Fin del ricorso – José Rafael Herrera

publicado el 12/05/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

José Rafael Herrera

La historia, según Vico, marcha desde la barbarie del sentido hacia la barbarie de la reflexión. Es “el curso que siguen las naciones”. Curso no lineal ni circular, sino espiral y cíclico, en el que no pocas veces se transita en dirección contraria, en dirección hacia un nuevo –y siempre viejo– ricorso o re-curso, en busca del regazo de la barbarie. Una extraña pirueta del movimiento de la historia –seguramente psíquica, pero eminentemente social y política– conduce a la voluntad humana hacia el rencuentro con sus mitos arcanos, recónditos, fundacionales: “No pudiendo ponerse siquiera dos de acuerdo sobre un mismo asunto, por seguir todos su propio placer y capricho, llegan a hacer, con sus obstinadas facciones y desesperadas guerras civiles, selvas de las ciudades, y de las selvas cubiles de hombres. Así, al cabo de muchos siglos de barbarie, llegan a arruinar las malvadas sutilezas de sus ingenios maliciosos, que con la barbarie de la reflexión les habían convertido en fieras más crueles que las que habían sido con la barbarie del sentido”.

Durante los últimos veinte años, Venezuela ha transitado por las sendas de la barbarie ritornata. Ha vuelto –se ha devuelto– para vivir presa –víctima– de sus propios designios, obsesionada, en busca de la ficción de su regazo fundacional. El resultado ha sido la miserable penumbra, la sombra épica del ricorso bolivariano. Por fortuna, ese ricorso va llegando a su fin y se prepara para ingresar a un nuevo ciclo de su historia, llevada de las manos de la luz civil.

No sin nerviosismo refrenado, Venezuela va llegando al final del secuestro que, por veinte años, le han impuesto sus captores, una organización compuesta, como proyecto político, por una “fusión cívico-militar” que, en la práctica, en la cotidianidad del día a día, resultó ser un cartel compuesto por un lumpanato de resentidos, mediocres, corruptos, narcotraficantes y terroristas. Marx sentiría asco. Los daños causados al país entero no han sido pocos. Lo han saqueado y arruinado sistemáticamente en todos sus ámbitos: acabaron con el prestigio de sus instituciones, con las fuerzas armadas, con las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, con los servicios básicos, con la salud, la alimentación, la educación, la seguridad, la moneda, la infraestructura terrestre, marítima y aérea. Condujeron al país no solo a la mayor de las pobrezas materiales sino, además y como consecuencia directa, a la peor de las pobrezas espirituales. Han cometido los más atroces crímenes ecológicos y expoliado las enormes riquezas minerales del territorio nacional. Pusieron al país de rodillas para que el cartel cubano de los Castro se apropiara de él. Han cometido los más brutales y crueles crímenes de lesa humanidad y convertido a los ciudadanos en sus rehenes. En fin, hicieron de una “tierra de gracia” una desgracia. Desgraciaron a Venezuela.

No obstante, el caradurismo que les precede parece no tener límites. “El sufrimiento de un pueblo no puede ser la clave para un cambio de gobierno”, declara cínicamente Jorge Arreaza, cuyos méritos como profesional, político y ministro de Relaciones Exteriores, pero sobre todo como persona, dejan mucho que decir . La suya es una frase patéticamente desdoblada, digna de un maleante, que bien podría significar o “que un pueblo sufra no es razón suficiente para cambiar el gobierno” o, todo lo contrario, que “se pretende hacer sufrir al pueblo con el objetivo de cambiar el gobierno”.

Pero el señor Arreaza se equivoca por partida doble porque, desde el punto de vista del primer registro de lectura, se pone en evidencia que a estos socialistas del siglo XXI –émulos de Stalin, Mao, Pol Pot, Kim Jong-un, Mugabe y los Castro– les importa un bledo la suerte de la gente. Y en efecto, han demostrado palmariamente el hecho de que no les importa atropellar o aplastar a quien sea con tal de satisfacer sus propósitos, con lo cual se pone de manifiesto el más claro significado del rimbombante socialismo del siglo XXI: el estado de naturaleza, la salvaje, vil y barbárica guerra de todos contra todos.

