“Anónimo”, el espejismo hecho experimento – Alonso Moleiro

publicado el 29/01/20 por Michelle Rodríguez en También Sucede Etiquetas:, , , , , ,

Publicado en: La Gran Aldea

Por: Alonso Moleiro

En una nación quebrada, todavía hay gente dispuesta a gastarse unos dólares para comer carnes y beber vinos sin reparar en gastos en el este de Caracas. Visitamos “Anónimo”, el último estandarte de los delirios de la “normalización”, con sus comensales inocentes y sus cuatro salones atiborrados. Otro testimonio que prueba, en blanco sobre negro, como, en tiempos de crisis, mientras algunos bajan, otros saben subir.

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Hay un nuevo malestar cultural en los entresijos de la maltratada clase media profesional de las zonas urbanas del país: El de las paradojas de la dolarización de la economía. Estos curiosos contrapuntos que ofrecen bandejas de plenitud y prosperidad en un contexto nacional de quiebra, que suelen desconcertar a los periodistas extranjeros que están de paso, y que alimenta leyendas sobre propietarios emergentes y relaciones políticas.

La discutible premisa de la “normalización”, oxigenada con la llegada del dólar, se expresa en la masificación de los estrafalarios bodegones de la era “chavomadurista”, y produce, hoy, un claro sinsabor en la autoestima del activismo político. 

Hay gente que no se alegra, sino que se molesta, cuando, en un recorrido nocturno, pasa revista a los achicados focos de la oferta gastronómica y cultural de Caracas, en un país donde tanta gente ha emigrado y tantos otros han dejado de salir de noche. Problematizar el bienestar ajeno se ha convertido en una inevitable tendencia

“Las Mercedes, ese rincón de la ciudad que está vivo: Circulan carros, las calles están limpias y se escucha música”

Estar mal, se suele argumentar, no puede ser una condición estacional o una frase lanzada al voleo. Si el país está mal, no puede haber “lugares de moda”.  Todos estamos obligados, de alguna manera, a estar aunque sea “un poco” mal.

Las salidas nocturnas al cine, una cena despreocupada en familia, una cita de parejas, la nueva exposición de una galería. Sobre la rutina del entretenimiento, tan contestada en la Venezuela de este tiempo, está pendiendo en todo momento el relato de la boliburguesía. Si en los años ‘80 se especulaba afirmando que este o aquel hotel “lo compraron los Cisneros”, ahora el tic con la asignación de pertenencia tiene otros derroteros: “Eso es de un enchufado”.

La cocción de la nocturnidad

Algunas de las calles colaterales de la Urbanización Las Mercedes conservan bolsones donde se respira “sensación de normalización”. Locales con música, trabajadores aparcando carros y filas de personas perfumadas y elegantes esperando el ingreso. Es un hálito emocional tan relativo como el de la “sensación térmica” o la “sensación de inseguridad”.

Voy a verme con Adriana Nuñez Rabascall, colega y amiga, en “Anónimo”, un comentado y novísimo restaurante ubicado entre las calles París con Mucuchíes, protagonista de estos espejismos de prosperidad que envuelve el estigma culposo de la “normalización”. Vinimos a paladear, con la sensación de normalización como hipótesis, y el mandato de escribir este reporte, el “discreto encanto de la boliburgesía”.

Nos sentamos provisoriamente en la “zona de predespacho”, la barra de “Anónimo”, para conversar un poco sobre nuestra encomienda y describir el espacio lo más objetivamente posible. “Anónimo” está ubicado donde antes estaba “Madero”, la exclusiva franquicia argentina de restaurantes de carne.

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Afirmar que el ingreso a “Anónimo” es una experiencia sobrevenida o desagradable sería mentir sin escrúpulos. Nadie podrá afirmar que se trata de un lugar estrafalario o de modales recién adquiridos. Tiene cuatro salones –la barrael restauranteel lounge, y la discoteca en el piso de arriba-, todos los cuales se fueron llenando progresivamente, atendidos con mucho criterio y eficacia por la tropa de mesoneros y sommeliers a cargo. “Anónimo” cuenta además con un comentado “privado”, completamente hermético, en el que cualquier arrendatario puede citarse para dirimir temas peliagudos o urgentes sin ser visto por nadie.

