De ésta aprendemos todos – Soledad Morillo Belloso

publicado el 7/02/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , ,

Por: Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

No es la primera que en la historia de la Humanidad se producen circunstancias y escenarios tan novedosos que generan nuevos pensamientos. Todo es igual a algo hasta que sucede algo que no lo es. No sabemos bien qué vocablo define con propiedad “ésta”. Disparate, insania, tragedia, fenómeno, experimento, aventura. ¿Alguna de estas palabras? ¿Todas? O acaso hay que crear un  nuevo sustantivo y pedirle a la RAE y a las organizaciones lingüísticas de otros idiomas que acuñen un nuevo vocablo que permita definir con propiedad todo esto que ha ocurrido. Pero de “ésta” hay que aprender. Todos. Por el bien de la Humanidad, no sólo de nuestro país. Es bien sabido que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Sin aprendizaje no hay inmunización. El conocimiento es la mejor vacuna contra la insensatez.

Deben aprender los académicos. Desgranar todo el asunto, analizarlo, entender sus causas y consecuencias, discutirlo en foros y aulas, dictar conferencias. Hacer de esto un caso de estudio y distribuirlo por todas las universidades y centros de estudio y pensamiento del mundo. No hacer de todo esto un acotado capítulo en un libro cualquiera.

Deben aprender los políticos. Definir cuáles fueron los fallos, los errores, los olvidos. Preguntarse qué han podido hacer para evitarlo, qué obviaron, qué ignoraron, qué menospreciaron, qué alertas no escucharon, qué señales de peligro no vieron. No verlo como un mero y transitorio episodio de extravío en un pequeño y fogoso país tropical de latitudes latinoamericanas.

Deben aprender los gobiernos del mundo, los parlamentos, las casas reales, las instituciones estatales continentales y transcontinentales. Pararse frente al espejo y cuestionarse sobre su papel, responsabilidad y competencia. Revisar los conceptos que privaron en sus decisiones a lo largo de años. Estar dispuestos y animados a redefinirse, a preguntarse cuál es su función primordial, a abrirle el espacio a la sana duda, para beneficio de la civilización y el progreso. Porque una vez más ha quedado patente que el mundo no es ni ancho ni ajeno; el efecto mariposa de esto que le pasó a Venezuela debe abrirle los ojos a quienes creen que lo malo que ocurre en un país solo tiene perniciosos efectos dentro de sus fronteras. 

Deben aprender los periodistas, las agencias de noticias, los articulistas, los analistas, los medios de comunicación tradicionales o neo tecnológicos de todo el planeta. No se trata de hacer “mea culpa”, pero sí de reflexionar. De hacer introspección y autocrítica (me incluyo). Parar un minuto y replantear(nos) de qué va este oficio y asunto de la comunicación y de si es sano convertir a los liderazgos políticos en “celebrities” a las que se les da plaza, cámara, espacio y micrófono para que hipnoticen a la población y conviertan a los ciudadanos en confundidos y débiles autómatas. Preguntar si acaso no nos habremos convertido en buscadores insaciables de la noticia, la primicia, el tubazo y, también, el rating, la fama, los “likes” en las redes, el aplauso, sin hacer suficiente evaluación previa de si lo que hacíamos podría generar más daño que bien y, en muchos casos, escudando el accionar tras argumentos como la imparcialidad, la neutralidad o el tantas veces escuchando “el emisor comunica, el receptor decide”.

Deben aprender las iglesias, los clérigos, los prelados, los feligreses, de todas las confesiones. Todas las religiones dan hoy importancia capital a la vida. ¿Cuántas vidas se perdieron o fueron afectadas en su integridad y dignidad a lo largo de estos varios lustros, mientras  tantos prelados (de diferente fe) sentían que bastaba con comunicados, arengas, homilías, cánticos y rezos? ¿Cuántas estructuras incluso estuvieron acordes con diálogos falsos y mesas alrededor de las cuales se tejían farsas que derivaban en perjuicio para los ciudadanos, en particular, en daño para los más débiles de la sociedad? ¿Se valieron de todo su poder social y geopolítico, de ese liderazgo que viene por definición, para erigirse en paladines de la justicia y fuertes defensores,  o de veras tenemos que tragar el “se hizo lo que se pudo”? Es tiempo de reflexión.

Deben aprender las empresas públicas y privadas, los empresarios, los trabajadores, los consultores, los gerentes, los suplidores, los clientes. No hay empresa que sobreviva en un país enfermo. Por años vimos cómo miles de empresas, públicas y privadas, grandes, medianas y pequeñas, se convertían en ruinas y eran despojadas inmisericordemente, en un nauseabundo ambiente de corrupción, generando miseria. Una empresa que muere es un sueño que fenece. Es destruir trabajo. Y eso debe dolerle a sus dueños, a sus trabajadores, a sus clientes, a toda la sociedad. 

Deben aprender los ciudadanos, los de Venezuela y los de cualquier país. Es impresentable e intolerable que en el siglo XXI se haya creado un tiránico régimen feudal, con señores apoltronados en el poder que convirtieron a las gentes en siervos de la gleba. Y eso tiene que acabarse. No importa cuál sea el sistema de gobierno que tenga un país, nada es más importante que los seres humanos y nadie, por muy cautivante personalidad que exhiba, puede ser o creerse por encima de las personas. Y los seres humanos tenemos que entender de una vez por todas que se delega trabajo a los gobernantes, nunca posesión de nuestras vidas y decisiones, porque eso nos convierte en esclavos. 

Dice Vargas Llosa que hay que escribir un libro sobre esto que (nos) ha ocurrido en Venezuela. Algunos intentaremos esa tarea. 

