Fámulos – José Rafael Herrera

publicado el 2/06/18 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

Los más necesitados, los más débiles, no portan otra cosa que el pesado fardo de su propia existencia. Como dice Vico, “cuando la mente de los hombres, por su indefinida naturaleza, se sumerge en la ignorancia, hacen de sí mismos la regla del universo”. Las mentes volubles son arrastradas fácilmente a la superstición y, arrebatados por ella, a ella reducen todo lo que imaginan, ven y hacen. Es el drama cotidiano propio de los tiempos de oscuridad. Fama es la diosa de los rumores, las intrigas y las vanas esperanzas. Ligeras y veloces vuelan sus alas. Todo lo que oye y ve lo tuerce, deforma y engrandece. De inmediato todo lo dice invertido, aunque con inaudita e imprudente celeridad.

Quienes apelan a Fama, esa diosa hambrienta y torcida, son los perdedores o los que ya se hayan perdidos, los derrotados de siempre, amantes de los atajos y las emboscadas. Su misión consiste en hacer grande lo pequeño y pequeño lo grande. Es mediocre y tramposa. Quizá por eso el resto de los dioses no la acepta: ni Zeus la quería en los cielos ni Gea en la tierra ni Poseidón en los mares. Ni siquiera Hades, en las lúgubres profundidades infernales. Condenada a vivir entre las nubes –justamente, entre gaseosas esperanzas–, Eneas la cataloga como el peor y más veloz de los demonios, porque, a través de sus ojos emplumados y siempre indiscretos, las derrotas reales se invierten en victorias ficticias, fantásticas, fabuladas. Piénsese, por ejemplo, en “la gran misión Venezuela” o en las “épicas batallas” libradas por “el eterno” o en la “heroicidad” de poseer el “carnet de la patria” y se comprenderá cabalmente el significado de Fama. Ella representa la precivilidad, una condición presocial o prehistórica, intermedia entre el estado de naturaleza –la vida salvaje– y el estado civil –la vida social–: es la historia fabulada, cuyo origen cierto es el hambre. Fame, de hecho, significa hambre.

Es verdad que, según Vico, el estado de salvajismo forma parte del devenir histórico y que no es una hipótesis, como lo es para los filósofos del derecho natural. Pero es también el estado al que –corsi e ricorsi– retorna la humanidad cada vez que se desintegra su eticidad, ese complejo conjunto contradictorio y a la vez complementario, ese equilibrio inestable, compuesto por la sociedad civil y la sociedad política. Es más, para Vico, la humanidad no pasa directamente del estado ferino a la condición civil. Lo hace a través de un estado intermedio que ni es prehistórico ni es histórico en sentido estricto: es el gansteril estado de las “familias”, la condición en la que se producen, al igual que sucede con las mafias, las primeras formas de vida asociadas al corporativismo economicista y a los mezquinos intereses de las comunas familiares. La palabra familia encuentra su raíz latina en la expresión famulus. Pero, además, en griego, oikos significa casa y, por extensión, familia.

Similar a la estructura organizativa de las mafias, estas sociedades familiares no están compuestas exclusivamente por los miembros naturales de las mismas, en su sentido moderno, sino que, además de los hijos y de los descendientes directos o indirectos, están los criados, los numerosos sirvientes, quienes se encuentran igualmente subyugados por la autoridad del pater familiae. Considerados como aquellos que aún no han salido de su condición animal, destinados al servicio de los poderosos, los fámulos o “clientes” sobreviven a duras penas, habituados como están a ser sometidos para recibir las dádivas del Padre patrone, el “patroncito”, el “padrecito”, el “taita”, il padrinoil capi di tutti capi, tanto como de sus más cercanos colaboradores o compinches. Y todo ello en nombre de “la patria grande”, “la igualdad”, la “justicia social”, “la liberación nacional”, el “socialismo” y, por supuesto, “la cajita feliz”: son “los impíos, vagabundos, débiles, perseguidos a muerte por los más robustos”. Estos últimos, dueños de la boli-franquicia, los “toman bajo su tutela, ya que no poseen otra cosa que su vida, y reciben de ellos la condición de fámulos, suministrándoles los medios mínimos para poder conservar su vida”. Bajo la mascarada de la más completa estupidez, cierto mercenario del medio televisivo parece haberlo intuido y, hasta ahora, ha logrado sacarle buen provecho a la “familia”. No obstante, incluso él ya debe saber que a todo le llega su tiempo. Cría fama y échate a dormir, dice el adagio, pero –eso sí– no olvides mantener los ojos abiertos.

