La guerra y la fanfarronada: ¿de verdad nos vamos a matar los unos a los otros?

publicado el 9/05/17 por Ana Forero en Editoriales Etiquetas:, , ,

Pedro Carreño, un diputado que se ha caracterizado no precisamente por su mesura a la hora de hablar, declaró ayer en el canal 8 que el Psuv armaría a sus militantes. Dada su formación militar, explicó detalladamente cómo las UBCH se convertirían en pelotones, los pelotones en batallones, los batallones en compañías, en fin. Todos –y evidentemente allí quería poner el acento- terminarían armados. Armados hasta los dientes. Y precisaba el diputado militar que esto era para enfrentar una eventual invasión del Imperio. Hasta llegó a advertir que si Estados Unidos había sido derrotado en Vietnam, pues esta derrota sería mucho peor.

Dudo que ante semejante perorata tiemble el Comando Sur y mucho menos el Pentágono. Pero, estemos claros, ellos, por más de que lo enuncie Carreño, no son los verdaderos destinatarios de su amenaza. Sus palabrotas solo van dirigidas a amedrentar, a inyectar miedo en los venezolanos que en estos días no cesan de manifestar en las calles.

¿Mas si Carreño no asusta a los militares gringos, asusta a los civiles venezolanos? La respuesta, estoy seguro, es negativa en ambos casos.

Todos en Venezuela sabemos que la característica más resaltante del diputado Carreño -ahora convertido en aguzado estratega militar, el Sun Tzu del trópico moderno- es la fanfarronería, y, en este caso, ha vuelto por sus fueros a todo volúmen y sin bridas. No tiene mucho asidero en la realidad esto de armar a todos los militantes del Psuv. La idea va en consonancia con aquellos 500 mil fusiles que Maduro le daría a la Milicia que, así, crecería tanto que sería más grande que nuestras Fuerzas Armadas regulares. Carreño ahora, como Maduro en aquella oportunidad, lo único que pretende es asustar al pueblo que, vehemente y firme, no se amilana ante la represión salvaje e “inhumana” del régimen, tal y como la califico la Conferencia Episcopal.

Pero más allá de las fanfarronadas, ¿qué implican estas amenazas? Maduro no asustó con sus 500 mil milicianos armados. Pretende lograrlo ahora con los militantes del Psuv que, según la nómina de los empleados públicos, son muchos más que los otros. ¿Pero son todos los empleados públicos verdaderos y fieles militantes del chavismo y la revolución? Me temo que no. Maduro, una cosa es ponerse una franela roja en el trabajo, subir a un autobús, gritar una consigna sin convicción en una avenida, recibir un estipendio, un sánduchito y una cerveza, y otra caerse a plomo en una esquina por una causa perdida. No confunda las trenzas cuando se amarre los zapatos.

Y lo más importante: ¿la Fuerza Armada Nacional Bolivariana va a ceder así, tan fácilmente, el monopolio de la violencia? ¿Va a permitir que el régimen arme a unos venezolanos para que se enfrenten y acribillen a otros venezolanos desarmados? ¿Va a darle rienda suelta a ese delirio criminal de los altos personeros del régimen: la guerra entre civiles hermanos? ¿Y si algo falla en el cálculo, en esa aritmética infernal? ¿Y si la guerra no es entre civiles sino entre militares venezolanos? Porque -todo hay que decirlo porque de todo se oye y de todo se lee- se habla de que la Fuerza Armada no está perfectamente cohesionada ante el desquiciamiento del regimen.

Confiemos, entonces, en que Carreño una vez más quede como el fanfarrón, el fastidioso fantoche de la decadencia política venezolana. Ya tenemos suficiente violencia en las calles, ya son demasiados los muertos, los heridos. ¿O es que necesita más sangre el régimen?



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Dudo que ante semejante perorata tiemble el Comando Sur y mucho menos el Pentágono. Pero, estemos claros, ellos, por más de que lo enuncie Carreño, no son los verdaderos destinatarios de su amenaza. Sus palabrotas solo van dirigidas a amedrentar, a inyectar miedo en los venezolanos que en estos días no cesan de manifestar en las calles.

¿Mas si Carreño no asusta a los militares gringos, asusta a los civiles venezolanos? La respuesta, estoy seguro, es negativa en ambos casos.

Todos en Venezuela sabemos que la característica más resaltante del diputado Carreño -ahora convertido en aguzado estratega militar, el Sun Tzu del trópico moderno- es la fanfarronería, y, en este caso, ha vuelto por sus fueros a todo volúmen y sin bridas. No tiene mucho asidero en la realidad esto de armar a todos los militantes del Psuv. La idea va en consonancia con aquellos 500 mil fusiles que Maduro le daría a la Milicia que, así, crecería tanto que sería más grande que nuestras Fuerzas Armadas regulares. Carreño ahora, como Maduro en aquella oportunidad, lo único que pretende es asustar al pueblo que, vehemente y firme, no se amilana ante la represión salvaje e “inhumana” del régimen, tal y como la califico la Conferencia Episcopal.

Pero más allá de las fanfarronadas, ¿qué implican estas amenazas? Maduro no asustó con sus 500 mil milicianos armados. Pretende lograrlo ahora con los militantes del Psuv que, según la nómina de los empleados públicos, son muchos más que los otros. ¿Pero son todos los empleados públicos verdaderos y fieles militantes del chavismo y la revolución? Me temo que no. Maduro, una cosa es ponerse una franela roja en el trabajo, subir a un autobús, gritar una consigna sin convicción en una avenida, recibir un estipendio, un sánduchito y una cerveza, y otra caerse a plomo en una esquina por una causa perdida. No confunda las trenzas cuando se amarre los zapatos.

Y lo más importante: ¿la Fuerza Armada Nacional Bolivariana va a ceder así, tan fácilmente, el monopolio de la violencia? ¿Va a permitir que el régimen arme a unos venezolanos para que se enfrenten y acribillen a otros venezolanos desarmados? ¿Va a darle rienda suelta a ese delirio criminal de los altos personeros del régimen: la guerra entre civiles hermanos? ¿Y si algo falla en el cálculo, en esa aritmética infernal? ¿Y si la guerra no es entre civiles sino entre militares venezolanos? Porque -todo hay que decirlo porque de todo se oye y de todo se lee- se habla de que la Fuerza Armada no está perfectamente cohesionada ante el desquiciamiento del regimen.

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