La tristeza de los sauces llorones – Tony Frangie Mawad

La tristeza de los sauces llorones - Tony Frangie Mawad
Así era la Plaza Las Tres Gracias, cuando al cabo de algunas décadas se reunieron todos sus componentes en el Paseo de la Nacionalidad de Malaussena. Cortesía: Cinco 8

Para los empleados de la alcaldía es solo la tala de unos pocos árboles en la Plaza Las Tres Gracias. Para el patrimonio y la historia urbana de Caracas, el fin de otra imagen tradicional de nuestra ciudad

Publicado en: Cinco 8

Por: Tony Frangie Mawad

El esplendor neoclásico al que alguna vez aspiró Caracas se desvaneció hace mucho. Su Roca Tarpeya se hizo Helicoide ultramoderno y su Helicoide se hizo cárcel para el crimen de pensamiento. El Senado ya no existe. El Panteón ha dado paso a un gigantesco mausoleo con apariencia de pista de patinaje y luces neón de la bandera. El paseo Los Próceres –con sus estatuas de ninfas blancas, su obelisco y sus espejos de agua– hoy yace rodeado de bloques de concreto, barrios colindantes y la vigilancia militar del estado policial venezolano. Y la plaza Las Tres Gracias, con sus juguetonas hijas de Zeus y Eurínome, yace descuidada y –por lo menos hasta hace poco– rodeada de un mar de buhoneros de películas piratas. Ahora, hace apenas unos días, talaron sus sauces llorones.

Las Gracias –Belleza, Júbilo y Abundancia– fueron esculpidas entre 1910 y 1920 en Florencia por el italiano Pietro Ceccarelli, copiando la escultura original de Antonio Canova que Napoleón Bonaparte le regaló a Josefina, su emperatriz. Las esculturas fueron hechas con mármol de Carrara y su pedestal con mármol africano. Llegaron a Caracas en 1927, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez y, tras exhibirlas en 1929, las pusieron en el salón de ingreso de la casa de uno de los hijos del dictador en La Victoria. En 1946, las reubicaron en la Plaza (previamente llamada Bellas Artes), con un espejo de agua sinuoso diseñado para ellas. Luego, desde Argentina, llegarón los icónicos sauces.

Setenta y cuatro años después, los sauces amanecieron cortados por trabajadores de la Alcaldía de Caracas. Quedaron tan solo las bases de sus troncos. En periódicos y redes, en grupos ambientalistas y universitarios, se escuchó el grito: se está borrando la identidad de la zona. Los mosaicos azules y blancos del Paseo de los Ilustres, construido entre 1945 y 1953 como parte del Sistema Urbano de la Nacionalidad del arquitecto Luis Malaussena, fueron retirados por el plan gubernamental Juntos Todo Es Posible (o Chamba Juvenil) entre 2018 y 2019: en su lugar, baldosas y cemento pintado de azul. El paseo también ha sido renombrado este año: adiós Ilustres, hola Paseo la Nacionalidad. Como una demolición urbana, pareciese haber un intento deliberado de reescribir la zona y su patrimonio urbano.

Los sauces llorones (Salix babylonica) son una especie de árbol perteneciente a la familia de las salicáceas y conocido por sus largas y flexibles ramas que casi tocan el piso: una apariencia triste, llorona. Aunque son originales del norte de China, la especie recibió el nombre científico babylonica por traducciones bíblicas antiguas del Salmo 137, donde se tradujo “álamo” como “sauce”: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sión. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas”.

Así, el sauce llorón se volvió símbolo del dolor del exilio: árbol triste que representa el llanto del pueblo hebreo que, cautivo y desterrado, llora en las riberas de Babilonia —su conquistador— de añoranza por su hogar distante. “No importa cuán bien les vaya”, decía el pensador poscolonial Edward Said, “los exiliados siempre serán excéntricos que sienten sus diferencias (incluso aunque frecuentemente las exploten) como una suerte de orfandad”.

De tal forma, por medio de la misma orfandad que sintieron quienes lloraban en las aguas babilónicas, el sauce llorón de la Plaza Las Tres Gracias también nos hablaba de nuestra actualidad: de nuestro propio exilio babilónico, nuestro propio Sión tropical, nuestros propios lamentos en los ríos de Miami, Madrid, Buenos Aires o Bogotá. Hoy, hay casi cinco millones de venezolanos en el exterior reviviendo las palabras de Said.

Pero quienes se han quedado también viven un destierro propio: no sólo ante la hecatombe de apagones y supermercados vacíos sino ante el profundo daño antropológico cometido contra la población —un daño a la condición humana por sí sola: la alienación de la dignidad, el aprecio por la vida propia y la pérdida de la conciencia de sí misma como obrera de su destino. Por el destierro lloran los sauces.

Llegaron de Argentina, en el camino inverso de la actualidad. Ahora tan solo yacen sus troncos. Mataron a los árboles del destierro. ¿Cómo no hacerlo en un país donde el desterrado es deshumanizado? Donde el destierro es crimen: armas biológicas, llama Lisandro Cabello –del gobierno regional del Zulia– a quienes regresan al país desde los Andes tortuosos. El régimen pide denunciar a los que retornen por las trochas fronterizas con Colombia: son “bioterroristas.” ¡Abajo el árbol de los trocheros, de las armas biológicas y de los bioterroristas!

Las Tres Gracias han perdido a sus guardianes, expuestas ante la polución de las busetas y las alcantarillas encostradas de mugre. ¿Júbilo, en un país que lidera los suicidios en la región? ¿Abundancia, en un país de estómagos vacíos y donde más de la mitad de los venezolanos no cumplen las necesidades calóricas diarias? ¿Belleza, con una Ciudad Universitaria cayéndose a pedazos y los ríos de Canaima repletos de mercurio y minas fosforescentes? Las Gracias han perdido su sentido: hostigadas por la crudeza de una ciudad venida a menos, ultrajadas de su muro de sauces que —entre el ajetreo de camioneticas y vendedores ambulantes— les coqueteaban todas las mañanas.

 

 

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