La historia, de hecho, no transita en línea recta, de menor a mayor, como imaginan los positivistas, siempre guiados por el religioso mecanicismo de “las poleas, garruchas y cuerdas, por el que sube y baja el impulso de fuerzas ciegas”, como afirma Cecilio Acosta. Tampoco circula, una y otra vez, hasta el hastío, por el tiovivo del “eterno retorno”, como supone la teología filosofante de última generación. La historia supera y conserva esos modelos parciales: es un in fieri, un en vías de hacerse haciéndose, un continuo devenir en forma de espiral que, así como avanza también retrocede de manera paralela, pero no sincrónica. De modo que sus retrocesos son análogos, pero nunca idénticos a los ya vividos. Quien, por ejemplo, suponga que una vez superado el secuestro que le ha impuesto a la sociedad “la cosa nostra” todo volverá a ser “como antes”, se equivoca de plano. Se impone un nuevo ser social, con nuevas reglas y disposiciones, en virtud del cual será menester la construcción de todo un nuevo ordenamiento económico, social, político y cultural en general. Una nueva sociedad, con las cuentas en rojo, pero con la firme voluntad de salir adelante y de volver a construir –una vez más– un país próspero y libre.

Durante los últimos veinte años, la república dejó de serlo para dar cabida a un régimen no previsto por los esquemas tradicionales de los estudiosos del quehacer político. Como observara Carlos Fuentes, más que leer a Locke, a Voltaire o a Rousseau –a los que, por supuesto, es esencial conocer–, los pueblos hispanos tienen en la inteligencia viquiana una fuente continua de aprendizaje, hecho a su medida, para la cabal comprensión de su ser y de su conciencia. Se trata de la superación de un régimen que ha deshecho la vida civil y la ha sustituido por un gang, por una organización de fámulos que dependen para su supervivencia de la dádiva que se les ofrece a cambio de su entrega bajo la condición de sumisión, haciendo de la manipulación, el chantaje, el terror y la violencia, ejercidos desde el control absoluto y dictatorial del poder, sus armas más poderosas de control. Ya no es posible subestimar a Vico. Toda rebelión comienza por la toma de conciencia y la pérdida del temor. El tiempo de los hombres fuertes y bruscos, osados y violentos, el tiempo de “la barbarie retornada”, está por concluir, ha llegado a su período de decadencia y no hay lumpen capaz de detenerla. La latente y cada vez más inocultable rebelión de los fámulos va marcando los inicios de una nueva república. Los pies de sus enterradores ya están ante la puerta.



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Por: José Rafael Herrera

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Quienes apelan a Fama, esa diosa hambrienta y torcida, son los perdedores o los que ya se hayan perdidos, los derrotados de siempre, amantes de los atajos y las emboscadas. Su misión consiste en hacer grande lo pequeño y pequeño lo grande. Es mediocre y tramposa. Quizá por eso el resto de los dioses no la acepta: ni Zeus la quería en los cielos ni Gea en la tierra ni Poseidón en los mares. Ni siquiera Hades, en las lúgubres profundidades infernales. Condenada a vivir entre las nubes –justamente, entre gaseosas esperanzas–, Eneas la cataloga como el peor y más veloz de los demonios, porque, a través de sus ojos emplumados y siempre indiscretos, las derrotas reales se invierten en victorias ficticias, fantásticas, fabuladas. Piénsese, por ejemplo, en “la gran misión Venezuela” o en las “épicas batallas” libradas por “el eterno” o en la “heroicidad” de poseer el “carnet de la patria” y se comprenderá cabalmente el significado de Fama. Ella representa la precivilidad, una condición presocial o prehistórica, intermedia entre el estado de naturaleza –la vida salvaje– y el estado civil –la vida social–: es la historia fabulada, cuyo origen cierto es el hambre. Fame, de hecho, significa hambre.

Es verdad que, según Vico, el estado de salvajismo forma parte del devenir histórico y que no es una hipótesis, como lo es para los filósofos del derecho natural. Pero es también el estado al que –corsi e ricorsi– retorna la humanidad cada vez que se desintegra su eticidad, ese complejo conjunto contradictorio y a la vez complementario, ese equilibrio inestable, compuesto por la sociedad civil y la sociedad política. Es más, para Vico, la humanidad no pasa directamente del estado ferino a la condición civil. Lo hace a través de un estado intermedio que ni es prehistórico ni es histórico en sentido estricto: es el gansteril estado de las “familias”, la condición en la que se producen, al igual que sucede con las mafias, las primeras formas de vida asociadas al corporativismo economicista y a los mezquinos intereses de las comunas familiares. La palabra familia encuentra su raíz latina en la expresión famulus. Pero, además, en griego, oikos significa casa y, por extensión, familia.

