El heroísmo cotidiano

publicado el 28/09/13 por Laura Rodriguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , ,

Por: Jean Maninat

Los países no tocan fondo, reza un lugar común optimista. Es una apuesta por la increíble capacidad de los seres humanos para subsistir en medio de los más grandes desbarajustes económicos, sociales o políticos; bien sean estos causados por las fuerzas crueles de la naturaleza, o por las  extremidades torpes de los bípedos que reinan el planeta y suelen deshacer con los pies lo que construyen con las manos. Milenios costó avanzar hacia fórmulas democráticas de convivencia, de “rayar la cancha” como dicen en el Sur, para resguardar los derechos de los unos, reconociendo los derechos de los otros y mire usted donde estamos. Cuando se estima que se ha llegado a un cierto orden armonioso de las cosas, de debajo de las piedras empiezan a surgir los heraldos negros, los eternos coleados en las fiestas, dispuestos a arruinar bautizos, matrimonios y divorcios, usualmente provistos de las mejores intenciones y los peores consejos. Todo para salvarnos.

En su magnifica alegoría sobre el impacto del fascismo en Europa, La peste, Albert Camus nos dijo que una vez vencida la plaga, sus bacilos se refugiaban en las gavetas, entre la ropa doméstica, a la espera de que una imprudencia de los hombres los despertara, para venir a  martirizarlos de nuevo  recordándoles su fragilidad innata. Pero en medio de la mortandad casa por casa, surgía la sorprendente capacidad humana para resistir: el heroísmo banal, que al igual que la cobardía, habita en cada quien y en cada cual. Ciudadanos de quince y último, como el afable doctor Rieux de la novela, que sin mucho aspaviento épico, se negaban a permitir que la descomposición reinante diera buena cuenta de lo que tanto les había costado construir. Eran el antídoto contra la maladie.

Bajo la mirada indolente, por alucinada, de quienes nos gobiernan, el país se descompone rápidamente mientras sus habitantes se preguntan cuán cerca queda el fondo. Semanalmente una peregrinación doliente deposita seres queridos en la morgue de la capital, las ciudades viven entre la luz y la oscuridad como en el purgatorio, las avenidas se cuartean, la inflación se apodera de lo poco que queda en los estantes y en cada esquina aguarda un Pedro Navaja pistola en mano.

Aún así, la gente va y viene entre sus quehaceres, emprende, protesta, saca fuerzas para animarse con una gracia, tomarse un respiro acodado en una barra, o celebrar con los panas que entre ellos ha vivido. Y cada vez que tiene la ocasión, a pesar de los cuervos agoreros que graznan en los árboles, sale a votar, con mayor o menor entusiasmo, para no dejarse arrebatar definitivamente lo que tanto trabajo le ha costado conseguir.

Es algo que no deja de asombrar a quienes desde otras latitudes siguen el acontecer político del país. Incluso aquellos que guardan expresas o recónditas simpatías por el “proceso”,  reconocen que hay una mitad creciente de la sociedad que ha sabido plantar cara, en medio de circunstancias desventajosas, y constituye hoy una fuerza en expansión que no puede ser menospreciada.

Las recurrentes alusiones a planes magnicidas, a esquemas desestabilizadores que se hacen humo apenas anunciados, no hacen sino acentuar la sospecha de que los herederos no dan pie con bola y la hemorragia de desafecto popular es intensa. Seguramente no con el ímpetu que uno quisiera, más allá de nuestras fronteras se está abriendo paso el atisbo, pragmático no nos llamemos a engaño, de que la oposición no es el problema… es parte de la solución.

El antídoto contra la enfermedad que quiere imponer una opción hegemónica y destructora de la diversidad democrática, reside en el heroísmo cotidiano, anónimo, de los millones que  siguen resistiéndose, sin grandes bufidos, sin frases vanidosas para la posteridad, pero con la certeza de que solo su perseverancia, estén donde estén, militen o no militen, logrará recomponer la nación. Es un río subterráneo y ronco que recorre el país en constante movimiento.

