Yo camino entre zombies – Sergio Dahbar

Por: Sergio Dahbar

Hay que hacerle caso a los maestros. Ya el tío Jung, en la página 436 de su Obra completa (Trota), define sincronicidad. “…una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal’’.

¿Cuál es el motivo de citar al citable Carl Gustav y su sincronicidad? Esta semana murió en Toronto uno de los realizadores clásicos del cine B, George Romero, que en 1968 hizo estallar el cine de terror con una película que marcó un antes y un después: La noche de los muertos vivientes.

Era joven y se asoció con amigos que tenían cien mil dólares. Quería convertir en cine el libro de Richard Matheson, Soy leyenda. De toda esta energía, surgió una película de culto, La noche de los muertos vivientes, que cada tanto salas de cine serias del planeta programan a medianoche, para goce de adolescentes fanáticos.

Por primera vez el tema de los zombies se quitaba la tradición vudú de encima para convertirse en paranoia política radical. Era una historia perfecta para hablar de Vietnam y el racismo y la claustrofobia americana ante la llegada del otro, del diferente.

Romero definió el ritual de los zombies para siempre: infectan al morderte, buscan comerte y sólo si les disparas en la cabeza caen eliminados. De otra forma, regresan. Los personajes eran pálidos como la parca, buscaban comer cerebros y se movían con  movimientos extraños que después hicieron famoso a Michael Jackson.

Dos estudiosos de la cultura de masas, Jonathan Rosenbaum y James L. Hoberman, críticos de cine prestigiosos en Estados Unidos, reconocieron en Midnight Movies (1991), que “todo zombie es político’’. Y agregaron: “La noche… ofreció el retrato más literal posible de Norteamérica devorándose a sí misma’’.

El argumento es tan sencillo que si se lo cuentan a un productor veterano dice que no. Un grupo de personas se encierra en una casa de campo, para resistir el ataque de muertos que han regresado a la vida por una razón inexplicable. Romero articula en ese contexto a la familia tipo americana, que debe defenderse de algo que no conoce y además colabora con personas de diferente nivel social.

En Venezuela caminamos entre zombies. Entre muertos resucitados que volvieron a la vida. El socialismo es un muerto que ya habían enterrado en muchos países por defecto de fábrica. No funcionaba. Salvo para la casta que se roba hasta la medicina de la abuela. Todo lo que se leía en el manual era chino básico y además cuando se traducía, salía mal.

Hay más zombies en Venezuela. Los que siguen a la revolución zombie. Ciegos, sordos, mudos. Recordemos que cuando se resucita a un muerto mediante un houngan, un bokor, cualquier hechicero al uso, el muerto que vuelve a la vida queda sometido a la voluntad que le devuelve la vida. Se convierte en un esclavo.

Como esclavos son los que rompen bolsas de basura para poder comer, haciendo sus necesidades en la calle, con ropas andrajosas, convertidos en muertos vueltos a la vida por una religión política atávica y atrasada.

No se quedan atrás los colectivos criminales que asesinan gente en las marchas y trancones, suerte de mad max ultra fascistas,  con la cara oculta en el anonimato. Como zombies son algunos de los guerreros (post apocalípticos), que pasan raqueta y cobran peaje mientras otros se juegan la vida.

Lo que sorprende es la lucidez de George Romero. Después de llevar sus zombies al centro comercial y a un fuerte militar, confesó que sus películas eran “acerca de la revolución, en un sentido amplio: una sociedad nueva reemplazando y devorando a la anterior, en este caso literalmente. La humanidad generando su propia destrucción’’. Y pensar que Romero nunca vino a Venezuela.

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