La corrupción sin par – Elías Pino Iturrieta

publicado el 25/11/18 por Laura Rodriguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , , ,

Publicado en El Nacional

Por: Elías Pino Iturrieta

Elías Pino IturrietaNo parece posible negar que la Venezuela chavista sea la más corrupta del mundo en el período que llamamos historia contemporánea. En todas las estadísticas referidas a operaciones oscuras o a manifestaciones escandalosas de ilegalidad nuestra sociedad aparece a la cabeza. Los perseguidores de operaciones fraudulentas a escala internacional nos ponen en el lugar de honor de los perseguidos, en la vanguardia de una legión de fiscalizados a quienes seguramente se encontrarán conductas u operaciones turbias con solo hurgar un poquito. La realidad es producto de un mal antiguo, de una cadena de pecados procedente de la antigüedad a la cual nos hemos atado como pueblo y que ahora llega a una cúspide demasiado protuberante, pero no sorprendente.

El mal de la corrupción corre por nuestras venas desde el período colonial, a través de manifestaciones infinitas de violaciones de la legalidad y de ultrajes de la decencia que hemos descubierto los historiadores de las mentalidades. Pero, visto desde la metodología de esa especialidad, no se trata de una actitud repetida de los detentadores del poder o de funcionarios cercanos a la ubre, sino, como si no tratáramos ya con un pavoroso mal de data remota, de una operación convenida con el resto de la sociedad. Los depredadores del erario, los escamoteadores de los bienes comunes han contado con la indiferencia y con la celebración de la gente sencilla. Muchos no se sintieron concernidos, pero cada ladrón contó con su corte, y cada depredador sintió la compañía de calurosos coros, como si le hiciera falta a la gente una figura de tal calaña para no perder la brújula. Quien se ponga a localizar corruptos a través de la historia no solo topará con un elenco grueso, sino también con muchedumbres extasiadas por solo verlos y admirarlos en su porquería.

La república quiso ser un ensayo de rectificación, un plan de limpieza que librara a la sociedad de los ladrones del erario, y logró metas de trascendencia en el empeño. ¿Por qué? Por una cuestión de principios y valores, en primera instancia, pero especialmente debido al tesón de los gobernantes en la persecución de los depredadores. Un conjunto de individuos honrados llegó a la cima de la administración y pretendió que los gobernados se comportaran como ellos.

Pese a que se apunté al principio que es la Venezuela de nuestros días una especie de campeona sin rival en materia de corrupción, no proponemos su clausura ni ponernos a llorar hasta el desfallecimiento, debido a que también han destacado en la evolución colectiva períodos dignos de admiración en cuanto a pulcritud y honestidad en el uso de los recursos del Estado. El período fundacional, que corre entre 1830 y 1845, se caracterizó por la limpieza de los hechos de los gobernantes, todos alejados del escándalo, todos comprometidos en el desarrollo de una administración equilibrada, todos sin mácula en la hora de los inventarios. Algo parecido se puede afirmar sobre las gestiones iniciales de la democracia representativa a partir de 1958, es decir, sobre la presidencia de Betancourt, la de Leoni y la primera de Caldera, generalmente libres del pecado de la deshonestidad y, por lo tanto, también de las clientelas que esperaban desencantadas al corrupto de sus anhelos.

No tuvieron que esperar tanto, por desdicha, porque vino por sus fueros después sin deseos ni necesidad de retirarse. Allí estuvo, en primera fila, en la oscura vanguardia, hasta convertirse en excusa para el advenimiento del comandante Chávez, que iniciaría la época dorada de la pública honradez. El paradigma verde oliva de la santidad republicana llegaba para barrer la basura, se divulgó entonces. Vana esperanza, porque se debe al chavismo el inicio del proceso más devastador de nuestros anales en la parcela de la ladronería.

Para no ponernos farragosos en la búsqueda de una explicación que debería arrancar en el período colonial, de momento nos conformamos con volver a dos puntos asomados antes: es asunto de principios y valores de cuño republicano, pero también de la presencia de hombres honrados que manejen la autoridad a su imagen y semejanza. No existiendo ni los unos ni los otros, el resultado ha sido una podredumbre superior a cualquiera de las anteriores en una sociedad que la ha producido en abundancia.

[email protected]

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Por: Elías Pino Iturrieta

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El mal de la corrupción corre por nuestras venas desde el período colonial, a través de manifestaciones infinitas de violaciones de la legalidad y de ultrajes de la decencia que hemos descubierto los historiadores de las mentalidades. Pero, visto desde la metodología de esa especialidad, no se trata de una actitud repetida de los detentadores del poder o de funcionarios cercanos a la ubre, sino, como si no tratáramos ya con un pavoroso mal de data remota, de una operación convenida con el resto de la sociedad. Los depredadores del erario, los escamoteadores de los bienes comunes han contado con la indiferencia y con la celebración de la gente sencilla. Muchos no se sintieron concernidos, pero cada ladrón contó con su corte, y cada depredador sintió la compañía de calurosos coros, como si le hiciera falta a la gente una figura de tal calaña para no perder la brújula. Quien se ponga a localizar corruptos a través de la historia no solo topará con un elenco grueso, sino también con muchedumbres extasiadas por solo verlos y admirarlos en su porquería.

La república quiso ser un ensayo de rectificación, un plan de limpieza que librara a la sociedad de los ladrones del erario, y logró metas de trascendencia en el empeño. ¿Por qué? Por una cuestión de principios y valores, en primera instancia, pero especialmente debido al tesón de los gobernantes en la persecución de los depredadores. Un conjunto de individuos honrados llegó a la cima de la administración y pretendió que los gobernados se comportaran como ellos.

Pese a que se apunté al principio que es la Venezuela de nuestros días una especie de campeona sin rival en materia de corrupción, no proponemos su clausura ni ponernos a llorar hasta el desfallecimiento, debido a que también han destacado en la evolución colectiva períodos dignos de admiración en cuanto a pulcritud y honestidad en el uso de los recursos del Estado. El período fundacional, que corre entre 1830 y 1845, se caracterizó por la limpieza de los hechos de los gobernantes, todos alejados del escándalo, todos comprometidos en el desarrollo de una administración equilibrada, todos sin mácula en la hora de los inventarios. Algo parecido se puede afirmar sobre las gestiones iniciales de la democracia representativa a partir de 1958, es decir, sobre la presidencia de Betancourt, la de Leoni y la primera de Caldera, generalmente libres del pecado de la deshonestidad y, por lo tanto, también de las clientelas que esperaban desencantadas al corrupto de sus anhelos.

No tuvieron que esperar tanto, por desdicha, porque vino por sus fueros después sin deseos ni necesidad de retirarse. Allí estuvo, en primera fila, en la oscura vanguardia, hasta convertirse en excusa para el advenimiento del comandante Chávez, que iniciaría la época dorada de la pública honradez. El paradigma verde oliva de la santidad republicana llegaba para barrer la basura, se divulgó entonces. Vana esperanza, porque se debe al chavismo el inicio del proceso más devastador de nuestros anales en la parcela de la ladronería.

Para no ponernos farragosos en la búsqueda de una explicación que debería arrancar en el período colonial, de momento nos conformamos con volver a dos puntos asomados antes: es asunto de principios y valores de cuño republicano, pero también de la presencia de hombres honrados que manejen la autoridad a su imagen y semejanza. No existiendo ni los unos ni los otros, el resultado ha sido una podredumbre superior a cualquiera de las anteriores en una sociedad que la ha producido en abundancia.

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