La cocina de “Anónimo”, con su rígida disciplina, se muestra desnuda, sin intermediarios, en plenas gestiones, frente a las mesas del restaurante. El hombre orquesta de aquella trajinada gestión es su chefEduardo Moreno.   Todo está a la vista. Crepitan aceites, brillan fogones y salen platos maquillados para ser entregados a los meseros. Todo el mundo luce impoluto y uniformado. Un menú en el cual abundan variantes italianas, carnes, y se ofrecen, también, hamburguesas en su variante gourmet. La guarnición de vinos argentinos y chilenos luce bastante nutrida. En algunos rincones, procurando transmitir la idea de intimidad y resguardo, hay libros, títulos dedicados a la decoración o el arte en el Renacimiento. La música acompaña la velada, pero no la invade.

Es cierto que pudimos avistar mesas flanqueadas por escoltas, que eran convidados por sus patronos; sujetos de doble panza y zapatos sin medias acompañados de damas enfundadas en protuberantes licras; funcionarios oficiales saliendo de sus labores, todavía con su franela roja, e incluso damas larguiluchas, acicalándose en los baños, desproporcionadamente altas, de faldas cortas y vestidos colores pastel.

“Sobre la rutina del entretenimiento, tan contestada en la Venezuela de este tiempo, está pendiendo en todo momento el relato de la boliburguesía”

Pero, en honor a la verdad, la fauna promedio de “Anónimo” estaba integrada por sobrevivientes de la clase media alta de Caracas en su formato clásico, pensando, como en cualquier otra parte, en gastarse su plata soberanamente.  Algunos se presentaban con sus botellas para el descorche. Era el Ron Premium, con sus variantes de Santa Teresa, y no el tradicional whisky, la estrella de la zona festiva del local. Mesas con familiasparejas, grupos de amigos, personas que se citan para comer. Elegantes, pero nunca formales, casi todos muy blancos de piel, metidos en su mundo, ajenos a la polémica, fastidiados de la política, renuentes a las etiquetas.

Un cruce fortuito con Pedro Mezquita, conocido periodista especializado, nos permitió cerciorarnos de aquello que en principio fue una impresión general: A las cavernas de “Anónimo” habían ido a consumir aquel día un contingente apreciable de personas con apellido, conocidos “de toda la vida”.

La normalidad, un instinto

Pediremos pimientos rellenosnachos de atún y unos incomprensibles “donuts” de chistorra con dos botellas de vino de mediano calibre: AlamosReserva Malbec, y Hugo CasanovaMerlot. De plato principal compartimos los tres unos Cappellacci alla Norma exquisitos, pero diminutos e insuficientes. Un sommelier muy educado orientará verbalmente a los interesados sobre aquello que le vendría bien escoger para beber. La carta no viene acompañada con los precios. La caja registradora de aquella noche vio ir y venir cualquier cantidad de transacción en dólares. Aquella tremendura con entradas y vino tocó los 141 dólares. Todas las mesas a la vista sobrepasaban en platos hasta dos y tres veces el volumen de comidas y bebidas de la nuestra.

Disueltos en la experiencia, sin pedir nada particularmente extravagante, la conversa que sostuvimos giró en torno a los mismos derroteros: ¿Cómo es posible que exista todavía en el país gente con dinero para sufragarse estas experiencias? La contracción que experimenta la economía venezolana tiene hitos históricos. Venezuela no produce hoy ni la mitad del petróleo que tradicionalmente producía. Ha reducido su Producto Interno Bruto a las dimensiones de naciones mucho más pequeños, como Guatemala o República Dominicana. Pero, en una nación que parece que siempre ha dado para todo, todavía encuentra uno gente dispuesta a pagar las cosas independientemente de lo que cuesten, aunque puedan costar más que en Berlín o Montreal, decididas a vivir la experiencia del sitio de moda y calzar la histórica del patrón de consumo dispendioso del venezolano contemporáneo.

