Béisbol para Catalanes # 1

publicado el 25/03/12 por Laura Rodriguez en El espacio de mis amigos

Ibsen Martínez

  Pelota caribe, ese juego esquinado y garboso a la vez, tan del gusto de los peloteros cubanos, puertorros, quisqueyanos o venezolanos, jugado siempre sobre la cornisa de las reglas

  The crowd is laughing in detail / permanently   seriously / without thought.

            (William Carlos Williams, At the ball game.)

  “Vistas de lejos, las reglas del béisbol parecen excepciones”.

  Esto escuché decir al primo Efraín en mi primer día en un estadio de béisbol profesional.  Mi primer día como fanático, claro está.

  Fue durante la temporada invernal de 1961-62, y lo sé bien porque aquel partido dominical lo disputaron en el Estadio Universitario de Caracas mis “Leones del Caracas”  y los desaparecidos “Licoreros del Pampero”. Leo Posada y Mateo Alou habían venido como jugadores “importados” para el Pampero; César Tovar y Vic Davalillo eran ya mis ídolos aborígenes.

  Tengo otro motivo para recordar con precisión la fecha de mi primera temporada como visitante asiduo de un gran parque de pelota: aquel año no hubo Serie del Caribe porque la década comenzó para Cuba con la abolición “revolucionaria” de su béisbol profesional.   1962 fue también el año en que la serie mundial de las Grandes Ligas se enlazó con la “crisis de octubre”, célebre avatar hemisférico de la Guerra Fría que puso en boga el cliché periodístico “isla erizada de misiles”.

  Jugar una serie que reuniese a los mejores equipos profesionales de la Cuenca del Caribe fue una idea venezolana muy semejante a la de la Opep, esa otra idea nuestra de la que Arabia Saudita y los emiratos del Golfo Pérsico han sabido sacar más provecho que nosotros mismos: al finalizar la temporada “invernal” de 1959-60, Cuba había ganado ya siete de las doce ediciones de la competencia, Puerto Rico cuatro, Panamá  una y Venezuela … ninguna.

  Aquel año todo  en torno a mí se concertó para recordarme que soy, antes que cualquier otra cosa, caribeño, valga esto lo que pudiere valer. En especial la llamada pelota caribe, ese  juego esquinado y garboso a la vez, tan del gusto de los peloteros cubanos, puertorros, quisqueyanos o venezolanos, jugado siempre sobre la cornisa de las reglas y que aprendí a apreciar aquel año inolvidable. Con lo que llego al título de esta bagatela.

  En Cataluña se juega  béisbol profesional. Lo hacen muy atenidos al libro de  reglas, sin demasiadas excentricidades à la venzuelienne,  pero me consta  que el nivel de juego es óptimo, comparable al japonés o al coreano, que ya es mucho decir. ¿Por qué, pues, apostrofar a los catalanes como los proverbiales dummies en punto a béisbol?

   A chacun sa madeleine: porque fue en Barcelona, hace unos años, durante una cena bien rociada y mejor “conversada” en Sagardi, donde mi amiga Ana Nuño me instó a tratar de hacer inteligible a un extranjero ― nos figurábamos un europeo sinceramente interesado en las cosas de nuestra América ― la noción de que el béisbol, entre nosotros, no ha sido una imposición imperial gringa ni un zalamero esnobismo “pitiyanqui” de la “élite blanca”, como querría el izquierdoso departamento de “estudios multiculturales” de más de una universidad estadounidense,  sino una ya más que centenaria partícula cultural, sumamente definitoria de un puñado de naciones hispanoamericanas que apenas ― apenas, insisto― hemos cumplido doscientos años de edad.