El segundo registro de lectura sorprende por su descaro e hipocresía, porque han sido precisamente ellos los responsables directos e indirectos de todos los males que hoy padece la población venezolana, con el agravante de que, en este caso en particular, la expresión “pueblo” significa “ellos”, o sea, el narco-cartel que usurpa el poder. Después de lo cual la frase en cuestión revela su más íntimo y oculto secreto: “Se pretende hacernos sufrir para sacarnos del gobierno”. Queda revelado el misterio de la sinuosa oratio pro aris et focis: quieren negociar “nuestra” salida, pero congelan “nuestras” cuentas bancarias, los negocios en el exterior, rompen los hilos de “nuestras” redes de tráfico y contrabando. El cartel parece comenzar a sentir los duros golpes que la comunidad internacional le está propiciando y, acorralados como están, no pueden no ocultar sus cuitas.

En su más reciente artículo en The New York Times, Alberto Barrera Tyszka exhorta al régimen y a la oposición a dejar de lado las improvisaciones –lo que, en su opinión, es la más resaltante característica del venezolano– y sentarse a dialogar para llegar a un acuerdo electoral que ponga fin a la crisis que atraviesa el país. A juicio de quien escribe, el muy respetable escritor se equivoca dos veces: si el grueso de la comunidad democrática internacional no solo ha manifestado decididamente su respaldo al principal objetivo de la oposición venezolana –“cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”– sino que, además, ha venido asesorando sus acciones, entonces no es que los venezolanos, como legítimos descendientes de la cultura latina, porten consigo la mácula indeleble de la improvisación. Es que en los procesos históricos, a diferencia de las operaciones matemáticas, no existen las no improvisaciones, la imprecisión del cálculo, la inesperada variación de una determinada circunstancia.

La historia, como dice Vico, no atiende a las razones cartesianas. Hay, sin duda, maestros del arte de la política. Uno de ellos es Felipe González, ex presidente del gobierno español, quien recientemente ha declarado al diario El Clarín que lo que más le sorprende es que haya todavía una parte de la izquierda que sea capaz de sostener a una tiranía sin paliativos como la que usurpa el poder en Venezuela, cuya mayor proeza ha sido la de “cargarse 60% del PBI y que tenga el número de muertos por habitante más grande del mundo”. No se llega a acuerdos con la malandritud tan sencillamente. El malandro, por su propia condición, es tramposo, carece de virtudes cívicas. Y sin duda llegará el momento de la contienda electoral, el fin de este ricorso, pero solo cuando cese la usurpación y el gobierno de transición designe un organismo electoral digno, a la altura de la razón histórica.

Lea también: Doña Bárbara“, de José Rafael Herrera



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Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

José Rafael Herrera

La historia, según Vico, marcha desde la barbarie del sentido hacia la barbarie de la reflexión. Es “el curso que siguen las naciones”. Curso no lineal ni circular, sino espiral y cíclico, en el que no pocas veces se transita en dirección contraria, en dirección hacia un nuevo –y siempre viejo– ricorso o re-curso, en busca del regazo de la barbarie. Una extraña pirueta del movimiento de la historia –seguramente psíquica, pero eminentemente social y política– conduce a la voluntad humana hacia el rencuentro con sus mitos arcanos, recónditos, fundacionales: “No pudiendo ponerse siquiera dos de acuerdo sobre un mismo asunto, por seguir todos su propio placer y capricho, llegan a hacer, con sus obstinadas facciones y desesperadas guerras civiles, selvas de las ciudades, y de las selvas cubiles de hombres. Así, al cabo de muchos siglos de barbarie, llegan a arruinar las malvadas sutilezas de sus ingenios maliciosos, que con la barbarie de la reflexión les habían convertido en fieras más crueles que las que habían sido con la barbarie del sentido”.

Durante los últimos veinte años, Venezuela ha transitado por las sendas de la barbarie ritornata. Ha vuelto –se ha devuelto– para vivir presa –víctima– de sus propios designios, obsesionada, en busca de la ficción de su regazo fundacional. El resultado ha sido la miserable penumbra, la sombra épica del ricorso bolivariano. Por fortuna, ese ricorso va llegando a su fin y se prepara para ingresar a un nuevo ciclo de su historia, llevada de las manos de la luz civil.

