Post mortem

publicado el 19/04/13 por Laura Rodriguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:,

Por:  Jean Maninat

En pocos días el país pasó de asistir a los sentidos funerales de quien pensaba gobernar por siempre, a presenciar, entre incrédulo y aburrido, el mayor acto de dilapidación de un capital político del que se tenga memoria en esta parcela del mundo. Dos hechos, sin duda conectados, que retratan bien el extravagante intento de imponer una quimera personal, una aventura familiar, como base de la supuesta construcción de una nueva sociedad.

La receta no tiene nada de nuevo, ha sido y es ensayada en otras regiones del mundo con una demencia a toda prueba. Sin ir muy cerca, en Corea del Norte una dinastía burocrática ha logrado uniformar de hambre a un pueblo milenario, mientras sus miembros heredan de padre a hijo el mecanismo que les permitiría hacer estallar un artefacto nuclear como si fuera un videojuego.

El difunto presidente Chávez, albergó en Sabaneta, su ciudad natal, el sueño de que de allí partiría una estirpe justiciera destinada a gobernar en el tiempo surfeando sobre su estela. Pero no le alcanzó la vitalidad que exudaba y tuvo que delegar la tarea en un ajeno a sus andanzas iniciales, pero que siempre estuvo a mano cuando el nudo de sus días se le fue achicando. Nicolás Maduro fue el ungido por el caudillo mismo para prosperar la empresa y sin embargo, la está quebrando con el empeño de un hijo pródigo de dimensiones bíblicas.

¿Qué pensarán ahora los familiares del expresidente? ¿Qué sentirán hoy los compañeros de las primeras aventuras? ¿Qué presagios guarda el que lo amamantó en las artes de la política como artimaña?

Pronto lo sabremos.

Mientras tanto, el heredero designado está ocupado en distraer la atención con fuegos artificiales para tratar de disipar, con el olor de la pólvora, el desplome inmenso que sufrió su opción y su falta de reciedumbre democrática y personal para asumir el reto que le lanzó el jefe de la oposición democrática: recontar los votos. Una vez más trastabilló, se contradijo, se achicó y recurrió a la violencia verbal y física para espantar su propio fracaso. Pero ya nadie le cree. Perdió al ganar bajo sospecha y eso lo saben los suyos mejor que nadie. Cada vez que nombra a Chávez, su valedor, lo hace en vano y le recuerda a la feligresía sincera y dolida del presidente fallecido que él, por más que lo pretenda, no es su hijo. Por eso… no tiene ofrenda alguna que subir al Cuartel de la Montaña.

Estamos realizando el post mortem de una sociedad escindida, con los conductos de comunicación entre ciudadanos con posiciones divergentes tapiados por el miedo oficial al diálogo y a la concordia, marcada por el cultivo y la propagación del odio de clases por parte de los poderosos de hoy, para reinar a sus anchas sobre los débiles de siempre. Ya los diques se agrietaron, por eso los quieren obturar con odio y rabia, con violencia y atropellos. De nada servirá, el agua siempre termina encontrando su camino. Observe bien los muros de su casa y verá lo que le digo.

Una superstición de la filosofía alemana presumía que gracias a la “astucia de la razón” asomarían los dirigentes apropiados para que las sociedades cumplieran sus cometidos históricos. Y Discépolo, un filósofo mayor del sur, retrucaría tiempo después, en los inicios del siglo XX, que “no hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao”.

En Venezuela, después de cierto extravío del GPS político, la astucia democrática de quienes han luchado durante quince años contra viento y marea oficialista, contra un gobierno insolente e impúdico en sus esfuerzos por perpetuarse, contra las plañideras y autoflagelaciones desmovilizadoras de los claudicantes, finalmente se proporcionó un líder a la altura de las circunstancias que él mismo contribuyó a crear: Henrique Capriles.

Sea cual sea el resultado de la exigencia hecha ante el  CNE para realizar una auditoría, la cual es sin duda necesaria, en este país ya se consolidó una opción que  sólo puede crecer y otra que desanda acelerada su declive. Capriles y la MUD marcarán el ritmo de los tiempos políticos por venir.

Está visto, hasta un post mortem puede ser portador de buenas noticias. De lo contrario, ¿cómo se aprendería a curar las enfermedades?