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Pudimos avistar aquella noche al pelotero Jesús Guzmán; a algunas chicas Polar; al propio Mezquita, y al periodista Alberto Camardiel, cada uno en lo suyo, metido en su propia cotidianidad. Desgajados en sus asuntos, atendiendo sus compromisos, disueltos ante lo que terminó resultando una muchedumbre en un espacio que los jueves y los viernes está cerrando a las 3 de la madrugada.

El deseo de buscar normalidad, -de, al menos, procurar simularla- forma parte de un instinto que viene con la propia condición humana. Lo hacemos con nuestras vidas en momentos personales duros. Lo recuerda Jon Lee Anderson en sus crónicas sobre Bagdad, previas a la invasión a Irak. Lo comenta con elocuencia Juan Goytisolo en sus “Cuadernos de Sarajevo”. Si el país -que Dios nos ampare- entrara en zona de guerra, si la destrucción dejara de ser una metáfora para convertirse en una realidad artillada, es probable que sigan existiendo restaurantes parecidos a “Anónimo”, ofreciendo su menú a agregados militares y soldados.

Los anónimos de “Anónimo”

“Anónimo” es propiedad de Camilo Ibrahim, un empresario de origen libanés que es parte de una familia que ha podido expandir sus negocios e intereses en el medio del contexto actual, que obtuvo mucho oxígeno en tiempos del control cambiario, y que en este momento administra las licencias del grupo Inditex en Venezuela -las tiendas ZaraBershkaPull & Bear y Mango-.

El grupo, que también lo lleva adelante su hermano Julio, tiene la propiedad de la aerolínea Plus Ultra y la cadena Páramo -presente como marca en todos los rincones del restaurant. Acumula un largo kilometraje de experiencia en la administración de negocios de comida, comenzando por muchas de las concesiones actuales de los terminales del Aeropuerto Internacional de Maiquetía.  

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Los reportes dan cuenta de que es la segunda generación de esta familia, los sobrinos de Camilo, quienes están a cargo de la operación cotidiana de “Anónimo”. El desembarco de este grupo en la zona de los restaurantes del este se ha convertido en la noticia más relevante de la comidilla gastronómica local. “Los Ibrahim”, que han ejecutado sus operaciones con eficacia, tienen músculorelacionesámbito. Son empresarios que operan con una fuente de poder. Han incorporado a sus filas a Aniello Merola, quien fue chef ejecutivo de Lola, y extendieron ofertas a cocineros y jefes de cocina de otros locales de éxito, como La Casa Bistró.

Comenta una fuente calificada que ha pedido no identificarse: “En el negocio de restaurantes es común, es cíclico, que un nuevo proyecto procure llevarse personal calificado; “robarse” talentos de otros restaurantes con una proposición económica muy buena. En este momento, esa ola la protagoniza ‘Anónimo’”.

Cubertería dorada -aunque no de oro-; un entorno elegante, relativamente informal; cuentas basculando tranquilamente los 300 dólares. El exquisito diseño de “Anónimo” fue ejecutado por Sigrid Jelambi. En su cuenta de Instagram, la artista comenta que los colores predominantes del gastrobar “provienen de la pátina natural que se forma cuando el cobre, el latón o el bronce se desgastan y se exponen al aire o al agua de mar con el tiempo”.

“La carta de ‘Anónimo’ no viene acompañada con los precios. La caja registradora de aquella noche vio ir y venir cualquier cantidad de transacción en dólares”

“Tienen mucho dinero. No los conozco, pero no podría decir que son unos recién llegados, porque es un grupo que tiene tiempo en el negocio de la comida”, señala una empresario del achicado universo de la restauración del este de Caracas, cuando se refiere a los Ibrahim. “Me llama la atención sus ofertas salariales, el excedente del cual disponen. Ese local ha contratado a gente muy buena en poco tiempo. Llevar adelante un restaurante de calidad en Caracas es esfuerzo titánico, y al final del año, si es que los tienes, vas a contar con muy poco dinero excedente”.