No sin nerviosismo refrenado, Venezuela va llegando al final del secuestro que, por veinte años, le han impuesto sus captores, una organización compuesta, como proyecto político, por una “fusión cívico-militar” que, en la práctica, en la cotidianidad del día a día, resultó ser un cartel compuesto por un lumpanato de resentidos, mediocres, corruptos, narcotraficantes y terroristas. Marx sentiría asco. Los daños causados al país entero no han sido pocos. Lo han saqueado y arruinado sistemáticamente en todos sus ámbitos: acabaron con el prestigio de sus instituciones, con las fuerzas armadas, con las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, con los servicios básicos, con la salud, la alimentación, la educación, la seguridad, la moneda, la infraestructura terrestre, marítima y aérea. Condujeron al país no solo a la mayor de las pobrezas materiales sino, además y como consecuencia directa, a la peor de las pobrezas espirituales. Han cometido los más atroces crímenes ecológicos y expoliado las enormes riquezas minerales del territorio nacional. Pusieron al país de rodillas para que el cartel cubano de los Castro se apropiara de él. Han cometido los más brutales y crueles crímenes de lesa humanidad y convertido a los ciudadanos en sus rehenes. En fin, hicieron de una “tierra de gracia” una desgracia. Desgraciaron a Venezuela.

No obstante, el caradurismo que les precede parece no tener límites. “El sufrimiento de un pueblo no puede ser la clave para un cambio de gobierno”, declara cínicamente Jorge Arreaza, cuyos méritos como profesional, político y ministro de Relaciones Exteriores, pero sobre todo como persona, dejan mucho que decir . La suya es una frase patéticamente desdoblada, digna de un maleante, que bien podría significar o “que un pueblo sufra no es razón suficiente para cambiar el gobierno” o, todo lo contrario, que “se pretende hacer sufrir al pueblo con el objetivo de cambiar el gobierno”.

Pero el señor Arreaza se equivoca por partida doble porque, desde el punto de vista del primer registro de lectura, se pone en evidencia que a estos socialistas del siglo XXI –émulos de Stalin, Mao, Pol Pot, Kim Jong-un, Mugabe y los Castro– les importa un bledo la suerte de la gente. Y en efecto, han demostrado palmariamente el hecho de que no les importa atropellar o aplastar a quien sea con tal de satisfacer sus propósitos, con lo cual se pone de manifiesto el más claro significado del rimbombante socialismo del siglo XXI: el estado de naturaleza, la salvaje, vil y barbárica guerra de todos contra todos.

El segundo registro de lectura sorprende por su descaro e hipocresía, porque han sido precisamente ellos los responsables directos e indirectos de todos los males que hoy padece la población venezolana, con el agravante de que, en este caso en particular, la expresión “pueblo” significa “ellos”, o sea, el narco-cartel que usurpa el poder. Después de lo cual la frase en cuestión revela su más íntimo y oculto secreto: “Se pretende hacernos sufrir para sacarnos del gobierno”. Queda revelado el misterio de la sinuosa oratio pro aris et focis: quieren negociar “nuestra” salida, pero congelan “nuestras” cuentas bancarias, los negocios en el exterior, rompen los hilos de “nuestras” redes de tráfico y contrabando. El cartel parece comenzar a sentir los duros golpes que la comunidad internacional le está propiciando y, acorralados como están, no pueden no ocultar sus cuitas.

En su más reciente artículo en The New York Times, Alberto Barrera Tyszka exhorta al régimen y a la oposición a dejar de lado las improvisaciones –lo que, en su opinión, es la más resaltante característica del venezolano– y sentarse a dialogar para llegar a un acuerdo electoral que ponga fin a la crisis que atraviesa el país. A juicio de quien escribe, el muy respetable escritor se equivoca dos veces: si el grueso de la comunidad democrática internacional no solo ha manifestado decididamente su respaldo al principal objetivo de la oposición venezolana –“cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”– sino que, además, ha venido asesorando sus acciones, entonces no es que los venezolanos, como legítimos descendientes de la cultura latina, porten consigo la mácula indeleble de la improvisación. Es que en los procesos históricos, a diferencia de las operaciones matemáticas, no existen las no improvisaciones, la imprecisión del cálculo, la inesperada variación de una determinada circunstancia.

La historia, como dice Vico, no atiende a las razones cartesianas. Hay, sin duda, maestros del arte de la política. Uno de ellos es Felipe González, ex presidente del gobierno español, quien recientemente ha declarado al diario El Clarín que lo que más le sorprende es que haya todavía una parte de la izquierda que sea capaz de sostener a una tiranía sin paliativos como la que usurpa el poder en Venezuela, cuya mayor proeza ha sido la de “cargarse 60% del PBI y que tenga el número de muertos por habitante más grande del mundo”. No se llega a acuerdos con la malandritud tan sencillamente. El malandro, por su propia condición, es tramposo, carece de virtudes cívicas. Y sin duda llegará el momento de la contienda electoral, el fin de este ricorso, pero solo cuando cese la usurpación y el gobierno de transición designe un organismo electoral digno, a la altura de la razón histórica.

Lea también: "Doña Bárbara", de José Rafael Herrera

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