Similar a la estructura organizativa de las mafias, estas sociedades familiares no están compuestas exclusivamente por los miembros naturales de las mismas, en su sentido moderno, sino que, además de los hijos y de los descendientes directos o indirectos, están los criados, los numerosos sirvientes, quienes se encuentran igualmente subyugados por la autoridad del pater familiae. Considerados como aquellos que aún no han salido de su condición animal, destinados al servicio de los poderosos, los fámulos o “clientes” sobreviven a duras penas, habituados como están a ser sometidos para recibir las dádivas del Padre patrone, el “patroncito”, el “padrecito”, el “taita”, il padrinoil capi di tutti capi, tanto como de sus más cercanos colaboradores o compinches. Y todo ello en nombre de “la patria grande”, “la igualdad”, la “justicia social”, “la liberación nacional”, el “socialismo” y, por supuesto, “la cajita feliz”: son “los impíos, vagabundos, débiles, perseguidos a muerte por los más robustos”. Estos últimos, dueños de la boli-franquicia, los “toman bajo su tutela, ya que no poseen otra cosa que su vida, y reciben de ellos la condición de fámulos, suministrándoles los medios mínimos para poder conservar su vida”. Bajo la mascarada de la más completa estupidez, cierto mercenario del medio televisivo parece haberlo intuido y, hasta ahora, ha logrado sacarle buen provecho a la “familia”. No obstante, incluso él ya debe saber que a todo le llega su tiempo. Cría fama y échate a dormir, dice el adagio, pero –eso sí– no olvides mantener los ojos abiertos.

La historia, de hecho, no transita en línea recta, de menor a mayor, como imaginan los positivistas, siempre guiados por el religioso mecanicismo de “las poleas, garruchas y cuerdas, por el que sube y baja el impulso de fuerzas ciegas”, como afirma Cecilio Acosta. Tampoco circula, una y otra vez, hasta el hastío, por el tiovivo del “eterno retorno”, como supone la teología filosofante de última generación. La historia supera y conserva esos modelos parciales: es un in fieri, un en vías de hacerse haciéndose, un continuo devenir en forma de espiral que, así como avanza también retrocede de manera paralela, pero no sincrónica. De modo que sus retrocesos son análogos, pero nunca idénticos a los ya vividos. Quien, por ejemplo, suponga que una vez superado el secuestro que le ha impuesto a la sociedad “la cosa nostra” todo volverá a ser “como antes”, se equivoca de plano. Se impone un nuevo ser social, con nuevas reglas y disposiciones, en virtud del cual será menester la construcción de todo un nuevo ordenamiento económico, social, político y cultural en general. Una nueva sociedad, con las cuentas en rojo, pero con la firme voluntad de salir adelante y de volver a construir –una vez más– un país próspero y libre.

Durante los últimos veinte años, la república dejó de serlo para dar cabida a un régimen no previsto por los esquemas tradicionales de los estudiosos del quehacer político. Como observara Carlos Fuentes, más que leer a Locke, a Voltaire o a Rousseau –a los que, por supuesto, es esencial conocer–, los pueblos hispanos tienen en la inteligencia viquiana una fuente continua de aprendizaje, hecho a su medida, para la cabal comprensión de su ser y de su conciencia. Se trata de la superación de un régimen que ha deshecho la vida civil y la ha sustituido por un gang, por una organización de fámulos que dependen para su supervivencia de la dádiva que se les ofrece a cambio de su entrega bajo la condición de sumisión, haciendo de la manipulación, el chantaje, el terror y la violencia, ejercidos desde el control absoluto y dictatorial del poder, sus armas más poderosas de control. Ya no es posible subestimar a Vico. Toda rebelión comienza por la toma de conciencia y la pérdida del temor. El tiempo de los hombres fuertes y bruscos, osados y violentos, el tiempo de “la barbarie retornada”, está por concluir, ha llegado a su período de decadencia y no hay lumpen capaz de detenerla. La latente y cada vez más inocultable rebelión de los fámulos va marcando los inicios de una nueva república. Los pies de sus enterradores ya están ante la puerta.

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