Eduardo Galeano y la imaginería económica latinoamericana – Ibsen Martínez

publicado el 20/06/14 por Ana Forero en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , ,

Por: Ibsen Martínez

¿A qué podríamos llamar “intelectual influyente” en nuestra América?images (8)

El mexicano Gabriel Zaid, al discurrir sobre el papel de los intelectuales en “la región más transparente”, brindó una definición:  intelectual influyente es aquel que opina periódicamente sobre asuntos de interés  público — en especial, de política económica – y es atendido por las élites. Si no le hacen caso los poderosos, observa Zaid, nuestro hombre no es más que un inconducente opinador, un cantamañanas de página editorial: un inane profeta, un  tertuliano.

La verdad, no abunda en América Latina el tipo de intelectual público que ejerza discernible influencia en la toma decisiones por quienes tienen la sartén cogida por el mango, y menos en lo que atañe a políticas económicas, aunque  muchos columnistas, analistas  televisivos de horario  matutino y, en general, cantamañanas de lo que Mario Vargas Llosa llamó “civilización del espectáculo”, se solacen pensando lo contrario.

Sin embargo, se ha registrado el caso, único hasta donde alcanzo a ver, de un distinguido estudioso de la economía latinoamericana,autor de muy sesudos libros, que no sólo fue elegido presidente de su país sino que  ejerció el cargo estupendamente: el brasileño Fernando Henrique Cardoso (Río de Janeiro, 1931), cuya obra, digamos juvenil, fue copiosamente citada por centenares de sus pares a todo lo largo y ancho de América Latina durante los  años setenta y hasta bien entrados los ochenta del siglo pasado.

La nuez de sus ideas de entonces  es quizá la única indiscutible contribución  latinoamericana al pensamiento económico moderno: la celebérrima  teoría de la dependencia económica.

Pese a las retractaciones del doctor Cardoso,   ella ha tenido un duradero “efecto de explicación” de nuestras insuficiencias políticas, sociales y económicas. En su versión canónica, la teoría de la  dependencia pone énfasis en los desequilibrios entre el “centro” ( los países desarrollados) y la “periferia” ( nosotros) y en los desiguales términos de intercambio entre ambas regiones. Resulta, comprensiblemente, una teoría en extremo atractiva que pronto se hizo muy popular entre muchos escritores , legos en economíá pero comprometidos con la región, desde Julio Cortázar, en los años setenta, hasta  el colombiano William Ospina, en nuestros días.

Llegar a ser presidente  del Brasil puede resultar una experiencia aleccionadora hasta para el profesor de posgrado más inflexiblemente dogmático: cada hemisferio  de su yo debe sentirse proverbialemente solitario en la cúspide del poder, pero  ¿cuál de los dos buscará la reelección?

Hoy, el expresidente Cardoso, es aún festejado en el Foro Económico de Davos por el tino con que supo,  en los años noventa, darle eficiencia y rostro humano a  profundas reformas macroeconómicas, atentas a desarrollar una economía de mercado, reformas que habían fracasado más o menos estrepitosamente en otros países suramericanos.

 Ciertamente, Cardoso no suscribe  ya las martingalas antimperialistas que como scholar propugnó vivamente durante su exilio en Caracas,  donde fue investigador del Centro de Estudios para el Desarrollo, adscrito a la Universidad Central de Venezuela. Sin duda, es algo que habla mucho y bien de su probidad intelectual, pero  sus ideas de hace cuarenta años aún recorren el continente como algo mucho más tangible que un fantasma: la teoría de la dependencia necolonial se ha corporeizado en la ola neopopulista que azota a Iberoamérica.

Y  su mitología – toda teoría arrastra la suya— tiene un superlativo rapsoda en el uruguayo Eduardo Galeano autor de un libro diabólicamente persuasivo: “Las Venas Abiertas de América Latina”.

Autodidacta eminente, Galeano entró por vez primera a una sala de redacción montevideana a los catorce años, como caricaturista. Con el tiempo llegaría a ser director de importantes semanarios en ambas márgenes del Río de la Plata. Su interés por la historia económica y su fervor de izquierdas lo llevaron, a fines de los turbulentos años sesenta, tiempo de guerrileros tupamaros y militares torturadores, a escribir  una deslumbrante vulgata guevarista de historia general de las Indias que dio forma a la “imaginación económica” de todo un continente. Chávez, tan dado a hiperbólicos dislates,  dijo alguna vez de Galeano que era “el Bartolomé de las Casas  de la economía latinoamericana”.

