentarán al país. El próximo 5 de junio, si nos atenemos al plazo fijado de los seis meses, la bancada mayoritaria terminará acordando cual será el mecanismo de entre las distintas opciones que los abogados constitucionalistas ya deben estar perfilando en sus dictámenes o recomendaciones.

De lo que sí vale la pena ocuparnos es de porqué, en la instalación, en el propio primer inning, la oposición descubre las cartas y decide, entre otros temas de la agenda parlamentaria, ir por la cabeza del Ejecutivo.

Aquí parece haber operado una mezcla de imposibilidad de algo distinto, junto con el principio de la profecía autocumplida. Veamos.

Por un lado, y fiel a la tradición de intemperancia de la que presume toda revolución (en especial las que efectivamente no lo son), aún cuando la derrota estaba cantada, un escenario de mayoría simple, le permitía al gobierno obrar desde la posición del desconocimiento y seguir adelante.

Si la oposición no hubiese alcanzado la supermayoría que hoy tiene, pues no habría sido necesarios muchos de los disparates (reforma a la ley del BCV, por ejemplo) de última hora a la que se vieron obligados, dado su guión de no cohabitación, de confrontación permanente, o de carrito chocón como alguna vez Teodoro Petkoff calificó al mismísimo Chávez.

Pero esa decisión de no entenderse bajo ningún concepto con la oposición, no sólo nos lleva a un escenario de confrontación, sino lo más importante, a uno de ingobernabilidad. Mitad por prejuicios, mitad por realismo político, el resultado de las elecciones de la Asamblea Nacional y las posiciones tomadas por el gobierno, han hecho que en los próximos meses, por no decir días, el país avance hacia la posibilidad de un cambio político o al menos a la presentación de un mecanismo para que el país decida si quiere o no ese cambio.

Cesación o permanencia ¿De que dependerá?

El problema de esta transición o cambio en desarrollo, es que tendrá lugar en un contexto de crisis socioeconómica sin precedente. Los cambios políticos que nos aguardan, las transformaciones que ocurrirán este año que comienza, tendrán a la crisis, más que como telón de fondo, como realidad inminente con la cual todos tendrán que lidiar. Unos y otros entrarán en un certamen comunicacional por tratar de endosarle al contrario la responsabilidad de la pavorosa crisis que nos aguarda, pero sólo uno tendrá la responsabilidad real de resolverla: el gobierno.

Si bien es cierto que el gobierno tiene todas las de perder, que luce muy cuesta arriba que logre libarse de la autoría de la crisis invocando babiecadas como la guerra económica o alguna otra teoría de la conspiración, toda su estrategia parece aferrada al clavo ardiente de la manipulación ideológica.

Presume que, así como ha mantenido a 5 millones de venezolanos atados a sus absurdas explicaciones bajo el expediente de la contra-información y la dependencia gubernamental, también le será posible empinarse sobre las acciones de la Asamblea Nacional y responsabilizarla de la caótica realidad económica. Sea por obstruccionista de las políticas del gobierno “para resolver la crisis”, o porque siguen un guión conspirativo y violento para hacerse con el poder, el gobierno cree que la oposición puede perder su apoyo popular gracias a la crisis económica.

Aun cuando parezcan pobres y repetitivas las apuestas gubernamentales para enfrentar lo que puede llegar a ser sus últimos días, la oposición ahora con un instrumento de poder, tampoco la tiene totalmente fácil. Como hemos dicho en otras oportunidades, las crisis no tumban a los gobierno por si solas, hay que hacer que las crisis socioeconómicas tengan por causa al gobierno y sus políticas, y esa demostración no basta hacerla una vez, sino todos los días.

Por fortuna para la oposición, precisamente por no tener que cargar con la ejecución de las políticas, le bastaría llenar al gobierno de propuestas de políticas económicas y sociales que luzcan más que razonables y que ha sabiendas el gobierno no podrá ejecutar, continúa su desprestigio. En parte porque no cree en ellas, en parte porque sólo espera un imposible milagro petrolero, cada proposición de política pública que proponga la oposición y deseche el gobierno, lo hundirá más en la inacción e identificará más como responsable de la crisis.

Este mecanismo ha funcionado para inculpar a gobiernos que propiamente no son responsables de las crisis, imagínense la de aquellos que si lo son.

¿Cómo puede salvarse el gobierno de una cesación inminente?

La forma más fácil de llegar al 2019 y de alguna manera ahorrarle al país la sobrecrisis que vamos a padecer producto de una catástrofe económica agravada por la ingobernabilidad, es que el gobierno se modere y entre en una lógica de acuerdo nacional.

Pensando en la salvación del país (no en la del gobierno) y en reducir las consecuencias trágicas de la hecatombe socioeconómica que estamos viviendo y que viviremos si continúa el forcejeo por el cambio anticipado, lo más razonables, por lo que habría que abogar, es por un entendimiento mínimo entre los factores de poder. Pero hasta ahora eso parece no ser posible.

El gobierno sólo puede salvarse de un fin apresurado si el anuncio del Plan de Emergencia Económica es más un plan de entendimiento entre el gobierno y el país, que un conjunto de medidas tanto ineficaces como ineficientes, que es lo que seguramente terminará siendo, tanto el plan como el supuesto nuevo gabinete.

Fantasea el gobierno si cree que en ese repetir histórico, si en ese catecismo manifiesto en que trataron de convertir al chavismo, una consulta electoral los va a relegitimar como en 2004 logro hacerlo el extinto presidente.

No será así en esta oportunidad. La crisis es muy profunda, la responsabilidad muy honda y las trampitas y el disimulo no parecen ser suficientes para capear el difícil 2016.

El gobierno tendría que volver a nacer para salvarse de la cesación, y aunque con ello más de un venezolano también se salvaría de un padecimiento extremo, hasta ahora no dan señales siquiera de haber empreño.

2016 parece ser, en todo horizonte previsible, el último año.

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