@jeanmaninat



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Por:  Jean Maninat

En pocos días el país pasó de asistir a los sentidos funerales de quien pensaba gobernar por siempre, a presenciar, entre incrédulo y aburrido, el mayor acto de dilapidación de un capital político del que se tenga memoria en esta parcela del mundo. Dos hechos, sin duda conectados, que retratan bien el extravagante intento de imponer una quimera personal, una aventura familiar, como base de la supuesta construcción de una nueva sociedad.

La receta no tiene nada de nuevo, ha sido y es ensayada en otras regiones del mundo con una demencia a toda prueba. Sin ir muy cerca, en Corea del Norte una dinastía burocrática ha logrado uniformar de hambre a un pueblo milenario, mientras sus miembros heredan de padre a hijo el mecanismo que les permitiría hacer estallar un artefacto nuclear como si fuera un videojuego.

El difunto presidente Chávez, albergó en Sabaneta, su ciudad natal, el sueño de que de allí partiría una estirpe justiciera destinada a gobernar en el tiempo surfeando sobre su estela. Pero no le alcanzó la vitalidad que exudaba y tuvo que delegar la tarea en un ajeno a sus andanzas iniciales, pero que siempre estuvo a mano cuando el nudo de sus días se le fue achicando. Nicolás Maduro fue el ungido por el caudillo mismo para prosperar la empresa y sin embargo, la está quebrando con el empeño de un hijo pródigo de dimensiones bíblicas.

¿Qué pensarán ahora los familiares del expresidente? ¿Qué sentirán hoy los compañeros de las primeras aventuras? ¿Qué presagios guarda el que lo amamantó en las artes de la política como artimaña?

Pronto lo sabremos.

Mientras tanto, el heredero designado está ocupado en distraer la atención con fuegos artificiales para tratar de disipar, con el olor de la pólvora, el desplome inmenso que sufrió su opción y su falta de reciedumbre democrática y personal para asumir el reto que le lanzó el jefe de la oposición democrática: recontar los votos. Una vez más trastabilló, se contradijo, se achicó y recurrió a la violencia verbal y física para espantar su propio fracaso. Pero ya nadie le cree. Perdió al ganar bajo sospecha y eso lo saben los suyos mejor que nadie. Cada vez que nombra a Chávez, su valedor, lo hace en vano y le recuerda a la feligresía sincera y dolida del presidente fallecido que él, por más que lo pretenda, no es su hijo. Por eso... no tiene ofrenda alguna que subir al Cuartel de la Montaña.

Estamos realizando el post mortem de una sociedad escindida, con los conductos de comunicación entre ciudadanos con posiciones divergentes tapiados por el miedo oficial al diálogo y a la concordia, marcada por el cultivo y la propagación del odio de clases por parte de los poderosos de hoy, para reinar a sus anchas sobre los débiles de siempre. Ya los diques se agrietaron, por eso los quieren obturar con odio y rabia, con violencia y atropellos. De nada servirá, el agua siempre termina encontrando su camino. Observe bien los muros de su casa y verá lo que le digo.

Una superstición de la filosofía alemana presumía que gracias a la "astucia de la razón" asomarían los dirigentes apropiados para que las sociedades cumplieran sus cometidos históricos. Y Discépolo, un filósofo mayor del sur, retrucaría tiempo después, en los inicios del siglo XX, que "no hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao".

En Venezuela, después de cierto extravío del GPS político, la astucia democrática de quienes han luchado durante quince años contra viento y marea oficialista, contra un gobierno insolente e impúdico en sus esfuerzos por perpetuarse, contra las plañideras y autoflagelaciones desmovilizadoras de los claudicantes, finalmente se proporcionó un líder a la altura de las circunstancias que él mismo contribuyó a crear: Henrique Capriles.

Sea cual sea el resultado de la exigencia hecha ante el  CNE para realizar una auditoría, la cual es sin duda necesaria, en este país ya se consolidó una opción que  sólo puede crecer y otra que desanda acelerada su declive. Capriles y la MUD marcarán el ritmo de los tiempos políticos por venir.

Está visto, hasta un post mortem puede ser portador de buenas noticias. De lo contrario, ¿cómo se aprendería a curar las enfermedades?

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