Desde su aparición en 1971, una florescencia de leyendas urbanas testimonia el estatuto de libro sagrado que le otorgó la izquierda latinoamericana. Un relato, por ejemplo,  quiere que una tarde de aquellos años, una joven estudiante de ciencias sociales colombiana, mientras lee fragmentos del libro a su novio, sentados ambos en la trasera de un colectivo durante un atasco del tráfico, experimente de súbito un rapto que la lleva a ponerse de pie y leer en voz alta y delirante párrafos incendiarios en obsequio de un auditorio de perplejos lumpenproletarios bogotanos. Su voz alcanza a escucharse en las aceras, en otros colectivos atascados, la gente baja de ellos, se agolpa en torno al primer bus para recibir la pentecostal palabra de Galeano…

Ahora bien, ¿qué clase de libro de “historia economía” es éste cuya primeros  párrafos destilan  misticismo moral, rabioso, puro y duro?  “La división internacional del trabajo –  catequiza Galeano— consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo […]se especializó en perder desde los remotos tiempos  en que los europeos del Renacimento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.

En un epílogo del autor, escrito en 1977, se lee que se trata de una “historia del pillaje”, escrita para ilustración de las mayorías y que su interés mayor son los mecanismos del saqueo imperial.  Deslumbrante modelo  de agitacion y propaganda, el libro degrada, sin embargo y a fuerza de efectistas sobresimplifaciones sobre nuestras sociedades a medio hornear, la misma teoría que se propone ilustrar.

Galeano concluye que “no hay más camino para nuestro continente que la violencia”, algo que no estuvo nunca en la cabeza de Cardoso.   Por todo ello, la pregunta persiste: ¿De dónde emana la fascinación que este libro engañabobos y colérico  ha ejercido durante décadas en tantas e influyentes mentes latinoamericanas ?

Creo haber dado con una respuesta en un ensayo del británico Tony Judt: “…la atracción que unas u otras versiones del marxismo ejercen en intelectuales y políticos extremistas latinoamericanos, por ejemplo, o en el Medio Oriente, nunca se ha desvanecido en realidad: en la medida en que aún pasa como relato convincente de la experiencia local, el marxismo retiene en tales sitios mucho del encanto que obra en  los antiglobalizadores del resto del planeta.

“Estos ven en las tensiones e insuficiencias de la economía capitalista de hoy precisamente las mismas injusticias y oportunidades que llevaron a  observadores de la primera ʺglobalizacion” económica, allá por los 1890, a aplicar la crítica de Marx al capitalismo para mejor teorizar de nuevo sobre el imperialismo”. Y añade: “Como nadie más parece ofrecer una estrategia convincente para rectificar las desigualdades del capitalismo moderno, el campo ha quedado  libre para quien ofrezca un relato que sea, a la vez, prolijo e iracundo”.[1]

La prolija y mendaz iracundia de “Las Venas abiertas de América Latina” es el ejemplo perfecto.

Ibsen Martínez

@SimpatiaXKingKong



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Por: Ibsen Martínez

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El mexicano Gabriel Zaid, al discurrir sobre el papel de los intelectuales en “la región más transparente”, brindó una definición:  intelectual influyente es aquel que opina periódicamente sobre asuntos de interés  público — en especial, de política económica – y es atendido por las élites. Si no le hacen caso los poderosos, observa Zaid, nuestro hombre no es más que un inconducente opinador, un cantamañanas de página editorial: un inane profeta, un  tertuliano.

La verdad, no abunda en América Latina el tipo de intelectual público que ejerza discernible influencia en la toma decisiones por quienes tienen la sartén cogida por el mango, y menos en lo que atañe a políticas económicas, aunque  muchos columnistas, analistas  televisivos de horario  matutino y, en general, cantamañanas de lo que Mario Vargas Llosa llamó “civilización del espectáculo”, se solacen pensando lo contrario.

Sin embargo, se ha registrado el caso, único hasta donde alcanzo a ver, de un distinguido estudioso de la economía latinoamericana,autor de muy sesudos libros, que no sólo fue elegido presidente de su país sino que  ejerció el cargo estupendamente: el brasileño Fernando Henrique Cardoso (Río de Janeiro, 1931), cuya obra, digamos juvenil, fue copiosamente citada por centenares de sus pares a todo lo largo y ancho de América Latina durante los  años setenta y hasta bien entrados los ochenta del siglo pasado.

La nuez de sus ideas de entonces  es quizá la única indiscutible contribución  latinoamericana al pensamiento económico moderno: la celebérrima  teoría de la dependencia económica.

Pese a las retractaciones del doctor Cardoso,   ella ha tenido un duradero “efecto de explicación” de nuestras insuficiencias políticas, sociales y económicas. En su versión canónica, la teoría de la  dependencia pone énfasis en los desequilibrios entre el “centro” ( los países desarrollados) y la “periferia” ( nosotros) y en los desiguales términos de intercambio entre ambas regiones. Resulta, comprensiblemente, una teoría en extremo atractiva que pronto se hizo muy popular entre muchos escritores , legos en economíá pero comprometidos con la región, desde Julio Cortázar, en los años setenta, hasta  el colombiano William Ospina, en nuestros días.