El vibratum de la medianoche

Achispados ya con el vino y la no muy abundante comida, Adriana y yo decidimos retirarnos ya casi al filo de la medianoche. Como sucedía en los momentos de esplendor de Caracas, de pronto parecía aumentar el flujo de personas: Muchachos solteros buscando fiestaadultos para una citaamigos coaligados en procura de un espacio para compartir. Algunos simplemente se anuncian con su nombre en el libro de reservas. Mientras algunos bajan, otros suben. Mientras algunos, como nosotros, se retiraban, otros apenas ingresaban. ¿En qué país estamos? El portero nos comentó que muchas personas del cuerpo diplomático visitan el lugar.

Adriana parte primero. Mientras entran y salen automóviles. Una alineación de puntos automáticos se ofrecía por los parqueros a los propietarios de cada carro para dar una propina. En Venezuela no existen los billetes. Por supuesto, todo el mundo acepta, sugiere, promueve y desea un pago en dólares. Afuera, la ciudad, o ese rincón de la ciudad, está vivo: Circulan carros, las calles están limpias y se escucha música.

“Cubertería dorada, un entorno elegante, relativamente informal, y las cuentas basculando tranquilamente los 300 dólares”

Ya en el carro, de salida, puedo advertir que más personas vienen llegando. Los parqueros deben estar en su hora pico. “Anónimo” encontró su clímax a la medianoche. Al girar a la izquierda, camino a la Avenida Río de Janeiro, me encuentro, de nuevo, luego de mucho tiempo, con La Quinta Bar, otro local juvenil de la década pasada que suponía había cerrado: Para mi asombro, estaba totalmente repleto de gente, con una larga cola de parejas cercanas a los 30 años esperando para ingresar.

Sentí que podía volver a la casa de mis padres en La Campiña, como lo hice tantas veces antes de casarme, como si fuera 1995 y el presidente de la República fuera Rafael Caldera. Soltero y sin hijos, con 24 años, esperando para relatarle a mi hermano, que de seguro estaría llegando de otra fiesta, una de los muchas aventuras nocturnas de aquella ciudad. Pero no. Iba en realidad a la mía, no con 24 años, sino con 48, pensando en que esa noche no dormí a mi hija y, sorprendido, casi escandalizado, de que todavía existan en esta ciudad algunos locales que reciban tantas personas en la madrugada.



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Por: Alonso Moleiro

En una nación quebrada, todavía hay gente dispuesta a gastarse unos dólares para comer carnes y beber vinos sin reparar en gastos en el este de Caracas. Visitamos “Anónimo”, el último estandarte de los delirios de la “normalización”, con sus comensales inocentes y sus cuatro salones atiborrados. Otro testimonio que prueba, en blanco sobre negro, como, en tiempos de crisis, mientras algunos bajan, otros saben subir.

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Hay un nuevo malestar cultural en los entresijos de la maltratada clase media profesional de las zonas urbanas del país: El de las paradojas de la dolarización de la economía. Estos curiosos contrapuntos que ofrecen bandejas de plenitud y prosperidad en un contexto nacional de quiebra, que suelen desconcertar a los periodistas extranjeros que están de paso, y que alimenta leyendas sobre propietarios emergentes y relaciones políticas.

La discutible premisa de la “normalización”, oxigenada con la llegada del dólar, se expresa en la masificación de los estrafalarios bodegones de la era “chavomadurista”, y produce, hoy, un claro sinsabor en la autoestima del activismo político. 

Hay gente que no se alegra, sino que se molesta, cuando, en un recorrido nocturno, pasa revista a los achicados focos de la oferta gastronómica y cultural de Caracas, en un país donde tanta gente ha emigrado y tantos otros han dejado de salir de noche. Problematizar el bienestar ajeno se ha convertido en una inevitable tendencia

“Las Mercedes, ese rincón de la ciudad que está vivo: Circulan carros, las calles están limpias y se escucha música”

Estar mal, se suele argumentar, no puede ser una condición estacional o una frase lanzada al voleo. Si el país está mal, no puede haber “lugares de moda”.  Todos estamos obligados, de alguna manera, a estar aunque sea “un poco” mal.