[email protected]

@solmorillob

Lea también: Una palabra tuya bastará para sanarme“, de Soledad Morillo Belloso



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Por: Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

No es la primera que en la historia de la Humanidad se producen circunstancias y escenarios tan novedosos que generan nuevos pensamientos. Todo es igual a algo hasta que sucede algo que no lo es. No sabemos bien qué vocablo define con propiedad "ésta". Disparate, insania, tragedia, fenómeno, experimento, aventura. ¿Alguna de estas palabras? ¿Todas? O acaso hay que crear un  nuevo sustantivo y pedirle a la RAE y a las organizaciones lingüísticas de otros idiomas que acuñen un nuevo vocablo que permita definir con propiedad todo esto que ha ocurrido. Pero de "ésta" hay que aprender. Todos. Por el bien de la Humanidad, no sólo de nuestro país. Es bien sabido que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Sin aprendizaje no hay inmunización. El conocimiento es la mejor vacuna contra la insensatez.

Deben aprender los académicos. Desgranar todo el asunto, analizarlo, entender sus causas y consecuencias, discutirlo en foros y aulas, dictar conferencias. Hacer de esto un caso de estudio y distribuirlo por todas las universidades y centros de estudio y pensamiento del mundo. No hacer de todo esto un acotado capítulo en un libro cualquiera.

Deben aprender los políticos. Definir cuáles fueron los fallos, los errores, los olvidos. Preguntarse qué han podido hacer para evitarlo, qué obviaron, qué ignoraron, qué menospreciaron, qué alertas no escucharon, qué señales de peligro no vieron. No verlo como un mero y transitorio episodio de extravío en un pequeño y fogoso país tropical de latitudes latinoamericanas.

Deben aprender los gobiernos del mundo, los parlamentos, las casas reales, las instituciones estatales continentales y transcontinentales. Pararse frente al espejo y cuestionarse sobre su papel, responsabilidad y competencia. Revisar los conceptos que privaron en sus decisiones a lo largo de años. Estar dispuestos y animados a redefinirse, a preguntarse cuál es su función primordial, a abrirle el espacio a la sana duda, para beneficio de la civilización y el progreso. Porque una vez más ha quedado patente que el mundo no es ni ancho ni ajeno; el efecto mariposa de esto que le pasó a Venezuela debe abrirle los ojos a quienes creen que lo malo que ocurre en un país solo tiene perniciosos efectos dentro de sus fronteras. 

Deben aprender los periodistas, las agencias de noticias, los articulistas, los analistas, los medios de comunicación tradicionales o neo tecnológicos de todo el planeta. No se trata de hacer "mea culpa", pero sí de reflexionar. De hacer introspección y autocrítica (me incluyo). Parar un minuto y replantear(nos) de qué va este oficio y asunto de la comunicación y de si es sano convertir a los liderazgos políticos en "celebrities" a las que se les da plaza, cámara, espacio y micrófono para que hipnoticen a la población y conviertan a los ciudadanos en confundidos y débiles autómatas. Preguntar si acaso no nos habremos convertido en buscadores insaciables de la noticia, la primicia, el tubazo y, también, el rating, la fama, los "likes" en las redes, el aplauso, sin hacer suficiente evaluación previa de si lo que hacíamos podría generar más daño que bien y, en muchos casos, escudando el accionar tras argumentos como la imparcialidad, la neutralidad o el tantas veces escuchando "el emisor comunica, el receptor decide".

Deben aprender las iglesias, los clérigos, los prelados, los feligreses, de todas las confesiones. Todas las religiones dan hoy importancia capital a la vida. ¿Cuántas vidas se perdieron o fueron afectadas en su integridad y dignidad a lo largo de estos varios lustros, mientras  tantos prelados (de diferente fe) sentían que bastaba con comunicados, arengas, homilías, cánticos y rezos? ¿Cuántas estructuras incluso estuvieron acordes con diálogos falsos y mesas alrededor de las cuales se tejían farsas que derivaban en perjuicio para los ciudadanos, en particular, en daño para los más débiles de la sociedad? ¿Se valieron de todo su poder social y geopolítico, de ese liderazgo que viene por definición, para erigirse en paladines de la justicia y fuertes defensores,  o de veras tenemos que tragar el "se hizo lo que se pudo"? Es tiempo de reflexión.

Deben aprender las empresas públicas y privadas, los empresarios, los trabajadores, los consultores, los gerentes, los suplidores, los clientes. No hay empresa que sobreviva en un país enfermo. Por años vimos cómo miles de empresas, públicas y privadas, grandes, medianas y pequeñas, se convertían en ruinas y eran despojadas inmisericordemente, en un nauseabundo ambiente de corrupción, generando miseria. Una empresa que muere es un sueño que fenece. Es destruir trabajo. Y eso debe dolerle a sus dueños, a sus trabajadores, a sus clientes, a toda la sociedad. 

Deben aprender los ciudadanos, los de Venezuela y los de cualquier país. Es impresentable e intolerable que en el siglo XXI se haya creado un tiránico régimen feudal, con señores apoltronados en el poder que convirtieron a las gentes en siervos de la gleba. Y eso tiene que acabarse. No importa cuál sea el sistema de gobierno que tenga un país, nada es más importante que los seres humanos y nadie, por muy cautivante personalidad que exhiba, puede ser o creerse por encima de las personas. Y los seres humanos tenemos que entender de una vez por todas que se delega trabajo a los gobernantes, nunca posesión de nuestras vidas y decisiones, porque eso nos convierte en esclavos. 

Dice Vargas Llosa que hay que escribir un libro sobre esto que (nos) ha ocurrido en Venezuela. Algunos intentaremos esa tarea. 

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Lea también: "Una palabra tuya bastará para sanarme", de Soledad Morillo Belloso

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