Ilusión, pasión, emoción y razón – Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

Soledad Morillo Belloso

En épocas pretéritas, iban de pueblo en pueblo ofreciendo pociones y remedios supranaturales. Las pócimas, cataplasmas o ungüentos no eran más que yerbas con efectos sanadores. Pero su producto principal no era  lo que ofrecían en busaquitas o en frascos o botijos. Era su labia, su capacidad para seducir, para la venta de ilusiones. Eran expertos traficantes de expectativas. La profesionalización y formalización de la farmacia acabó con su negocito. Pero los boticarios, hoy farmacéuticos, no ganaron la batalla tan solo recurriendo a elaboradas  explicaciones sobre fórmulas, efectos curativos y razonamientos científicos. Hablaron con emoción y pasión. De hecho, muchas de las primeras y más famosas piezas publicitarias para mercados masivos fueron producidas para promocionar medicamentos. 

En política abundan los que ofertan magia. Se pasan la mitad del tiempo vendiendo promesas y luego la otra mitad explicando a quienes se las compraron por qué la cosa no funcionó. Claro,  ellos supieron desde el principio que estaban vendiendo pura falsedad, pero contaban no solo con la candidez de los pobladores sino con que cualquiera que dijera la verdad sería acusado de pesimista, de pájaro de mal agüero y, en el caso venezolano, de pavoso. Por eso, no importa cuántas alertas se haga en innumerables escenarios o a través de la mayor amplitud de medios, las alarmas racionales para contrarrestar ilusiones, que son netamente emociones, nunca van a funcionar. Entendamos que la gente compra una ilusión porque la desea y porque siente que la necesita. Una persona extraviada en el desierto, caminará buscando refugio. Un espejismo le hará creer – porque quiere y necesita creerlo – que llegó a un oasis. Tragará arena y creerá que toma agua. Y si alguien no lo socorre morirá mojado en la ilusión que confundió con realidad. Si un rescatista llega a tiempo, pues no lo salvará con explicaciones racionales, sino entendiendo la crisis emocional en que se encuentra sumido.

Los mejores editorialistas de Alemania (y vaya que había buenas plumas) escribieron piezas magistrales prendiendo todas las luces y encendiendo todas las alarmas advirtiendo lo que supondría Hitler en el poder. Son textos que se estudian en las escuelas de Comunicación Social de toda Europa como muestra de cuán inútil puede resultar usar la razón para pretender vencer a la ilusión y a la narrativa pasional.

Hoy en Europa hay varios liderazgos extremadamente carismáticos que están valiéndose del poder de la ilusión para seducir a amplios grupos poblacionales. Y los medios y redes están repletos de enjundiosos textos y analisis con fuertes argumentos racionales que van perdiendo la pelea. España no es hoy una hoguera de pasiones, es un hervidero de absurdos, una competencia feroz entre quienes de tanto querer diferenciarse han terminado pareciéndose cada día más. Diciendo lo mismo, pero al revés. Y en el medio, los ciudadanos españoles, desagradablemente sorprendidos y (pre)sintiendo que la crisis política no resuelta se traduce en más crisis socioeconómica, más incertidumbre, más problemas y menos confianza en el futuro. Y esos ciudadanos presienten también que dentro de poco (meses o un par de años) habrá nuevas elecciones a menos que las fuerzas políticas desentierren el espejo. 

Varios países de Latinoamérica están convulsionados. Las protestas populares, muchas de ellas justificadas, han sido empero aprovechadas por liderazgos perversos y destructivos. Esos liderazgos son enfermedades oportunistas que se cuelan en la escena, se infiltran y desatan los peores sentimientos en las masas, convirtiendo actos de legítima exigencia en situaciones de violencia y vandalismo. Esos ruines liderazgos tienen una agenda oculta, latente, agazapada y están siempre  esperando cualquier rendija de disgusto social para inyectar odio y lucir como los buenos de la película cuando en realidad son los villanos. Toca a los liderazgos buenos conectarse con los pobladores (los que protestan y los que no lo hacen) y desatar en ellos las buenas emociones que están siendo pisoteadas. 

Chávez era un maestro del ilusionismo político, el David Copperfield de la política latinoamericana del cambio de siglo. Un amigo psiquiatra ya fallecido decía que Chávez era el destructor de la lógica emocional y que exprimía lo peor de los que lo apoyaban y también de los que lo adversaban. Era perfectamente capaz de vender regaderas sin huecos y ceniceros para motocicleta a gentes a quienes convencía de necesitarlos. ¿Cuántas personas, incluso de oposición, dieron por cierto que Barrio Adentro era un red de atención primaria de salud extendida por todo el territorio nacional? Por años a Chávez lo enfrentamos con razones. En la campaña del referéndum de la reforma constitucional (que estuvimos a punto de perder hasta que le dimos un giro de 180 grados a la estrategia) jugamos distinto. Jugamos su juego, el de las emociones. Nuestros argumentos no fueron sesudos. Fueron emocionales. Y le ganamos. 

Los políticos tienen que ser inteligentes, mucho, conocedores de la gestión pública y expertos en políticas públicas. Y hay que asegurarse que no sean unos ignorantes. Pero su contacto con el país no será exitoso, no ganarán el favor y fervor popular (no conquistarán los votos) si no consiguen establecer un puente emocional con los ciudadanos. Es cierto que tocando las emociones ganan los malos. La lista de los seductores políticos perversos es larga y frondosa. Pero tocando las emociones también ganan los buenos. 

Venezuela es tierra de corazones ardientes. Hablarle a los venezolanos con frialdad y distancia es una torpeza. Ah, y para quienes no se hayan dado cuenta, ya estamos en campaña. 

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