Las salidas nocturnas al cine, una cena despreocupada en familia, una cita de parejas, la nueva exposición de una galería. Sobre la rutina del entretenimiento, tan contestada en la Venezuela de este tiempo, está pendiendo en todo momento el relato de la boliburguesía. Si en los años ‘80 se especulaba afirmando que este o aquel hotel “lo compraron los Cisneros”, ahora el tic con la asignación de pertenencia tiene otros derroteros: “Eso es de un enchufado”.

La cocción de la nocturnidad

Algunas de las calles colaterales de la Urbanización Las Mercedes conservan bolsones donde se respira “sensación de normalización”. Locales con música, trabajadores aparcando carros y filas de personas perfumadas y elegantes esperando el ingreso. Es un hálito emocional tan relativo como el de la “sensación térmica” o la “sensación de inseguridad”.

Voy a verme con Adriana Nuñez Rabascall, colega y amiga, en “Anónimo”, un comentado y novísimo restaurante ubicado entre las calles París con Mucuchíes, protagonista de estos espejismos de prosperidad que envuelve el estigma culposo de la “normalización”. Vinimos a paladear, con la sensación de normalización como hipótesis, y el mandato de escribir este reporte, el “discreto encanto de la boliburgesía”.

Nos sentamos provisoriamente en la “zona de predespacho”, la barra de “Anónimo”, para conversar un poco sobre nuestra encomienda y describir el espacio lo más objetivamente posible. “Anónimo” está ubicado donde antes estaba “Madero”, la exclusiva franquicia argentina de restaurantes de carne.

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Afirmar que el ingreso a “Anónimo” es una experiencia sobrevenida o desagradable sería mentir sin escrúpulos. Nadie podrá afirmar que se trata de un lugar estrafalario o de modales recién adquiridos. Tiene cuatro salones –la barrael restauranteel lounge, y la discoteca en el piso de arriba-, todos los cuales se fueron llenando progresivamente, atendidos con mucho criterio y eficacia por la tropa de mesoneros y sommeliers a cargo. “Anónimo” cuenta además con un comentado “privado”, completamente hermético, en el que cualquier arrendatario puede citarse para dirimir temas peliagudos o urgentes sin ser visto por nadie.

La cocina de “Anónimo”, con su rígida disciplina, se muestra desnuda, sin intermediarios, en plenas gestiones, frente a las mesas del restaurante. El hombre orquesta de aquella trajinada gestión es su chefEduardo Moreno.   Todo está a la vista. Crepitan aceites, brillan fogones y salen platos maquillados para ser entregados a los meseros. Todo el mundo luce impoluto y uniformado. Un menú en el cual abundan variantes italianas, carnes, y se ofrecen, también, hamburguesas en su variante gourmet. La guarnición de vinos argentinos y chilenos luce bastante nutrida. En algunos rincones, procurando transmitir la idea de intimidad y resguardo, hay libros, títulos dedicados a la decoración o el arte en el Renacimiento. La música acompaña la velada, pero no la invade.

Es cierto que pudimos avistar mesas flanqueadas por escoltas, que eran convidados por sus patronos; sujetos de doble panza y zapatos sin medias acompañados de damas enfundadas en protuberantes licras; funcionarios oficiales saliendo de sus labores, todavía con su franela roja, e incluso damas larguiluchas, acicalándose en los baños, desproporcionadamente altas, de faldas cortas y vestidos colores pastel.

“Sobre la rutina del entretenimiento, tan contestada en la Venezuela de este tiempo, está pendiendo en todo momento el relato de la boliburguesía”

Pero, en honor a la verdad, la fauna promedio de “Anónimo” estaba integrada por sobrevivientes de la clase media alta de Caracas en su formato clásico, pensando, como en cualquier otra parte, en gastarse su plata soberanamente.  Algunos se presentaban con sus botellas para el descorche. Era el Ron Premium, con sus variantes de Santa Teresa, y no el tradicional whisky, la estrella de la zona festiva del local. Mesas con familiasparejas, grupos de amigos, personas que se citan para comer. Elegantes, pero nunca formales, casi todos muy blancos de piel, metidos en su mundo, ajenos a la polémica, fastidiados de la política, renuentes a las etiquetas.