  No se me ocurre mejor comienzo para ello que una cita de José Lezama Lima, el poeta autor de un libro capital, “La expresión americana”, y a quien pocos  tendrían por fanático de la pelota. Entre finales de  septiembre de1949 y el Carnaval del 50, sin apartarse de su característico estilo erudito y  críptico,  Lezama Lima escribió: “Finjamos  con la ayuda de la lámpara maravillosa y el mago de Santiago, que han pasado cuatro siglos, y que los que entonces sean los caballeros del relato y del cronicón se vean  obligados a reconstruir un juego de pelota.  Supongamos un informe de los Mommsen de entonces remitido a la Academia de Ciencias Históricas de Berlín, sobre la suerte de la esfera voladora: ‘Hay nueve hombres en acecho de la bola de cristal irrompible que vuela por un cuadrado verderol.[…] Esa pequeña esfera representa la unión del mundo griego con el cristiano, la esfera aristotélica y la esfera que se ve en muchos cuadros de pintores bizantinos en las manos del Niño Divino.  Los nueve hombres en acecho, después de saborear una droga de Coculcán, unirán sus destinos a la caída y ruptura de la esfera simbólica. Un hombre, provisto de un gran bastón intenta golpear la esfera, pero con la enemiga de los nueve caballeros, vigilantes de la suerte y navegación de la bolilla. Jueces severísimos se  reúnen, dictaminan, y se ve después silencioso, a uno de aquellos caballeros defensores, abandonar el jardín de los combates. La esfera de cristal, en manos de uno de aquellos guerreros, tiene fuerza suma para si se toca con ella el ajeno cuerpo, cincuenta mil hombres de asistencia prorrumpan en gruñidos de alegría o rechazo. Si la esfera de cristal se pierde más allá de los jardines, el caballero de gris con grandes listones verdes, a pasos lentos sigue su  marcha, como si tuviese la recompensa de un camino suyo e infinito.’”

  ¿Pensaba Lezama en las trampas de arena, las descaminadoras falsas trochas de la historiografía ? ¿Anticipaba zumbonamente que cualquier historia del béisbol entre nosotros es , fatalmente, “historia cultural”? ¿ O más simplemente, igual que mi primo, pensaba en esas reglas del béisbol, tan intrincadas que, vistas de lejos, siempre parecen excepciones?



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Ibsen Martínez

  Pelota caribe, ese juego esquinado y garboso a la vez, tan del gusto de los peloteros cubanos, puertorros, quisqueyanos o venezolanos, jugado siempre sobre la cornisa de las reglas

  The crowd is laughing in detail / permanently   seriously / without thought.

            (William Carlos Williams, At the ball game.)

  “Vistas de lejos, las reglas del béisbol parecen excepciones”.

  Esto escuché decir al primo Efraín en mi primer día en un estadio de béisbol profesional.  Mi primer día como fanático, claro está.

  Fue durante la temporada invernal de 1961-62, y lo sé bien porque aquel partido dominical lo disputaron en el Estadio Universitario de Caracas mis “Leones del Caracas”  y los desaparecidos “Licoreros del Pampero”. Leo Posada y Mateo Alou habían venido como jugadores “importados” para el Pampero; César Tovar y Vic Davalillo eran ya mis ídolos aborígenes.

  Tengo otro motivo para recordar con precisión la fecha de mi primera temporada como visitante asiduo de un gran parque de pelota: aquel año no hubo Serie del Caribe porque la década comenzó para Cuba con la abolición “revolucionaria” de su béisbol profesional.   1962 fue también el año en que la serie mundial de las Grandes Ligas se enlazó con la “crisis de octubre”, célebre avatar hemisférico de la Guerra Fría que puso en boga el cliché periodístico “isla erizada de misiles”.

  Jugar una serie que reuniese a los mejores equipos profesionales de la Cuenca del Caribe fue una idea venezolana muy semejante a la de la Opep, esa otra idea nuestra de la que Arabia Saudita y los emiratos del Golfo Pérsico han sabido sacar más provecho que nosotros mismos: al finalizar la temporada “invernal” de 1959-60, Cuba había ganado ya siete de las doce ediciones de la competencia, Puerto Rico cuatro, Panamá  una y Venezuela … ninguna.

  Aquel año todo  en torno a mí se concertó para recordarme que soy, antes que cualquier otra cosa, caribeño, valga esto lo que pudiere valer. En especial la llamada pelota caribe, ese  juego esquinado y garboso a la vez, tan del gusto de los peloteros cubanos, puertorros, quisqueyanos o venezolanos, jugado siempre sobre la cornisa de las reglas y que aprendí a apreciar aquel año inolvidable. Con lo que llego al título de esta bagatela.