Solo los héroes cotidianos poseen la reciedumbre suficiente para vencer la  peste de los autoritarismos. Siempre han sido la sustancia del cambio.

@jeanmaninat



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Por: Jean Maninat

Los países no tocan fondo, reza un lugar común optimista. Es una apuesta por la increíble capacidad de los seres humanos para subsistir en medio de los más grandes desbarajustes económicos, sociales o políticos; bien sean estos causados por las fuerzas crueles de la naturaleza, o por las  extremidades torpes de los bípedos que reinan el planeta y suelen deshacer con los pies lo que construyen con las manos. Milenios costó avanzar hacia fórmulas democráticas de convivencia, de "rayar la cancha" como dicen en el Sur, para resguardar los derechos de los unos, reconociendo los derechos de los otros y mire usted donde estamos. Cuando se estima que se ha llegado a un cierto orden armonioso de las cosas, de debajo de las piedras empiezan a surgir los heraldos negros, los eternos coleados en las fiestas, dispuestos a arruinar bautizos, matrimonios y divorcios, usualmente provistos de las mejores intenciones y los peores consejos. Todo para salvarnos.

En su magnifica alegoría sobre el impacto del fascismo en Europa, La peste, Albert Camus nos dijo que una vez vencida la plaga, sus bacilos se refugiaban en las gavetas, entre la ropa doméstica, a la espera de que una imprudencia de los hombres los despertara, para venir a  martirizarlos de nuevo  recordándoles su fragilidad innata. Pero en medio de la mortandad casa por casa, surgía la sorprendente capacidad humana para resistir: el heroísmo banal, que al igual que la cobardía, habita en cada quien y en cada cual. Ciudadanos de quince y último, como el afable doctor Rieux de la novela, que sin mucho aspaviento épico, se negaban a permitir que la descomposición reinante diera buena cuenta de lo que tanto les había costado construir. Eran el antídoto contra la maladie.

Bajo la mirada indolente, por alucinada, de quienes nos gobiernan, el país se descompone rápidamente mientras sus habitantes se preguntan cuán cerca queda el fondo. Semanalmente una peregrinación doliente deposita seres queridos en la morgue de la capital, las ciudades viven entre la luz y la oscuridad como en el purgatorio, las avenidas se cuartean, la inflación se apodera de lo poco que queda en los estantes y en cada esquina aguarda un Pedro Navaja pistola en mano.

Aún así, la gente va y viene entre sus quehaceres, emprende, protesta, saca fuerzas para animarse con una gracia, tomarse un respiro acodado en una barra, o celebrar con los panas que entre ellos ha vivido. Y cada vez que tiene la ocasión, a pesar de los cuervos agoreros que graznan en los árboles, sale a votar, con mayor o menor entusiasmo, para no dejarse arrebatar definitivamente lo que tanto trabajo le ha costado conseguir.

Es algo que no deja de asombrar a quienes desde otras latitudes siguen el acontecer político del país. Incluso aquellos que guardan expresas o recónditas simpatías por el "proceso",  reconocen que hay una mitad creciente de la sociedad que ha sabido plantar cara, en medio de circunstancias desventajosas, y constituye hoy una fuerza en expansión que no puede ser menospreciada.

Las recurrentes alusiones a planes magnicidas, a esquemas desestabilizadores que se hacen humo apenas anunciados, no hacen sino acentuar la sospecha de que los herederos no dan pie con bola y la hemorragia de desafecto popular es intensa. Seguramente no con el ímpetu que uno quisiera, más allá de nuestras fronteras se está abriendo paso el atisbo, pragmático no nos llamemos a engaño, de que la oposición no es el problema... es parte de la solución.

El antídoto contra la enfermedad que quiere imponer una opción hegemónica y destructora de la diversidad democrática, reside en el heroísmo cotidiano, anónimo, de los millones que  siguen resistiéndose, sin grandes bufidos, sin frases vanidosas para la posteridad, pero con la certeza de que solo su perseverancia, estén donde estén, militen o no militen, logrará recomponer la nación. Es un río subterráneo y ronco que recorre el país en constante movimiento.

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