Un cruce fortuito con Pedro Mezquita, conocido periodista especializado, nos permitió cerciorarnos de aquello que en principio fue una impresión general: A las cavernas de “Anónimo” habían ido a consumir aquel día un contingente apreciable de personas con apellido, conocidos “de toda la vida”.

La normalidad, un instinto

Pediremos pimientos rellenosnachos de atún y unos incomprensibles “donuts” de chistorra con dos botellas de vino de mediano calibre: AlamosReserva Malbec, y Hugo CasanovaMerlot. De plato principal compartimos los tres unos Cappellacci alla Norma exquisitos, pero diminutos e insuficientes. Un sommelier muy educado orientará verbalmente a los interesados sobre aquello que le vendría bien escoger para beber. La carta no viene acompañada con los precios. La caja registradora de aquella noche vio ir y venir cualquier cantidad de transacción en dólares. Aquella tremendura con entradas y vino tocó los 141 dólares. Todas las mesas a la vista sobrepasaban en platos hasta dos y tres veces el volumen de comidas y bebidas de la nuestra.

Disueltos en la experiencia, sin pedir nada particularmente extravagante, la conversa que sostuvimos giró en torno a los mismos derroteros: ¿Cómo es posible que exista todavía en el país gente con dinero para sufragarse estas experiencias? La contracción que experimenta la economía venezolana tiene hitos históricos. Venezuela no produce hoy ni la mitad del petróleo que tradicionalmente producía. Ha reducido su Producto Interno Bruto a las dimensiones de naciones mucho más pequeños, como Guatemala o República Dominicana. Pero, en una nación que parece que siempre ha dado para todo, todavía encuentra uno gente dispuesta a pagar las cosas independientemente de lo que cuesten, aunque puedan costar más que en Berlín o Montreal, decididas a vivir la experiencia del sitio de moda y calzar la histórica del patrón de consumo dispendioso del venezolano contemporáneo.

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Pudimos avistar aquella noche al pelotero Jesús Guzmán; a algunas chicas Polar; al propio Mezquita, y al periodista Alberto Camardiel, cada uno en lo suyo, metido en su propia cotidianidad. Desgajados en sus asuntos, atendiendo sus compromisos, disueltos ante lo que terminó resultando una muchedumbre en un espacio que los jueves y los viernes está cerrando a las 3 de la madrugada.

El deseo de buscar normalidad, -de, al menos, procurar simularla- forma parte de un instinto que viene con la propia condición humana. Lo hacemos con nuestras vidas en momentos personales duros. Lo recuerda Jon Lee Anderson en sus crónicas sobre Bagdad, previas a la invasión a Irak. Lo comenta con elocuencia Juan Goytisolo en sus “Cuadernos de Sarajevo”. Si el país -que Dios nos ampare- entrara en zona de guerra, si la destrucción dejara de ser una metáfora para convertirse en una realidad artillada, es probable que sigan existiendo restaurantes parecidos a “Anónimo”, ofreciendo su menú a agregados militares y soldados.

Los anónimos de “Anónimo”

“Anónimo” es propiedad de Camilo Ibrahim, un empresario de origen libanés que es parte de una familia que ha podido expandir sus negocios e intereses en el medio del contexto actual, que obtuvo mucho oxígeno en tiempos del control cambiario, y que en este momento administra las licencias del grupo Inditex en Venezuela -las tiendas ZaraBershkaPull & Bear y Mango-.

El grupo, que también lo lleva adelante su hermano Julio, tiene la propiedad de la aerolínea Plus Ultra y la cadena Páramo -presente como marca en todos los rincones del restaurant. Acumula un largo kilometraje de experiencia en la administración de negocios de comida, comenzando por muchas de las concesiones actuales de los terminales del Aeropuerto Internacional de Maiquetía.  

“Anónimo”, el espejismo hecho experimento - Alonso Moleiro

Los reportes dan cuenta de que es la segunda generación de esta familia, los sobrinos de Camilo, quienes están a cargo de la operación cotidiana de “Anónimo”. El desembarco de este grupo en la zona de los restaurantes del este se ha convertido en la noticia más relevante de la comidilla gastronómica local. “Los Ibrahim”, que han ejecutado sus operaciones con eficacia, tienen músculorelacionesámbito. Son empresarios que operan con una fuente de poder. Han incorporado a sus filas a Aniello Merola, quien fue chef ejecutivo de Lola, y extendieron ofertas a cocineros y jefes de cocina de otros locales de éxito, como La Casa Bistró.

