Sobre Juan Germán Roscio y contra el chavismo – Elías Pino Iturrieta

Sobre Juan Germán Roscio y contra el chavismo - Elías Pino Iturrieta
Cortesía: La Gran Aldea

Redactó el Acta de la Independencia con cautela y entendimiento. De su aporte a la Constitución que entonces se estrenaba, destacó la búsqueda de un equilibrio capaz de contener las pasiones que pugnaban por su aparición. Supo interpretar su entorno y actuar en consecuencia con una pericia excepcional. Su paso por la Gaceta de Caracas y el Correo del Orinoco dieron luces para aportar a la realidad de su tiempo y a la historia del presente. Lo esencial de su legado mana de una producción intelectual que se debe considerar como iniciación del republicanismo venezolano. Juan Germán Roscio, un ejemplo de héroe civil venezolano.

Publicado en: La Gran Aldea

Por: Elías Pino Iturrieta

Para conmemorar el bicentenario de la muerte de Juan Germán Roscio, la dictadura hizo un mitin en el Panteón Nacional. Después del discurso apropiado de un historiador guariqueño, el dictador se solazó en un furibundo  ataque del imperialismo, en un dicterio sobre cuya relación con las ejecutorias del prócer se puede uno quebrar la cabeza sin topar con un hallazgo mínimo. No contento con la disparatada arenga, anunció la creación de un bono de ayuda económica con el nombre del homenajeado, que sería ofrecido a la población para que aliviara su suerte.

Que el Panteón Nacional ahora se volviera gallera roja-rojita no debe llamarnos la atención, debido a que el lugar fue convertido por el comandante Chávez en uno de sus palenques estelares. La transformación del sitio ceremonial en carpa de bravatas ha sido una de las creaciones del socialismo del siglo XXI. Maduro es solo el continuador de un trabajo de prostitución de los lugares que habían ocupado sitial de respeto en la sensibilidad de los venezolanos desde el siglo XIX, cuando se empezó a crear la memoria del republicanismo a cuyos valores la sociedad todavía no se había apegado. Pero solo de respeto relativo, la verdad sea dicha.

Desde su fundación el lugar soportó el acartonamiento de centenares de homilías y la impostura de los mandatarios que lo usaron para meterse en el Olimpo de la historia, para parangonarse con los hombres enterrados en sus sepulcros de mármol, pero no se había llegado a la enormidad de hacer del templo una casa llana. Antonio Guzmán Blanco, movido por su egolatría, lo utilizó para proclamarse como heredero de la obra de Simón Bolívar y para seleccionar los espacios en los cuales se inhumarían después los restos de su padre y los suyos propios, con todo y barbas. Para los liberales fue camposanto de héroes liberales amarillos y, cuando tuvieron oportunidad, los godos también se ocuparon de colonizarlo con sus difuntos colorados. Pero jamás llegaron a los extremos del “comandante eterno”, cuando escarbó en las cenizas del Libertador para fines esotéricos y para que más tarde le fabricaran  un retrato del héroe según los dictados de su estética plebeya, y acorde con sus ganas de molestar a los prohombres blancos que predominaban en las hornacinas. Es así como se llega a la desvergüenza madurista que se ha exhibido sin contención en el homenaje a Roscio.

“¿Algún otro llegó a esas escalas de entendimiento del entorno, cuando apenas la patria ensayaba sus primeros pasos?”

Juan Germán Roscio fue el pensador fundamental de la revolución de la Independencia. Sacó de su cartapacio los argumentos del 19 de abril, para que por primera vez los espacios públicos fueran copados por venezolanos. Se ocupó de los detalles del Reglamento Electoral del Congreso fundacional, para que cupiera en su seno el número suficiente de representantes que le concediera legitimidad al cuerpo colegiado. Redactó el Acta de la Independencia con una cautela gracias a la cual demostró su entendimiento de que empezaba un proceso tortuoso y sangriento que no se debía adelantar en papeles solemnes. De su aporte a la Constitución que entonces se estrenaba, destacó la búsqueda de un equilibrio capaz de contener unas pasiones que pugnaban por su aparición. Atemperó en la Cámara los pleitos comarcales de los representantes del interior, interesados en la partición del mapa de la República en ciernes para convertirlo en un rompecabezas desconectado de la realidad y de la historia. Animador del futuro, pero, a la vez, convencido de la necesidad de juzgar con inteligencia los intereses de la tradición, fue la balanza orientada a sofocar las borrascas que advirtió desde su despacho de hombre moderno que no debía entregarse del todo a su modernidad para evitar los horrores de la guerra. ¿Algún otro llegó a esas escalas de entendimiento del entorno, cuando apenas la patria ensayaba sus primeros pasos?

Pero en la atención de lo que consideró como el asunto de mayor trascendencia para los hombres de su tiempo no se amarró a ataduras antiguas, o las manejó con una pericia excepcional. Sintió la inmediatez del choque entre las creencias religiosas y los planes republicanos, o entre el poder de la Iglesia y los derechos políticos que pregonaba la revolución, un conflicto que lo condujo a escribir la obra de mayor envergadura entonces, la de mayor penetración en cuanto removía o pretendía secar las raíces del vínculo entre el altar y la Corona que había monopolizado el control de la vida. La Independencia no es pecado y están equivocados el Papa y los obispos que quieren anatematizas o excomulgar a los republicanos. Tal fue su tesis, nada menos, expuesta primero en un par de textos incluidos en la Gaceta de Caracas y después en su obra fundamental: Triunfo de la libertad sobre el despotismo. El alcance del libro no solo radica en el atrevimiento de criticar el maridaje de la monarquía y la Santa Sede, su complicidad política, sino especialmente en fundamentar sus planteamientos en la Biblia. El alegato no sale de las páginas de los filósofos ilustrados, sino de una lectura autónoma de la Escritura. Examinada con ojos distintos, la fuente de la ortodoxia y se transforma así en atrevimiento metodológico y en soporte de una heterodoxia que, a pesar de la meta intrépida que procura, se mantiene dentro de un cauce que nadie puede considerar como herético. Debe recordarse que se presenta ante los lectores como “un pecador arrepentido”. Si alguien observa ahora la luz de un sutil Lutero nacido en San José de Tiznados no va descaminado.

Sufrió cárcel severa en Ceuta, figuró en la plana mayor del Correo del Orinoco, ocupó la vicepresidencia de Colombia y sus colegas de causa lo seleccionaron para la presidencia del Congreso de Cúcuta, que no llegó a ejercer porque murió en la víspera de la reunión. Posiciones de relevancia, desde luego, pero lo fundamental de su legado mana de una producción intelectual que se debe considerar como iniciación del republicanismo venezolano. Que la dictadura se haya atrevido a recordarlo en la vulgaridad de un mitin, y con la obscena dádiva del “Bono Roscio”, es lo más parecido a un delito de lesa patria.

 

 

 

 

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