Jean Maninat

Y La Habana parió un ratón – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

De cualquier malla sale un ratón,

oye de cualquier malla.

 

El Ratón (Cheo Feliciano)

 

Finalmente el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) pasó de puntillas evadiendo las reformas -no políticas, válgame Dios- sino económicas; se esperaban al menos algunos cambios en el ya roído manual de cómo congelar una economía en el tiempo y pauperizar a una población condenada al hambre y al atraso por una ideología matusalénica como sus dirigentes salientes.

Una vez más el continuismo y la parálisis mental, la reiteración de fórmulas que de tanto repetirlas parecen más un novenario socialista para acallar la realidad con el bisbiseo de un rezo, ateo, pero de profundo fervor religioso. En poco, muy poco, quedaron las expectativas que se habían creado acerca de la posible irrupción de una nueva nomenclatura con los ojos más puestos en China, o Vietnam, que en la retórica altanera y autocomplaciente que ha sido su añosa seña de identidad revolucionaria. El legado de los históricos.

Más no, el peso de su panteón no permite osar más allá de la innovación del “cuentapropismo”, una colección de empleos de subsistencia, oficios menores, paladares recién pintados, que en algo ayudan a paliar la penuria económica permanente, pero que están siempre amenazados por los cambios de humor de los burócratas a cargo de la “gestión” de la economía.

Tal como reporta El País, de España, ya los nombres de los documentos oficiales anunciaban la momificación de la discusión que se venía encima: “Actualización de la Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista” o la “Resolución sobre el Estado de la Implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución desde el 6to. Congreso hasta la fecha y la Actualización de estos para el período 2021-2026”. Todo a siglos luz de una  Apple Store a la vuelta de la esquina, por no hablar, con evidente ventajismo, del Silicon Valley allá en el decadente capitalismo del norte. Le ronca los motores caballero.

Trescientos delegados, atornillados a sus escuálidos privilegios y desenchufados de la calle y su gente, votaron por la permanencia de Cuba en el atraso repleto de penurias que solo mitiga el humor, la luz tropical y el mar que los circunda. Los viejos y nuevos jefes acotaron -una vez más- la anémica actividad privada a los rincones y vericuetos de la destartalada economía cubana. Casi como si se tratara de apestados con los que hay que convivir por necesidad.

La economía centralizada la rige el Buró Político que al fin y al cabo es el Partido, lo demás es anatema. “Hay límites que no podemos rebasar porque llevaría a la destrucción del socialismo” dijo el saliente Primer Secretario del PCC, Raúl Castro. Allí quedó la advertencia de profundidad.

(Ni que decir de un lejano eco de San Isidro, su ruido alegre no despierta a los miembros de la  nomenclatura, prefieren seguir durmiendo como caimanes al sol, ajenos al paso del tiempo, solo atentos a su respiración y permanencia en el poder).

Allí seguirán, recitando pamplinas, descargando en otros su inmenso fracaso, y a la espera del regreso de los anhelados cruceros repletos de gringos y dólares, su verdadero y despechado amor histórico. El gato que cazaba ratones del que hablaba Deng Xiaoping salió convertido en un roedor.

La Habana parió un ratón.

 

 

 

Lea también: «La República de las Rosas«, de Jean Maninat

 

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