General, póngase los pantalones

publicado el 7/05/17 por Ana Forero en Editoriales Etiquetas:,

En medicina hemos retrocedido 30 o 40 años. La cifra no puede ser exagerada si la reiteran, casi de manera unánime, médicos de todas las disciplinas. No hay medicinas, no hay insumos. Cada vez les cuesta más curar y salvar. Las técnicas modernas son impracticables, hay que volver a las del pasado.

Pero no en todo hemos retrocedido. En materia de represión, por ejemplo, estamos a la vanguardia. Nuestra valiente Guardia Nacional Bolivariana utiliza modernas tanquetas y ballenas de último modelo. Y, ahora, para alardear aún más, sacan a relucir lo último en la materia: unas paredes instantáneas, suerte de rejas móviles, que colocan rápidamente a lo ancho de las calles o autopistas para mantener a raya a los manifestantes.

Ayer, en la manifestación de las mujeres, una de las marchantes se quitó sus pantalones blancos y los lanzó por encima de la pared de metal a los guardias que estaban al otro lado. Cubría su rostro con una máscara como de carnaval veneciano. Pero, a pesar de esta y de la fría distancia que impone el video, se le sentían la vehemencia y la rabia, la contundencia en su decisión. En pantaletas volvió a calzar sus zapatos de goma y desapareció entre la multitud. El teléfono que grababa buscó entonces entre los pequeños agujeros de la moderna reja. Al otro lado se veían los guardias, cubiertos con cascos y escudos, y en sus manos las potentes armas de la represión. Como si la reja no fuera suficiente para protegerlos.

Dice mucho que una mujer le lance los pantalones a un hombre. Dice un mundo su valiente desnudez. Él hombre uniformado, escondido tras la reja, por el contrario no puede ocultar su cobardía, por más de los cascos, los escudos y todas sus modernas armas y tanquetas.

Pero, entiéndase bien, la cobardía no es la del guardia anónimo. La cobardía es de quien lo manda, la del general tembloroso tras el escritorio que, seguramente aún en ese ambiente protegido, también se cubre con casco y chaleco antibalas.

Benavides es el actual Comandante de la Guardia Nacional Bolivariana. Pero antes lo fue Néstor Reverol, quien ahora ejerce como Ministro del Interior, Justicia y Paz. El también general, entre los primeros sancionados por el Departamento del Tesoro de los EEUU, era uno de los destinatarios de las inmensas manifestaciones de ayer. Pero el General, como bien lo reseña El Nacional en su edición de hoy domingo 7 de mayo, no le dio la cara a las mujeres. Se les escondió.

Es el mismo General que ha tratado de atenuar (si tal verbo es posible en medio de semejante barbaridad criminal) los asesinatos de los jóvenes Pernalete y Cañizales, aduciendo que el primero no murió por el impacto de una lacrimógena disparada a quemarropa, sino por la bala de una “pistola de perno”; y que el segundo murió por una “rolinera” disparada seguramente por sus propios compañeros. Tales argumentos, tales trampas, son tan criminales como los asesinatos en sí. Evidencian vileza, evidencian cobardía.

¿Cuánto tiempo cree el General que podrá permanecer en el poder? ¿Cree que esa moderna pared de metal lo podrá resguardar por siempre? No se confíe, General, que una mujer desnuda y valiente lo perseguirá con todo un pueblo hasta el último tribunal de la tierra. Póngase los pantalones.



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Pero no en todo hemos retrocedido. En materia de represión, por ejemplo, estamos a la vanguardia. Nuestra valiente Guardia Nacional Bolivariana utiliza modernas tanquetas y ballenas de último modelo. Y, ahora, para alardear aún más, sacan a relucir lo último en la materia: unas paredes instantáneas, suerte de rejas móviles, que colocan rápidamente a lo ancho de las calles o autopistas para mantener a raya a los manifestantes.

Ayer, en la manifestación de las mujeres, una de las marchantes se quitó sus pantalones blancos y los lanzó por encima de la pared de metal a los guardias que estaban al otro lado. Cubría su rostro con una máscara como de carnaval veneciano. Pero, a pesar de esta y de la fría distancia que impone el video, se le sentían la vehemencia y la rabia, la contundencia en su decisión. En pantaletas volvió a calzar sus zapatos de goma y desapareció entre la multitud. El teléfono que grababa buscó entonces entre los pequeños agujeros de la moderna reja. Al otro lado se veían los guardias, cubiertos con cascos y escudos, y en sus manos las potentes armas de la represión. Como si la reja no fuera suficiente para protegerlos.

Dice mucho que una mujer le lance los pantalones a un hombre. Dice un mundo su valiente desnudez. Él hombre uniformado, escondido tras la reja, por el contrario no puede ocultar su cobardía, por más de los cascos, los escudos y todas sus modernas armas y tanquetas.

Pero, entiéndase bien, la cobardía no es la del guardia anónimo. La cobardía es de quien lo manda, la del general tembloroso tras el escritorio que, seguramente aún en ese ambiente protegido, también se cubre con casco y chaleco antibalas.

Benavides es el actual Comandante de la Guardia Nacional Bolivariana. Pero antes lo fue Néstor Reverol, quien ahora ejerce como Ministro del Interior, Justicia y Paz. El también general, entre los primeros sancionados por el Departamento del Tesoro de los EEUU, era uno de los destinatarios de las inmensas manifestaciones de ayer. Pero el General, como bien lo reseña El Nacional en su edición de hoy domingo 7 de mayo, no le dio la cara a las mujeres. Se les escondió.

Es el mismo General que ha tratado de atenuar (si tal verbo es posible en medio de semejante barbaridad criminal) los asesinatos de los jóvenes Pernalete y Cañizales, aduciendo que el primero no murió por el impacto de una lacrimógena disparada a quemarropa, sino por la bala de una “pistola de perno”; y que el segundo murió por una “rolinera” disparada seguramente por sus propios compañeros. Tales argumentos, tales trampas, son tan criminales como los asesinatos en sí. Evidencian vileza, evidencian cobardía.

¿Cuánto tiempo cree el General que podrá permanecer en el poder? ¿Cree que esa moderna pared de metal lo podrá resguardar por siempre? No se confíe, General, que una mujer desnuda y valiente lo perseguirá con todo un pueblo hasta el último tribunal de la tierra. Póngase los pantalones.
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