The boomers – José Rafael Herrera

The boomers - José Rafael Herrera
Cortesía: El Nacional

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

A mi buen amigo y condiscípulo Iván Loscher,

in memoriam.

“The King is dead. Long live the King”.

 The dream is over”.

John Lennon

Casi todos saben quiénes han sido y lo que han significado. Y si no todos, una buena parte conoce acerca de sus orígenes y del período de la historia de la civilización que contribuyeron, de manera decisiva, a construir. Por supuesto, los porcentajes existen, por lo que siempre están los desinformados o, peor aún, los desentendidos y los indiferentes, esos que están convencidos de su condición ab extra, ajenos como son a toda posible comprensión del devenir. Para ellos, el presente nada tiene que ver con el necesario registro del pasado, y si lo tiene les resbala. Son los que se imaginan que sólo ellos han tenido juventud, mocedad, por lo que suponen que nunca –”¡jamás!”– llegarán a envejecer. Se asemejan a los hongos, porque creen haber surgido de la nada. Tienen complejo de interruptor eléctrico, porque creen que solo basta con tocar el switch para “pasar” de la luz a la oscuridad en un instante. Y tal vez sea por eso que miran, no sin desprecio o desdén, las arrugas, las canas y esa cierta curvatura que van adquiriendo las espaldas que se hacen vetustas. Guásimo, ¿por qué te tuerces?, apunta un viejo refrán. Son las espaldas que, sin duda, anuncian la inequívoca puesta de sol, el declive que ya había comenzado con los años, la caída que se va apoderando, lenta pero sostenida y progresivamente, de todo cuerpo y toda mente. Solo que sobre esas espaldas, que se van corvando como el guásimo al crecer, aún persiste y se mantiene el peso de la principal idea de Occidente: la de la libertad. No obstante, ¿será necesario recordar que no hay libertad sin conciencia de la necesidad?

La llamada generación Baby boomer debe su nombre al masivo –e inesperado– aumento de la natalidad que se produjo con el fin de la Segunda Guerra Mundial. El 4 de mayo de 1951, por primera vez, la periodista del New York Post Sylvia Porter describió el aumento en la fecundidad de posguerra como un auténtico boom. Fue, por cierto, una explosión inédita en la historia de la humanidad, al punto de que los estudiosos de la demografía han calificado el hecho como “el cerdo en el pitón”, dado el ensanchamiento de la línea estadística, lo que ha sido caracterizado como “un engrosamiento en la pauta de crecimiento poblacional”, cabe decir: en la conformación de más del 15% de la población mundial. Se comprende, en consecuencia, que se trata de la generación de los nacidos entre 1946 y 1964, esto es, la generación del rock, de la juventud irreverente, contestataria e inconforme por excelencia, la misma que tuvo el privilegio de conformar el movimiento contracultural de los años sesenta, setenta y parte de los ochenta. Los compases de marcha militar que marcan el ritmo de la batería en cada pieza de rock, evocan –re-cuerdan– de continuo sus orígenes (los leading-edge boomer), tanto como su punto de llegada (los trailling-edge boomers): la guerra por la libertad frente al totalitarismo y la libertad como exigencia frente a la guerra de las nuevas y más “sutiles” formas  totalitarias, que son, por cierto, la necesaria consecuencia provocada por el reacomodo sufrido por el mundo después de 1945. War no more. Y es que los boomers comprendieron que el fascismo no solo se puede vestir de negro, de gris o de verde olivo, sino también de rojo o de azul.

Los boomers son el resultado de una época material y espiritualmente próspera, tendencialmente de clase media. Después de todo, nadie tiene que ser rico para no ser pobre. El What a wonderful world de Armstrong, más que una canción, es el emblema con el que se inicia el ambiente político, social, económico y cultural a partir del cual creció y se fue ensanchando esa gruesa generación, por lo menos hasta la llegada de los Jones, los anhelanteslos últimos “mohicanos” que aún representan esa larga travesía, tan reciente y tan lejana a la vez. En Europa y en Estados Unidos, los futuros padres de los boomers regresaron de la guerra para formar matrimonios y hacer de la familia el centro de sus vidas. Ese fue el modelo de convivencia mundial y también lo fue para Latinoamérica. Añádale el lector la cantidad de salsa en las rocas, según el gusto que desee.

Fueron ellos –los boomers– los primeros espectadores de la televisión y, con ella, de las historietas, los cartoons de Tex Avery o de Walt Disney. Los fans de El Zorro, de Batman y de esa auténtica creación mitológica de los antihéroes de Stan Lee. Más tarde, sería aquella la generación que históricamente tuvo la mayor cantidad y calidad de egresados en los estudios universitarios. Y fue ahí, en las universidades –y no con la industria cultural o con los carteles de la droga, que acabarían integrando y silenciando el poderoso movimiento contracultural que, en su momento, haría temblar al mundo entero–, donde surgió la nueva música, el nuevo arte y la nueva literatura, en fin, el nuevo modo de ser del mundo. Pero de ellas, y como consecuencia de lo anterior, surgieron, además, las revueltas estudiantiles del 68, la exigencia de poner fin a la guerra de Vietnam, las luchas por los derechos civiles y contra el racismo, así como la defensa de los derechos de la mujer. En suma, fue le generación de la beatlemanía, de los Stones, del movimiento hippie, de Woodstock, de la psicodelia, la experimentación, la progresividad, el punk y, por si fuera poco, la de los grandes pioneros de la era digital.

El atrevimiento, la inconformidad, la contra-corriente, el saber que dentro de cada bien formado científico o artista se oculta un Hulk, un monstruo verde, su propia antítesis, la exacta inversión del sí mismo, con el que el culto y refinado doctor debe aprender a convivir, conocer y controlar, es el santo y seña distintivo de una generación que difícilmente se entrega al totalitarismo, por más que las canas, las arrugas y la curvatura de la espalda comiencen a hacerse evidentes. Sobre ellas -sobre sus espaldas- seguirá soportando el peso de sus valores de creación y libertad hasta el último suspiro. Y de ella deberían aprender quienes se limitan a existir día a día, sin llegar a comprender qué es y qué significa vivir plenamente la vida.

 

 

 

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