La Princesa que nunca lo fue

publicado el 28/12/16 por Ana Forero en También Sucede

Voy con mis hijos al cine, ya todos ellos adultos. Vemos Rogue One, la última de esa extraña “saga” de Star Wars. La misma que empezó por el capítulo 4 y solo décadas después se presentaron los tres primeros, aunque la última “novedad” fue el capítulo 7. Pero recién ahora se estrena ésta según un episodio “no registrado” que ocurrió poco antes del comienzo del capítulo 4. O sea, necesario un mapa para saber dónde estamos, o al menos un listado que sugiera algún orden a seguir, tal como, con no poco humor, hizo Cortázar al comienzo de Rayuela.

Mis hijos regresan a la adolescencia; más aún, creo que a la propia infancia. Discuten sin pausa y con vehemencia si resultó buena o no la película. Hablan con la erudición que les viene desde muy pequeños, y eso que cuando arrancó la saga en 1977 no había nacido ninguno de ellos. Es como discutir entre cual película es mejor o peor entre las de James Bond. Si te gusta una quizá te podrían gustar todas. En fin, una discusión estéril pero simpática y sabrosa, como las que se dan cuando los adultos vuelven a ser niños.

Yo disfruté la película tanto como disfruté la disquisición posterior, aunque confieso que, como suele ocurrirme con las historias de esta saga, apenas entendí la mitad.

Pero no escribo esto porque quiera hablar de Rogue One, tampoco de Star Wars. En realidad me trae a estas teclas Carrie Fisher, la Princesa Leia, la hija opacada de la luminosa y apabullante Debbie Reynolds y el adúltero y disminuido Eddie Fisher, la que tuvo a Elizabeth Taylor por singular madrastra y a Paul Simon como breve marido. A finales de los 80, Carrie escribió un texto autobiográfico, “Postcards from The Edge”. Allí, una actriz de mucha fama es madre de otra de escaso reconocimiento. La primera no deja de abrumar a la segunda. El odio se convierte en humor. La rivalidad es una constante, y no porque la hija quiera superar a la madre, sino porque ésta no deja que su criatura sobresalga o meramente respire. Es el egoísmo llevado a su máxima expresión: solo yo brillo, nadie más, ni siquiera tú.

En 1990, con el guión de la propia Carrie, Mike Nichols llevó el libro al cine con nada menos que Shirley Mclain en el papel de la madre dominante y Merryl Streep en el de la hija sufrida que solo va de fracaso en fracaso. Todo un acierto para los cuatro, en especial para Carrie que bien pudo ver en la pantalla una deliciosa venganza.

Después siguió escribiendo, con éxito irregular, accidentado. Por lo visto, su mejor personaje era solo ella: sus desgracias y penurias resultaban insuperables en la ficción. Su autobiografía la tituló Wishfull Drinking y, cuando hizo alusión a su fuerte adicción a la cocaína, durante las filmaciones de Star Wars, recordó que hasta John Belushi le comentó que “tenía un problema”.

El infarto le sobrevino volando de Londres a Los Ángeles, estaba promocionando un nuevo libro, “La Princesa Diarista”, un título quizá exacto, mientras Rogue One seguía dibujando la nerviosa e impredecible línea de vida de la saga. Viendo la película solo yo pensé en Carrie, la Princesa. Mis hijos batallaban en otras galaxias. Un guiño inesperado desde su lozanía fue el detonante.



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Mis hijos regresan a la adolescencia; más aún, creo que a la propia infancia. Discuten sin pausa y con vehemencia si resultó buena o no la película. Hablan con la erudición que les viene desde muy pequeños, y eso que cuando arrancó la saga en 1977 no había nacido ninguno de ellos. Es como discutir entre cual película es mejor o peor entre las de James Bond. Si te gusta una quizá te podrían gustar todas. En fin, una discusión estéril pero simpática y sabrosa, como las que se dan cuando los adultos vuelven a ser niños.

Yo disfruté la película tanto como disfruté la disquisición posterior, aunque confieso que, como suele ocurrirme con las historias de esta saga, apenas entendí la mitad.

Pero no escribo esto porque quiera hablar de Rogue One, tampoco de Star Wars. En realidad me trae a estas teclas Carrie Fisher, la Princesa Leia, la hija opacada de la luminosa y apabullante Debbie Reynolds y el adúltero y disminuido Eddie Fisher, la que tuvo a Elizabeth Taylor por singular madrastra y a Paul Simon como breve marido. A finales de los 80, Carrie escribió un texto autobiográfico, “Postcards from The Edge”. Allí, una actriz de mucha fama es madre de otra de escaso reconocimiento. La primera no deja de abrumar a la segunda. El odio se convierte en humor. La rivalidad es una constante, y no porque la hija quiera superar a la madre, sino porque ésta no deja que su criatura sobresalga o meramente respire. Es el egoísmo llevado a su máxima expresión: solo yo brillo, nadie más, ni siquiera tú.

En 1990, con el guión de la propia Carrie, Mike Nichols llevó el libro al cine con nada menos que Shirley Mclain en el papel de la madre dominante y Merryl Streep en el de la hija sufrida que solo va de fracaso en fracaso. Todo un acierto para los cuatro, en especial para Carrie que bien pudo ver en la pantalla una deliciosa venganza.

Después siguió escribiendo, con éxito irregular, accidentado. Por lo visto, su mejor personaje era solo ella: sus desgracias y penurias resultaban insuperables en la ficción. Su autobiografía la tituló Wishfull Drinking y, cuando hizo alusión a su fuerte adicción a la cocaína, durante las filmaciones de Star Wars, recordó que hasta John Belushi le comentó que “tenía un problema”.

El infarto le sobrevino volando de Londres a Los Ángeles, estaba promocionando un nuevo libro, “La Princesa Diarista”, un título quizá exacto, mientras Rogue One seguía dibujando la nerviosa e impredecible línea de vida de la saga. Viendo la película solo yo pensé en Carrie, la Princesa. Mis hijos batallaban en otras galaxias. Un guiño inesperado desde su lozanía fue el detonante.
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