Una pausa necesaria – Floralicia Anzola

publicado el 11/06/19 por Michelle Rodríguez en El espacio de mis amigos Etiquetas:, , ,

Por: Floralicia Anzola

Floralicia Anzola

Esta mañana en nuestro espacio, “Al punto y seguimos”, la psicóloga social venezolana Colette Capriles, hablaba de la importancia de la narrativa que nos hacemos los venezolanos sobre lo que nos ocurre.

Lo decía con el ánimo de que podamos interpretar lo que nos pasa y entender la realidad en un momento de pobre comunicación, de información manipulada y desinformación.

Para provocar condiciones de participación y movilización se nos venden salidas cortoplacistas que creemos como seguras. Para generar atención se nos ofrecen condiciones utópicas de resolución como si fueran viables. Todos asistimos a un cuento de reconquista, reinicio, restitución, reimaginación de nuestra democracia y del futuro.

Al mismo tiempo somos protagonistas y espectadores, y en esa vorágine, seguimos un libreto y luego aplaudimos o chiflamos las escenas que no nos gustan como audiencia. Y ¿dónde queda la narración?

La narración está siempre fuera de nosotros. Es lo que nos dice el régimen. Es lo que promete tal o cual grupo de la oposición. Es la que denuncian los gobiernos hermanos. La que tuitea Trump o Bolton o Marcos Rubio. O los radicales.

Pareciera que en medio de este desasosiego ya no podemos contarnos, narrarnos los que nos ocurre, a menos que sea en forma de listas. Listas de lo que no hay, de lo que nos hace falta, de lo que perdimos, del número que somos en la lista de otro para que nos atiendan o nos den gasolina.

¿Dónde está la narrativa? De nuevo fuera de nosotros. Colette decía que era necesario que creáramos nuestra propia narrativa, nuestra interpretación de lo que nos ocurre, de que la validáramos contra la realidad, la compartiéramos con otros.

¿Podemos seguir creyendo que vendrán los marines y harán un toque técnico y se llevarán a los malos? ¿Es viable que haya intervención militar de EEUU sin el apoyo de los gobiernos del hemisferio? ¿Cuán cierto es que Maduro puede mantenerse a costa de extracción de minerales? ¿Es la invocación al artículo 187 de la Constitución la solución mágica? ¿Está tan dividido el poder en el régimen que ellos solitos  se autodestruirán? O más bien, ¿está tan dividida la oposición que ya se perdió el juego?

Cada una de estas preguntas esconde tras de sí una narrativa, una historia que nos cuentan, venden, publican, whatsapean, tuitean. Una historia que no es nuestra, que no viene filtrada a través de la lógica, construida con medias verdades que parecen dogmas.

La propia narrativa despojada de emocionalidad con revisión de hechos y comparación de situaciones es necesaria para la toma de decisiones personales. Para que el que decida migrar se eche el cuento correcto porque no es fácil, para que el que se queda sepa también que tampoco lo será para él.

Es hora de escuchar nuestras voces, de exigirnos lo que a veces sólo pedimos a los otros, objetividad, verdad y reflexión.

La pausa que les dejo entonces, es mucho más que una invitación.



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Por: Floralicia Anzola

Floralicia Anzola

Esta mañana en nuestro espacio, “Al punto y seguimos”, la psicóloga social venezolana Colette Capriles, hablaba de la importancia de la narrativa que nos hacemos los venezolanos sobre lo que nos ocurre.

Lo decía con el ánimo de que podamos interpretar lo que nos pasa y entender la realidad en un momento de pobre comunicación, de información manipulada y desinformación.

Para provocar condiciones de participación y movilización se nos venden salidas cortoplacistas que creemos como seguras. Para generar atención se nos ofrecen condiciones utópicas de resolución como si fueran viables. Todos asistimos a un cuento de reconquista, reinicio, restitución, reimaginación de nuestra democracia y del futuro.

Al mismo tiempo somos protagonistas y espectadores, y en esa vorágine, seguimos un libreto y luego aplaudimos o chiflamos las escenas que no nos gustan como audiencia. Y ¿dónde queda la narración?

La narración está siempre fuera de nosotros. Es lo que nos dice el régimen. Es lo que promete tal o cual grupo de la oposición. Es la que denuncian los gobiernos hermanos. La que tuitea Trump o Bolton o Marcos Rubio. O los radicales.

Pareciera que en medio de este desasosiego ya no podemos contarnos, narrarnos los que nos ocurre, a menos que sea en forma de listas. Listas de lo que no hay, de lo que nos hace falta, de lo que perdimos, del número que somos en la lista de otro para que nos atiendan o nos den gasolina.

¿Dónde está la narrativa? De nuevo fuera de nosotros. Colette decía que era necesario que creáramos nuestra propia narrativa, nuestra interpretación de lo que nos ocurre, de que la validáramos contra la realidad, la compartiéramos con otros.

¿Podemos seguir creyendo que vendrán los marines y harán un toque técnico y se llevarán a los malos? ¿Es viable que haya intervención militar de EEUU sin el apoyo de los gobiernos del hemisferio? ¿Cuán cierto es que Maduro puede mantenerse a costa de extracción de minerales? ¿Es la invocación al artículo 187 de la Constitución la solución mágica? ¿Está tan dividido el poder en el régimen que ellos solitos  se autodestruirán? O más bien, ¿está tan dividida la oposición que ya se perdió el juego?

Cada una de estas preguntas esconde tras de sí una narrativa, una historia que nos cuentan, venden, publican, whatsapean, tuitean. Una historia que no es nuestra, que no viene filtrada a través de la lógica, construida con medias verdades que parecen dogmas.

La propia narrativa despojada de emocionalidad con revisión de hechos y comparación de situaciones es necesaria para la toma de decisiones personales. Para que el que decida migrar se eche el cuento correcto porque no es fácil, para que el que se queda sepa también que tampoco lo será para él.

Es hora de escuchar nuestras voces, de exigirnos lo que a veces sólo pedimos a los otros, objetividad, verdad y reflexión.

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