Comenta una fuente calificada que ha pedido no identificarse: “En el negocio de restaurantes es común, es cíclico, que un nuevo proyecto procure llevarse personal calificado; “robarse” talentos de otros restaurantes con una proposición económica muy buena. En este momento, esa ola la protagoniza ‘Anónimo’”.

Cubertería dorada -aunque no de oro-; un entorno elegante, relativamente informal; cuentas basculando tranquilamente los 300 dólares. El exquisito diseño de “Anónimo” fue ejecutado por Sigrid Jelambi. En su cuenta de Instagram, la artista comenta que los colores predominantes del gastrobar “provienen de la pátina natural que se forma cuando el cobre, el latón o el bronce se desgastan y se exponen al aire o al agua de mar con el tiempo”.

“La carta de ‘Anónimo’ no viene acompañada con los precios. La caja registradora de aquella noche vio ir y venir cualquier cantidad de transacción en dólares”

“Tienen mucho dinero. No los conozco, pero no podría decir que son unos recién llegados, porque es un grupo que tiene tiempo en el negocio de la comida”, señala una empresario del achicado universo de la restauración del este de Caracas, cuando se refiere a los Ibrahim. “Me llama la atención sus ofertas salariales, el excedente del cual disponen. Ese local ha contratado a gente muy buena en poco tiempo. Llevar adelante un restaurante de calidad en Caracas es esfuerzo titánico, y al final del año, si es que los tienes, vas a contar con muy poco dinero excedente”.

El vibratum de la medianoche

Achispados ya con el vino y la no muy abundante comida, Adriana y yo decidimos retirarnos ya casi al filo de la medianoche. Como sucedía en los momentos de esplendor de Caracas, de pronto parecía aumentar el flujo de personas: Muchachos solteros buscando fiestaadultos para una citaamigos coaligados en procura de un espacio para compartir. Algunos simplemente se anuncian con su nombre en el libro de reservas. Mientras algunos bajan, otros suben. Mientras algunos, como nosotros, se retiraban, otros apenas ingresaban. ¿En qué país estamos? El portero nos comentó que muchas personas del cuerpo diplomático visitan el lugar.

Adriana parte primero. Mientras entran y salen automóviles. Una alineación de puntos automáticos se ofrecía por los parqueros a los propietarios de cada carro para dar una propina. En Venezuela no existen los billetes. Por supuesto, todo el mundo acepta, sugiere, promueve y desea un pago en dólares. Afuera, la ciudad, o ese rincón de la ciudad, está vivo: Circulan carros, las calles están limpias y se escucha música.

“Cubertería dorada, un entorno elegante, relativamente informal, y las cuentas basculando tranquilamente los 300 dólares”

Ya en el carro, de salida, puedo advertir que más personas vienen llegando. Los parqueros deben estar en su hora pico. “Anónimo” encontró su clímax a la medianoche. Al girar a la izquierda, camino a la Avenida Río de Janeiro, me encuentro, de nuevo, luego de mucho tiempo, con La Quinta Bar, otro local juvenil de la década pasada que suponía había cerrado: Para mi asombro, estaba totalmente repleto de gente, con una larga cola de parejas cercanas a los 30 años esperando para ingresar.

Sentí que podía volver a la casa de mis padres en La Campiña, como lo hice tantas veces antes de casarme, como si fuera 1995 y el presidente de la República fuera Rafael Caldera. Soltero y sin hijos, con 24 años, esperando para relatarle a mi hermano, que de seguro estaría llegando de otra fiesta, una de los muchas aventuras nocturnas de aquella ciudad. Pero no. Iba en realidad a la mía, no con 24 años, sino con 48, pensando en que esa noche no dormí a mi hija y, sorprendido, casi escandalizado, de que todavía existan en esta ciudad algunos locales que reciban tantas personas en la madrugada.

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