Llegar a ser presidente  del Brasil puede resultar una experiencia aleccionadora hasta para el profesor de posgrado más inflexiblemente dogmático: cada hemisferio  de su yo debe sentirse proverbialemente solitario en la cúspide del poder, pero  ¿cuál de los dos buscará la reelección?

Hoy, el expresidente Cardoso, es aún festejado en el Foro Económico de Davos por el tino con que supo,  en los años noventa, darle eficiencia y rostro humano a  profundas reformas macroeconómicas, atentas a desarrollar una economía de mercado, reformas que habían fracasado más o menos estrepitosamente en otros países suramericanos.

 Ciertamente, Cardoso no suscribe  ya las martingalas antimperialistas que como scholar propugnó vivamente durante su exilio en Caracas,  donde fue investigador del Centro de Estudios para el Desarrollo, adscrito a la Universidad Central de Venezuela. Sin duda, es algo que habla mucho y bien de su probidad intelectual, pero  sus ideas de hace cuarenta años aún recorren el continente como algo mucho más tangible que un fantasma: la teoría de la dependencia necolonial se ha corporeizado en la ola neopopulista que azota a Iberoamérica.

Y  su mitología – toda teoría arrastra la suya— tiene un superlativo rapsoda en el uruguayo Eduardo Galeano autor de un libro diabólicamente persuasivo: “Las Venas Abiertas de América Latina”.

Autodidacta eminente, Galeano entró por vez primera a una sala de redacción montevideana a los catorce años, como caricaturista. Con el tiempo llegaría a ser director de importantes semanarios en ambas márgenes del Río de la Plata. Su interés por la historia económica y su fervor de izquierdas lo llevaron, a fines de los turbulentos años sesenta, tiempo de guerrileros tupamaros y militares torturadores, a escribir  una deslumbrante vulgata guevarista de historia general de las Indias que dio forma a la “imaginación económica” de todo un continente. Chávez, tan dado a hiperbólicos dislates,  dijo alguna vez de Galeano que era “el Bartolomé de las Casas  de la economía latinoamericana”.

Desde su aparición en 1971, una florescencia de leyendas urbanas testimonia el estatuto de libro sagrado que le otorgó la izquierda latinoamericana. Un relato, por ejemplo,  quiere que una tarde de aquellos años, una joven estudiante de ciencias sociales colombiana, mientras lee fragmentos del libro a su novio, sentados ambos en la trasera de un colectivo durante un atasco del tráfico, experimente de súbito un rapto que la lleva a ponerse de pie y leer en voz alta y delirante párrafos incendiarios en obsequio de un auditorio de perplejos lumpenproletarios bogotanos. Su voz alcanza a escucharse en las aceras, en otros colectivos atascados, la gente baja de ellos, se agolpa en torno al primer bus para recibir la pentecostal palabra de Galeano…

Ahora bien, ¿qué clase de libro de “historia economía” es éste cuya primeros  párrafos destilan  misticismo moral, rabioso, puro y duro?  “La división internacional del trabajo –  catequiza Galeano— consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo [...]se especializó en perder desde los remotos tiempos  en que los europeos del Renacimento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.

En un epílogo del autor, escrito en 1977, se lee que se trata de una “historia del pillaje”, escrita para ilustración de las mayorías y que su interés mayor son los mecanismos del saqueo imperial.  Deslumbrante modelo  de agitacion y propaganda, el libro degrada, sin embargo y a fuerza de efectistas sobresimplifaciones sobre nuestras sociedades a medio hornear, la misma teoría que se propone ilustrar.

Galeano concluye que “no hay más camino para nuestro continente que la violencia”, algo que no estuvo nunca en la cabeza de Cardoso.   Por todo ello, la pregunta persiste: ¿De dónde emana la fascinación que este libro engañabobos y colérico  ha ejercido durante décadas en tantas e influyentes mentes latinoamericanas ?

Creo haber dado con una respuesta en un ensayo del británico Tony Judt: “…la atracción que unas u otras versiones del marxismo ejercen en intelectuales y políticos extremistas latinoamericanos, por ejemplo, o en el Medio Oriente, nunca se ha desvanecido en realidad: en la medida en que aún pasa como relato convincente de la experiencia local, el marxismo retiene en tales sitios mucho del encanto que obra en  los antiglobalizadores del resto del planeta.

“Estos ven en las tensiones e insuficiencias de la economía capitalista de hoy precisamente las mismas injusticias y oportunidades que llevaron a  observadores de la primera ʺglobalizacion” económica, allá por los 1890, a aplicar la crítica de Marx al capitalismo para mejor teorizar de nuevo sobre el imperialismo”. Y añade: “Como nadie más parece ofrecer una estrategia convincente para rectificar las desigualdades del capitalismo moderno, el campo ha quedado  libre para quien ofrezca un relato que sea, a la vez, prolijo e iracundo”.[1]

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