Adriano nonagenario – Andrés González Camino

Adriano nonagenario - Andrés González Camino
Adriano González León

El pasado 14 de noviembre, Adriano González León hubiese cumplido 90

Por: Andrés González Camino

“‘¡Anota, anota!” Exclamaba Adriano en su afán de ser proverbial en plena barra. Siempre lo fue. Lo mejor pudo haber sido grabarlo, pero muchos olvidaron darle al botón del celular mientras hablaba o recitaba. O de haber llevado una grabadora de las de antes. Otras grabaciones se perdieron en una marea de novedades tecnológicas. Lo que sí es cierto es que todos andaban expectantes ante el tramado memorial que llevaba.

Los últimos años de Adriano enfrentaban un acercamiento muy estrecho con lo que quedaba del país cultural. Con ese Trujillo natal siempre en la memoria, la ciudad de Caracas siempre fue su meca, independientemente de que Madrid, Buenos Aires o París representaran núcleos imprescindibles para él. El valle lo adoptó, pero él adoptó al Valle también y así Caracas se tornaba exquisita con sus líneas, con su conversa en cualquier barra, o mesa, en las tertulias de Las Mercedes, en casa.

Era una Caracas de un nuevo siglo, los parámetros iban cambiando mientras, en su sumida observación, no había reparo en declarar su contundente manifiesto diario. Y, a pesar del chavismo, del cual fue férreo adversario – es imposible no mencionar al chavismo, lamentablemente-, disfrutaba en buena cantidad una especie de combate político en terrenos imaginativos y discursivos que nos alineaban a todos en una trinchera descomunal del ingenio. Además Adriano tenía una capacidad de asombro espectacular y sumamente contagiosa.

Era el momento de escucharlo, de ir a reunirse con él en el Hereford, en el Coq D’Or. Lo habitual de los vinos. Y lo que más le valía para seguir adelante su ejemplar vitalismo de verbo y de la memoria, eran los jóvenes. Yo, Andrés, siendo un veinteañero en la Escuela de Letras, respondía también a la inquietud y lo acercaba mucho a ese impulso de las nuevas generaciones que trataban de entender las cosas. Nada nuevo. Lo mismo pasaba Georgiana, su hija mayor, y sus compañeros de la Universidad Central de Venezuela en los 90. Adriano era un sujeto multigeneracional a todas luces. Y así, después de un hiato bien marcado, volvió a sus clases magistrales en Letras mientras inventaba cursos, poemas varios, artículos, ilustraciones y cosas siempre encantadoras. Ya había escrito Viejo, relato de la madurez destellante. ¿Qué más venía? Reverón, quizá.

De cualquier manera, se presentaba una etapa muy oral en la que había que escucharlo, después de haberlo leído, en esa plena resistencia. Tras una avasallante viudez – lidiar con la muerte de su esposa Verónica y la de la que fue su otra esposa años atrás, Mary, todo en un tiempo muy corto – Adriano salía adelante buscando las mejores compañías para poder seguir contando y haciendo memoria de todo lo que valía la pena dentro un momento bastante difícil para todos. Para él. Hoy serían 90 años y es difícil figurarse cómo hubiese sido tenerlo presente en un mundo tan complejo. Seguro hubiese hecho frente como siempre, con la palabra.

No le agradaba mucho el hecho de cumplirlos. Pero igual se lo cantamos.

 

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