El mundo desde aquí – Elías Pino Iturrieta

El mundo desde aquí - Elías Pino Iturrieta
Cortesía: La Gran Aldea

La cortina que nos ha confeccionado el chavismo para que miremos con aires de sabiduría lo que físicamente no podemos captar porque está muy lejos: Los resultados electorales de Bolivia, o las elecciones en Estados Unidos. Los portavoces del chavismo nos han puesto a pensar en blanco y negro, como piensan ellos. La influencia de una nefasta pedagogía de dos décadas, debido a su omnipresencia que todo lo cubre y llena de lobreguez, nos lleva a entendimientos de aplanadora.

Publicado en: La Gran Aldea

Por: Elías Pino Iturrieta

Debido a su magnitud, la crisis venezolana ejerce una influencia redonda y negativa en la observación de la realidad exterior. El prolongado y profundo daño hecho por el chavismo ha conducido al asentamiento de un esquema maniqueo, a una constante simplificación que impide la observación adecuada de los sucesos de otras latitudes, aunque también los domésticos, desde luego. Ahora solo nos detendremos un poco en la mirada hacia el otro.

La consideración del chavismo como un fenómeno esencialmente malvado, como una plaga sin paliativos frente a la cual solo corresponde una fumigación inmisericorde, lleva a pensar que un horror semejante se ha establecido o pretende establecimiento extramuros. Que se reitera de manera fotográfica afuera y que, por lo tanto, se debe participar activamente en su erradicación. Pero tal asunto solo existe en la desesperación de quienes juran que lo observan y de quienes, por lo tanto, asumen la misión de advertir a los incautos para que no caigan en sus redes. El chavismo es una espesa cortina que impide la observación de los paisajes exteriores, como si no fuera suficiente la miopía que ha fomentado cuando tratamos de ver lo que pasa frente a nuestras narices. Nos ha convertido en un conglomerado de ignorantes con aires de analistas, o de redentores sin fundamento en torno a causas ajenas, que es peor.

Las recientes elecciones de Bolivia son un elocuente ejemplo de la distorsión. El triunfo del MAS, tan arrollador que hizo innecesaria una segunda vuelta, ha conducido a dolerse del supuesto disparate cometido por unos electores empeñados en caer dos veces en el mismo agujero, y hasta a burlarse de una comunidad tan estúpida que no dudó en echarse en el regazo de los seguidores de Evo Morales, maldecido en la víspera y expulsado del gobierno por razones justas. Una opinión tan necia proviene de mirar únicamente los acontecimientos con la lupa venezolana, sin tener la menor idea de lo que de veras mueve a una sociedad que dirime los negocios partiendo de su especificidad. La cortina que nos ha confeccionado el chavismo para que miremos con aires de sabiduría lo que físicamente no podemos captar porque está muy lejos, y porque desconocemos sus antecedentes y porque nos ha importado poco hasta la fecha, nos convierte en protagonistas del circense espectáculo de decir, por ejemplo, que todo pasó porque la oposición no se unió contra el enemigo común, o por una conjura del Foro de Sao Paulo, o porque los electores fueron engañados. Siguen más explicaciones estrambóticas, más desbarros que no permiten el análisis de pormenores de importancia como las diferencias abismales que existen entre el MAS y el PSUV, o como los avances económicos desarrollados en los últimos lustros bajo la orientación del candidato que ha ganado la elección presidencial y aún sobre las diferencias entre el liderazgo de Morales frente al de Chávez y Maduro. El cocalero Evo Morales, sin ser paradigma de lucidez o de solvencia intelectual, porque no lo ha sido en ningún momento, se mantuvo en un límite que no lo llevó a cometer las atrocidades y los desfalcos de sus colegas venezolanos a quienes sentimos dirigiendo la política continental cuando apenas les da la cabeza para el oficio de adentro.

Con los asuntos españoles pasa lo mismo. Los opinadores que ejercen su oficio desde la amplitud de las tribunas, en la inmensa mayoría de los casos consideran que presencian una batalla entre la perversidad comunista establecida en la Moncloa y las ingenuas huestes de la democracia a punto de sucumbir en las garras de la oscuridad. No tienen la menor idea de lo que ha sido y de lo que es el PSOE en esas comarcas tan caras a nuestra civilización, ni mucho menos del virtuosismo del presidente del gobierno en los trabajos que le incumben, capaz de llegar a portentos de habilidad y contención cuando convenga; ni del peso del parlamentarismo, ni de cómo el PP es ducho en sacar fuerzas de flaquezas, ni de la calidad de la prensa que escribe desde diferentes flancos, ni de los aportes de una intelectualidad consolidada y respetada, ni de cómo la democracia que han hecho allá desde la muerte de Franco está destinada a la supervivencia y a la superación. Pero no por la perspicacia de los “analistas” venezolanos, quienes se han convertido en expertos sobre los episodios  de la Guerra Civil sin saber dónde queda el Ebro, en apologistas del franquismo sin pasearse por los testimonios de su crueldad, en simpatizantes de los fachas de Vox sin sentir los coros de la Falange, y en la crítica de un diplomático tan avezado como Borrell porque no le ha dado a Maduro la patada de la cual ellos no pueden ufanarse. Todo se reduce a Rodríguez Zapatero, todo se confina en ese sujeto del ancho Monedero y en cortar la coleta del otro para que deje la faena sin usar la muleta, en un desfile de simplezas que más apena que glorifica.

Pero el desatino sube a la cresta cuando observan el panorama electoral de Estados Unidos, debido a que la mayoría de nuestros “estudiosos” llega al  extremo de acusar de bolchevique al candidato demócrata y de clamar por la reelección de quien, debido a su trayectoria y a sus maneras, representa la negación de los principios que han hecho grande y susceptible de imitación a  su país. No hay manera respetable de sostener semejante interpretación, no existe la posibilidad de acudir a evidencias solventes para defender el punto, nada de la historia ni de la actualidad avala la postura. Todo proviene de un  cúmulo de antipatías y caprichos sin asidero serio en la realidad, pero se ha convertido en un movimiento venezolano que merece consideraciones especiales de los politólogos, de los sociólogos y quizá también de los psiquiatras. No solo por la cantidad de sus voceros, que parece infinita, sino especialmente por el calor que los pone en movimiento. Es tal el énfasis de quienes lo expresan, y muchas veces su furia, su venenoso ataque de quien opine distinto, que pareciera que la elección no será en Nebraska sino en Guanare, que no se votará en Chicago sino en Guasdualito, que las banderas del mulo y el elefante ondean en Boconó y no en Kansas City. Si estamos frente a un delirio, o ante cosa parecida, los lectores dirán.

Los portavoces del chavismo nos han puesto a pensar en blanco y negro, como piensan ellos. La ignorancia de la que hace gala se nos ha trasmitido. De allí que se nos escapen los matices, que nos  ocupemos de machacar con golpes de mandarria los fragmentos que forman las realidades y las hacen diferentes. Pero no solo actuamos de tal guisa por la influencia de una nefasta  pedagogía de dos décadas, sino también por el peso de una realidad que, debido a su omnipresencia que todo lo cubre y llena de lobreguez, nos lleva a entendimientos de aplanadora. También a la más insostenible de las arrogancias, aunque parezca excesivamente contradictorio.

 

 

 

 

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