  En Cataluña se juega  béisbol profesional. Lo hacen muy atenidos al libro de  reglas, sin demasiadas excentricidades à la venzuelienne,  pero me consta  que el nivel de juego es óptimo, comparable al japonés o al coreano, que ya es mucho decir. ¿Por qué, pues, apostrofar a los catalanes como los proverbiales dummies en punto a béisbol?

   A chacun sa madeleine: porque fue en Barcelona, hace unos años, durante una cena bien rociada y mejor “conversada” en Sagardi, donde mi amiga Ana Nuño me instó a tratar de hacer inteligible a un extranjero ― nos figurábamos un europeo sinceramente interesado en las cosas de nuestra América ― la noción de que el béisbol, entre nosotros, no ha sido una imposición imperial gringa ni un zalamero esnobismo “pitiyanqui” de la “élite blanca”, como querría el izquierdoso departamento de “estudios multiculturales” de más de una universidad estadounidense,  sino una ya más que centenaria partícula cultural, sumamente definitoria de un puñado de naciones hispanoamericanas que apenas ― apenas, insisto― hemos cumplido doscientos años de edad.

  No se me ocurre mejor comienzo para ello que una cita de José Lezama Lima, el poeta autor de un libro capital, “La expresión americana”, y a quien pocos  tendrían por fanático de la pelota. Entre finales de  septiembre de1949 y el Carnaval del 50, sin apartarse de su característico estilo erudito y  críptico,  Lezama Lima escribió: “Finjamos  con la ayuda de la lámpara maravillosa y el mago de Santiago, que han pasado cuatro siglos, y que los que entonces sean los caballeros del relato y del cronicón se vean  obligados a reconstruir un juego de pelota.  Supongamos un informe de los Mommsen de entonces remitido a la Academia de Ciencias Históricas de Berlín, sobre la suerte de la esfera voladora: ‘Hay nueve hombres en acecho de la bola de cristal irrompible que vuela por un cuadrado verderol.[…] Esa pequeña esfera representa la unión del mundo griego con el cristiano, la esfera aristotélica y la esfera que se ve en muchos cuadros de pintores bizantinos en las manos del Niño Divino.  Los nueve hombres en acecho, después de saborear una droga de Coculcán, unirán sus destinos a la caída y ruptura de la esfera simbólica. Un hombre, provisto de un gran bastón intenta golpear la esfera, pero con la enemiga de los nueve caballeros, vigilantes de la suerte y navegación de la bolilla. Jueces severísimos se  reúnen, dictaminan, y se ve después silencioso, a uno de aquellos caballeros defensores, abandonar el jardín de los combates. La esfera de cristal, en manos de uno de aquellos guerreros, tiene fuerza suma para si se toca con ella el ajeno cuerpo, cincuenta mil hombres de asistencia prorrumpan en gruñidos de alegría o rechazo. Si la esfera de cristal se pierde más allá de los jardines, el caballero de gris con grandes listones verdes, a pasos lentos sigue su  marcha, como si tuviese la recompensa de un camino suyo e infinito.’”

  ¿Pensaba Lezama en las trampas de arena, las descaminadoras falsas trochas de la historiografía ? ¿Anticipaba zumbonamente que cualquier historia del béisbol entre nosotros es , fatalmente, “historia cultural”? ¿ O más simplemente, igual que mi primo, pensaba en esas reglas del béisbol, tan intrincadas que, vistas de lejos, siempre parecen excepciones?

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2 Responses to “Béisbol para Catalanes # 1”


Milagros Azancot Granado
25 marzo, 2012 Responder

Muy bueno!

Doc Pulido
10 abril, 2012 Responder

Hola Cesar Miguel Rondón, estoy leyendo tu libro "salsa". es excelente me ha encantado lo que he leido acerca de la historia de la salsa es una muy buena investigación y me gustaría poderte realizar una corta entrevista que sería de mucho valor para un proyecto que estoy realizando en un programa de maestría en educación en Bogotá. mi correo es [email protected].

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