Bajo la presión de calle Maduro revela su juego: La constituyente es el pretexto para perpetuarse en el poder más allá del 2019 – Pedro Benitez

Publicado en konzapata

Por: Pedro Benitez

En los últimos días un temor inquietaba a los dirigentes de la oposición venezolana: Que la calle se enfriara. Ayer Nicolás Maduro disipó ese temor, y, de paso, le dio más argumentos a la ofensiva de calle.  Hoy está más claro que nunca que el inquilino de Miraflores pretende alzarse con el santo y con la limosna; al no poder ni él, ni el PSUV ganar ninguna elección nacional más o menos libre, pretende dar el salto a otra etapa en plan de la hegemonía chavista mediante el subterfugio del “proceso constituyente popular”.  Bajo la presión de la calle repite el mismo error que llevó a la caída de la dictadura militar en enero de 1958.

 

La oposición que desde las catatumbas de la clandestinidad enfrentaba al férreo régimen militar del general Marcos Pérez Jiménez lo derrocó apelando a su propia constitución.  Por cierto, con ese mismo texto, su peor enemigo político, Rómulo Betancourt, fue elegido presidente de la República un año después de su caída.

En 1957 correspondía realizar elecciones presidenciales en Venezuela, de acuerdo a la constitución que el mismo dictador había promulgado en 1953 para mantenerse en el poder. Pese a que el Congreso, la Corte Suprema de Justicia y el Alto Mando Militar estaban a su pleno servicio, Pérez Jiménez decidió no arriesgarse a una elección contra un opositor tolerado porque sospechaba que la podría perder. De modo que con la asesoría de su ministro del Interior, Laureano Vallenilla Planchart, se inventó aquello del plebiscito, para consultarle a los venezolanos si deseaban o no que él permaneciera en el ejercicio de la Presidencia.

Como además controlaba el Consejo Supremo Electoral (CSE), organizó una consulta sin competencia, que a todas luces ganó fraudulentamente. Esa fue la ocasión y el pretexto que una oposición clandestina, y hasta entonces impotente, uso para unirse, movilizar la calle, dividir a las Fuerzas Armadas y sacarlo del poder.

Pérez Jiménez no salió por elecciones, salió porque se negó a ir a las elecciones de 1957 que su propia constitución contemplaba. Pretendía perpetuarse en el poder brincándose una vez más la voluntad de la mayoría.

Sesenta años después Nicolás Maduro está aplicando la misma lógica. No quiere que se realicen elecciones de gobernadores (con lapso ya vencido), ni de alcaldes (por vencerse), por la misma razón que bloqueó el referéndum revocatorio del año pasado, y que además es el idéntico motivo por el cual quiere zafarse de las elecciones presidenciales del 2018: Sabe que el PSUV, con él a la cabeza, perdería catastróficamente cualquier elección por medio del voto universal y secreto, contra cualquier candidato opositor (el que sea); pero además maniobra para, pese a eso, seguir en Miraflores.

Maduro quiere mantenerse en el poder más allá del 2019, por las buenas o por las malas. Con votos o sin votos. De eso se trata.

Una constituyente al estilo corporativo, que es lo que planteó ayer en la avenida Bolívar de Caracas, busca evadir el cronograma electoral pendiente y el que está por realizarse.

Las elecciones son hoy el arma mortal de la oposición contra el régimen chavista. Por eso la mayoría de sus dirigentes exigen ponerle fechas al cronograma electoral.

Sí, la crisis no se soluciona mientras Maduro siga siendo Presidente; pero el cronograma electoral es la exigencia opositora más concreta que apoya la comunidad democrática internacional, clave en todo este proceso. En 1957 la oposición no le pidió la renuncia a Pérez Jiménez, le pidió elecciones, eso fue lo que quebró su base de apoyo, los militares.

Maduro da este paso, en este momento, porque está bajo presión. Desde hace varios años en el chavismo se jugaba con la posibilidad de eliminar los rastros de la democracia liberal burguesa, el régimen democrático y representativo (Rómulo Betancourt dixit), reemplazándola por la “democracia comunal o popular”.  Uno de esos eufemismos leninistas destinados a  disfrazar la instauración de un régimen de partido único, con un líder único. Nicolás Maduro en este caso.

Sin embargo, algo que en la cumbre de su poder el propio Hugo Chávez intentó hacer en 2007 y fracasó, no parece que sucesor lo consiga, ahora que tiene al país en contra y en la calle.

Maduro simplemente ha escogido el peor de los momentos para intentar saltar a otra etapa en plan de la hegemonía chavista.

Por lo visto, la Constitución de 1999 quedará como otro de esos textos constitucionales pasajeros de nuestra historia, que cuando a sus creadores ya no les sirven lo tiran al pipote de la basura.  Porque para Maduro, al igual que para Chávez, la Constitución ha sido un pretexto; lo útil fue el proceso constituyente de 1999 que permitió controlar todas las instituciones del estado sin sacar los tanques a la calle. Es el mismo procedimiento que ahora se pretende repetir.

Pero las circunstancias han cambiado; Maduro lucha por sobrevivir, no por imponer una estrategia de poder a largo plazo. Y esa lucha la está perdiendo.

El sepulturero del proyecto de poder de Hugo Chávez no ha sido ninguno de sus adversarios políticos, sino su sucesor.

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